Hay imágenes que uno no ha vivido físicamente, pero que habitan en nosotros con la fuerza de una verdad absoluta. En la arqueología de mi memoria, construida pieza a pieza a través de los relatos de mi abuela Luisa, veo con nitidez a dos jóvenes en el Mogente de los años 50. Son mi padre y mi tío Vicente. Acaban de regresar de una jornada extenuante bajo el sol, con la piel curtida por la tierra y los músculos reclamando una tregua que no llegará. Sin embargo, en sus ojos no hay fatiga, sino una energía eléctrica: es el magnetismo de «la banda».
Mi abuela recordaba siempre aquella escena con una mezcla de asombro y resignación: los veía cenar de pie, a toda prisa, ignorando sus súplicas para que se sentaran y descansaran. En sus cabezas no había sitio para el hambre o el sueño; solo resonaba la música. Había un clarinete y un trombón esperando ser liberados de sus estuches, y el ensayo era una cita con el destino a la que no podían faltar.
El ritual de lo sagrado y la transmutación del ser
Lo que más me conmueve de este recuerdo heredado es el contraste sensorial. Hombres de manos callosas y gestos recios, acostumbrados a la rudeza del arado y la azada, se transformaban frente a sus instrumentos. Los guardaban con un ritual de una delicadeza extrema, en lugares protegidos, como si en ese metal y esa madera residiera la parte más noble y sagrada de su existencia.
Desde la neurociencia, este comportamiento tiene una explicación fascinante. Ante una pasión de tal calibre, el cerebro activa mecanismos de inhibición de la fatiga. La motivación intrínseca y la sincronización con el grupo liberan dopamina y oxitocina en niveles tan altos que las señales de dolor y agotamiento físico quedan temporalmente suspendidas. El instrumento no era una herramienta; era el "cincel" que les permitía esculpir una identidad distinta a la de peones agrícolas.
La resiliencia de acero bajo el rigor de José Ramón
Aquí entra la figura de mi abuelo José Ramón, cuya rectitud fue el yunque donde se forjó la voluntad de mi padre y mi tío. Él veía con buenos ojos la música, pero su exigencia era innegociable: cuanto más tarde llegaban del ensayo, más temprano los despertaba para volver a la tierra.
Este rigor, lejos de apagar la llama, la avivó. Creó en ellos una resiliencia de acero, enseñándoles que en la vida el deber y la pasión no son caminos excluyentes, sino fuerzas que se retroalimentan. La disciplina del abuelo fue el andamio necesario para que el vuelo de su música tuviera una base sólida sobre la que sostenerse. Aprendieron que para disfrutar de lo exponencial —esa suma de amor y sinergia que hace que 2+2 sea mucho más que 4—, primero hay que cumplir con la raíz.
La identidad valenciana: una patria sonora
Es cierto que la pasión por la música es un lenguaje universal que no entiende de fronteras. Sin embargo, para un valenciano, el significado de la banda trasciende lo artístico para entrar en lo visceral. En otros lugares, la música puede ser un espectáculo que se "va a ver"; en mi pueblo, la música es algo a lo que se "pertenece".
Para un valenciano, la banda es la estructura misma de la tribu. Es el tejido invisible que une al agricultor con el académico, al joven con el anciano. Para mi padre y mi tío, la música era su manera de declarar al mundo que, a pesar de la dureza de la vida rural, poseían una riqueza espiritual inalcanzable. Es esa «patria sonora» la que nos hace sentir que, mientras suene un pasodoble, el pasado y el presente caminan de la mano.
Un legado que perdura
Hoy, cuando paseo por las calles y me detengo ante el ensayo de una banda, siento un escalofrío de reconocimiento. Han pasado décadas, pero la esencia permanece inmutable. Veo a los jóvenes de hoy con la misma ilusión urgente en la mirada, repitiendo el mismo gesto de amor por sus instrumentos que mi padre me contagió a través de sus palabras.
Aunque yo no heredé el manejo del trombón, recibí una sensibilidad mucho más profunda: la capacidad de entender que la música es la «bombilla» definitiva. Es la luz que ilumina la penumbra de la rutina y la que nos recuerda que somos el resultado de aquellos que supieron encontrar la armonía en medio del cansancio.
Mi padre y mi tío Vicente siguen vivos cada vez que una banda rompe el silencio. Porque hay pasiones que, una vez grabadas en el alma de un pueblo, se vuelven eternas.
Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad' https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.

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