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sábado, 7 de marzo de 2026

El Cerebro no se jubila: una rebelión desde el corazón de Siyâsa


El pasado jueves, las paredes del Museo Siyâsa en mi pueblo, Cieza, fueron testigos de algo más que una lección de neurociencia. Salvador Martínez Pérez, con la autoridad que dan décadas de estudio y la cercanía del que sabe que el conocimiento es para la vida, puso sobre la mesa una verdad que sacudió mis cimientos: el cerebro no se apaga con los años por ley biológica, sino que responde a la falta de retos.

Esta revelación fue posible gracias a la impecable organización del Foro por el Pensamiento y el Diálogo. Quiero expresar mi más profunda gratitud al Foro por promover actividades de esta naturaleza, que no solo nos instruyen, sino que nos dotan de herramientas críticas para enfrentar el paso del tiempo con dignidad. Es en estos espacios de encuentro donde la comunidad se fortalece y se generan las sinergias que nos permiten avanzar.

Escuchar a Salvador fue, para mí, como ver el "candil" de mis convicciones personales convertirse en una "bombilla" de alta potencia avalada por datos científicos. La idea central es demoledora y esperanzadora a partes iguales: el deterioro cognitivo es, en gran medida, una renuncia anticipada.

La Trampa del "Agente Jubilador"

Durante la charla —momento que capturé con mi cámara y que ilustra estas palabras— quedó claro que el entorno actúa a menudo como un agente jubilador silencioso. La sociedad, cargada de prejuicios sobre la edad o la diversidad funcional, deja de exigirnos, de darnos responsabilidades y de proponernos desafíos.

Y el cerebro, que es la máquina de adaptación más perfecta que existe, simplemente obedece. Como un músculo que se atrofia por falta de uso, si no se le pide nada, se reorganiza para la inactividad. Es la profecía autocumplida del declive que debemos combatir.

Sinergia contra determinismo: el "2 + 2 = 5"

Aquí es donde entra mi convicción profunda, reforzada por la ciencia: existe una interacción dinámica entre nuestra biología y nuestra voluntad. No somos víctimas pasivas de nuestro DNI biológico ni de un diagnóstico como la ataxia SCA36. Si el entorno intenta apagarnos, nuestra respuesta activa —esa voluntad de seguir aprendiendo y de marcarnos retos que podemos cumplir— obliga a nuestras neuronas a seguir tejiendo redes de resistencia.

Siempre he rechazado el determinismo matemático en lo humano. Mientras que en la materia pura 2 + 2 son 4, en el espíritu y en la Tribu, la sinergia y el afecto hacen que la suma sea siempre exponencial. Un cerebro conectado, que se siente útil y valorado por entidades como el Foro y por sus propios vecinos, es un cerebro que se resiste a la jubilación biológica.

El Elixir: un compromiso con la curiosidad

Salí del museo con una certeza renovada: debemos abandonar los prejuicios sociales. Los retos que nos marcamos deben ser posibles, sí, pero deben seguir siendo retos. No se trata de "forzar la mente" de forma agónica, sino de alimentarla con la curiosidad de quien sabe que su viaje no ha terminado.

Mi salud, mi memoria y mi capacidad de seguir siendo yo mismo dependen de esa danza constante con el entorno. La ataxia puede ser la veta dura del mármol, pero gracias a encuentros como este, mi cincel está más afilado que nunca.

No voy a permitir que el entorno decida por mí cuándo empieza el invierno.

Este artículo se fundamenta en mi segundo relato: 'Vivir con ataxia: el alma cincelada' (https://amzn.to/3V7J2lb). A través de la Doble Perspectiva (ciencia y experiencia), ilustro cómo la adversidad es el proceso del Non Finito, donde el Escultor utiliza la voluntad y el Andamio de su tribu para alcanzar la Plenitud.


 


sábado, 31 de enero de 2026

El Legado de José Luis Pardos en Copenhague (1995)

12 de Octubre de 1995: el Punto de Partida

Hay fechas que se graban a fuego en la memoria, y una de esas fechas es el 12 de octubre de 1995, Día de la Hispanidad. Aquella semana, estábamos recién llegados a Dinamarca formando parte de la delegación de la Universidad de Murcia, invitados por el Embajador Don José Luis Pardos. Para mí, fue una profunda alegría ver tan lejos de España, en el corazón de Europa, cómo se celebraba con entusiasmo el Día de la Hispanidad, un evento posible gracias a la ilusión, pasión y tenacidad de un embajador nada convencional que siempre llevó a España y a su tierra, Murcia, en el corazón, aprovechando cualquier oportunidad para ponerlas en valor. En octubre de 1995, mientras España ostentaba la Presidencia del Consejo de la Unión Europea, nuestra delegación aterrizaba en Copenhague.

Una delegación encabezada por el entonces Rector, Don José Ballesta, y acompañada por la fuerza institucional del Gobierno Regional, nuestra misión era dual: presentar el futuro a través de la tecnología y redefinir el presente a través de la dignidad humana. Allí, entre el frío viento del Báltico y la calidez de la diplomacia de vanguardia, se gestó un germen que cambiaría mi trayectoria: mi amistad con el Embajador José Luis Pardos. Más que un contacto diplomático, encontré a un mentor que daría forma a mi visión sobre tecnología y ética social.

La Tarjeta Inteligente: el elíxir de la identidad digital

En 1995, el mundo apenas balbuceaba el lenguaje de internet. Sin embargo, la Universidad de Murcia ya portaba un "elíxir" tecnológico: la Tarjeta Inteligente (TUI). De la mano de Tomás Jiménez, recorrimos las universidades de Copenhague y Aarhus demostrando que un pequeño chip podía contener no solo datos, sino derechos y acceso simplificado a la vida académica.

Desde la perspectiva de la neurociencia cognitiva, la TUI no era solo plástico y silicio; era un dispositivo de descarga cognitiva. Al simplificar la interacción del individuo con la institución, liberábamos recursos prefrontales del estudiante para lo que realmente importa: el aprendizaje y la socialización. Presentar este avance ante la Reina Margarita II de Dinamarca, en una tarde de té que parecía sacada de un guion de alta diplomacia, fue la confirmación de que Murcia no solo estaba en el mapa, sino que estaba trazando las rutas del futuro de la mano de un Embajador.

El encuentro con el Mentor: José Luis Pardos

Pardos no era un embajador al uso. En una época en la que la diplomacia institucional solía ser sinónimo de protocolos fosilizados y burocracia rígida y anclada en el pasado, él era un agente de futuro. Su despacho, más que una embajada, funcionaba como un 'think tank' en el corazón de Copenhague. Su método era tan revolucionario como su causa. Rompía la línea invisible que separaba al diplomático del ciudadano. No era raro verlo organizar una mesa redonda sobre cualquier tema un día, y al siguiente, impulsar una feria tecnológica española, siempre con un enfoque personal y directo que desarmaba el protocolo. Entendió que la verdadera influencia de España no residiría en el número de recepciones, sino en la exportación de ideas de vanguardia como la tarjeta inteligente y, sobre todo, la ética de la inclusión.

Pardos entendió que la tecnología era estéril si no servía para la convivencia. Su apuesta por incorporar la discapacidad al discurso diplomático no fue un gesto de cortesía, sino una visión estratégica. Para él, y pronto para mí a través de nuestra amistad, la normalización de la discapacidad era el factor básico de solidaridad. Bajo su amparo, la Embajada de España se convirtió en un laboratorio de ideas donde la innovación técnica se abrazaba con la ética social, y se apostaba por la plena integración de todas las personas sin importar sus limitaciones. La verdad es que eran ideas que coinciden con lo que yo intuía pero vista desde la pasión que él defiende me deslumbró.

"Discapacidad y Sociedad": un libro como declaración de guerra al prejuicio


El momento cumbre de aquella semana para mi fuero interno fue la presentación de mi libro, Discapacidad y Sociedad, en la sede de la Embajada. Presentar esta obra en el corazón de Dinamarca, el país que había inventado el concepto de "normalización" en los años 50 (Niels Erik Bank-Mikkelsen), era como llevar carbón a Newcastle o, mejor dicho, luz a la ciudad de las luces del bienestar.

Desde la psicología social y la neurobiología, la normalización tiene un impacto directo en las neuronas espejo. Cuando una sociedad segrega a las personas con discapacidad, el cerebro colectivo genera una respuesta de "alteridad" que inhibe la empatía profunda. Al presentar el libro ante la sociedad danesa y española, defendíamos que la inclusión plena recalibra la percepción social, reduciendo la respuesta de la amígdala (miedo a lo desconocido) y potenciando la corteza cingulada anterior (procesamiento de la equidad).

La normalización como factor de supervivencia

La discapacidad, tal como discutimos en aquellas largas jornadas con Pardos, no es una circunstancia ajena, sino una condición intrínseca de la diversidad humana. La "normalización" que impulsamos en Dinamarca buscaba que el entorno se adaptara al individuo, y no al revés.

Si analizamos esto bajo el prisma de la neuroplasticidad, una sociedad que integra es una sociedad más plástica y resiliente. La convivencia con la diversidad estimula la creación de nuevas rutas sinápticas en el tejido social. La "bombilla" de Pardos iluminaba esta realidad: una sociedad que excluye es una sociedad con el cerebro "apagado" en sus áreas más evolucionadas. Él nos enseñó que el tránsito 'Del candil a la bombilla' no era solo un avance tecnológico, sino un imperativo moral y neurológico. En cambio una sociedad que integra es una sociedad sana.

Conclusión: el legado de Copenhague

Aquel té con la Reina Margarita II no fue el final del viaje, sino el inicio de una misión que perdura. La Universidad de Murcia, con José Ballesta al frente, demostró que la excelencia académica es indisoluble del compromiso social.

Mi amistad con José Luis Pardos, forjada entre presentaciones de chips de vanguardia y discursos sobre la dignidad humana, sigue siendo hoy un faro. Él me enseñó que el diplomático, el psicólogo y el tecnólogo deben trabajar en la misma frecuencia: la de la normalización como justicia.

Hoy, cuando miro atrás a esa semana de 1995, veo con claridad que el paso del candil a la bombilla se produjo en aquel instante en que comprendimos que la mejor tecnología del mundo es aquella que permite que todos, sin excepción, podamos mirarnos a los ojos como iguales en cualquier rincón de Europa.


miércoles, 14 de enero de 2026

Más allá de la etiqueta: la Dieta Mediterránea como herencia del alma

A menudo, la modernidad se empeña en poner etiquetas académicas a lo que siempre
ha sido puro sentido común y supervivencia. Hoy lo llamamos técnicamente "Dieta Mediterránea", pero en la casa de mis padres en
Mogente, y más tarde en mi vida en Cieza, no era una moda ni una prescripción médica: era nuestra materia prima. No era un corsé impuesto por nutricionistas externos, sino un estilo de vida que ya respirábamos mucho antes de que el mundo decidiera ponerle un nombre y convertirlo en objeto de estudio.

La receta escrita en el aire

Si cierro los ojos, puedo ver a mi madre en la cocina. Ella era una auténtica escultora del sabor. No necesitaba libros de cocina, ni aplicaciones de móvil, ni siquiera básculas digitales que midieran el gramo exacto. Su receta no estaba atrapada en un papel amarillento; estaba grabada en su memoria procedimental y se ejecutaba con una intuición que solo otorgan los años de aprendizaje, observación y error.

Desde la perspectiva de la neurociencia, esa "intuición" que menciono no es un don mágico, sino lo que llamamos "pericia heurística". Es la capacidad del cerebro experto para tomar decisiones complejas de forma automática tras miles de horas de práctica. Su maestría con el arroz, por ejemplo, era casi mística. Podía cocinar arroz como plato principal durante un mes entero y, asombrosamente, no repetir ni un solo día la misma fórmula. Esa capacidad de transformar un producto tan humilde en treinta obras de arte distintas es la definición máxima de la creatividad humana aplicada a la supervivencia.

En aquel entonces, bajo la luz del candil de la tradición, no se hablaba de antioxidantes ni de polifenoles. Sin embargo, el cerebro de nuestras madres y abuelas sabía, por una sabiduría transmitida de viva voz, que el aceite de oliva, las legumbres y el producto de temporada eran el combustible necesario para un cuerpo que trabajaba la tierra y una mente que debía mantenerse ávida.

El valor de lo que no se compra

Lo que hoy defendemos en las grandes cumbres internacionales bajo la etiqueta de "sostenibilidad" o "economía de proximidad", en la huerta de Valencia y de Murcia de mediados del siglo pasado era simplemente la norma. Los productos no venían envueltos en plásticos ni cruzaban océanos en barcos refrigerados; venían de la tierra que cuidaba mi padre o del intercambio honesto con los vecinos. Era una dieta de proximidad real, donde el ritmo de la comida lo marcaba el sol y las estaciones, no el mercado global.

Como psicólogo, entiendo ahora que esa alimentación no solo nutrió mis músculos en crecimiento; lo que realmente hizo fue cincelar mi identidad. La estructura de aquellas comidas, el respeto por el producto y la paciencia que requiere un guiso a fuego lento me dieron la fortaleza mental para enfrentar los retos que la vida me pondría delante décadas más tarde.

Esta herencia no es algo que me "sujete" desde fuera como un andamio temporal; es algo que forma parte de la veta misma de mi mármol personal. El arroz al horno que hoy sigo disfrutando gracias a mi prima Luisa no es solo una ingesta calórica; es un puente emocional directo a mis raíces, un ancla que me mantiene conectado a la tierra de mis padres mientras mi mente navega por los desafíos del presente.

El legado del paladar al corazón

Hoy, en la era de la bombilla y la fibra óptica, esa cadena de transmisión oral que parecía condenada al olvido ha encontrado nuevos y sorprendentes soportes. Me llena de un orgullo profundo observar cómo mis hijas han heredado ese gusto y esa sensibilidad. Han captado, quizás por ósmosis o por la fuerza del ejemplo, que cocinar no es simplemente seguir unas instrucciones técnicas para saciar el hambre. Han entendido que es un acto de amor y de transmisión cultural.

Estamos ante lo que yo denomino el Pilar de la Tribu en su máxima expresión. En un mundo cada vez más atomizado y digital, el hecho de que una nieta rescate la receta de su abuela para compartirla en un blog o enviarla por un grupo de mensajería es un acto de resistencia psicológica. Es usar la tecnología para iluminar el pasado.

Una vez que se alcanza ese "plato perfecto" a través de la intuición y la práctica, surge lo que yo llamo una "responsabilidad ética": la de transmitir la receta. No podemos permitir que ese algoritmo de salud y felicidad se pierda. Ya sea de forma oral, compartiendo una mesa larga con amigos y familia, o de forma escrita en estas líneas digitales, debemos ser faros. Porque al transmitir un sabor, no solo pasamos una lista de ingredientes; estamos transmitiendo una forma de entender el mundo: una forma respetuosa con la tierra, paciente con los tiempos y, sobre todo, generosa con la tribu.

Neuroprotección e identidad

En conclusión, este enfoque defiende la alimentación mediterránea desde un prisma mucho más amplio que el puramente nutricional. Es, por supuesto, una herramienta de neuroprotección biológica fundamental —vital para mantener la salud de nuestras neuronas frente al paso del tiempo—, pero es, por encima de todo, un pilar de nuestra identidad psicológica.

La dieta mediterránea no es una moda pasajera de Instagram ni un descubrimiento reciente de la ciencia moderna. Es la receta del alma que heredamos de nuestros padres, la luz que viaja del candil a la bombilla para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos en cada bocado.

"Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad'  https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.


sábado, 15 de noviembre de 2025

El Destino no está escrito, lo escribimos nosotros cada día

Nacemos con una herencia genética innegable, con un origen social que no elegimos y con un mapa de dificultades preestablecido. Este es el Mármol: la materia prima, nuestro cuerpo, nuestro ADN, las circunstancias iniciales que no podemos controlar. Esta visión, a menudo cómoda porque nos exime de la responsabilidad del cambio, nos convierte en simples receptores pasivos del destino, mármol que espera ser golpeado o acariciado por fuerzas externas. Esta es la narrativa del Mármol, y nos sugiere la fatalidad.

Pero existe otra narrativa: la del Escultor. El Escultor es nuestra consciencia, nuestra voluntad y nuestra capacidad de decisión. Esta visión, profundamente arraigada en la psicología de la resiliencia y la neurociencia, nos recuerda que, si bien no elegimos el tipo de mármol que nos toca, sí podemos elegir la actitud, el método y, lo más importante, el cincel (la adversidad, la herramienta de transformación) con el que trabajaremos nuestra propia biografía.

El debate no es si el destino existe, sino dónde reside nuestra libertad para modificar su curso. Y mi postura, forjada entre las aulas de Psicología y la experiencia de la ataxia, es inequívoca: la libertad reside en la elección de nuestro cincel.

El cincel brutal y la encrucijada

Cuando la ataxia cerebelosa se presentó en mi vida, no lo hizo como una invitación, sino como un cincel brutal e inesperado.

Ese diagnóstico genético, que confirmaba la herencia y la progresión, fue el golpe de cincel que intentó dictar mi sentencia final. La voz de la fatalidad me decía: "Tu destino está escrito, tu cuerpo te fallará, tu carrera ha terminado".

En ese momento, yo era el profesor de psicología con el conocimiento teórico sobre el Locus de Control (la creencia sobre si los eventos de nuestra vida son controlados por factores internos o externos). La teoría me pedía que aplicara un Locus de Control Interno: enfocarme en lo que sí podía gestionar. Sin embargo, el paciente en mí sentía la fuerza aplastante del Locus de Control Externo (el gen, el destino).

Mi Alma Cincelada comenzó en esa encrucijada. El reto ya no era solo aceptar la enfermedad; el reto era elegir qué tipo de escultor iba a ser: uno que se rinde ante la primera grieta del mármol, o uno que usa el mismo cincel del dolor para tallar una obra con un nuevo propósito.

El aval de la neurociencia y la experiencia

El concepto de destino inmutable es desafiado por la ciencia moderna. La Neurociencia nos ofrece el regalo de la Neuroplasticidad: el conocimiento de que nuestro cerebro no es un hardware fijo, sino un software en constante reescritura.

Si bien la ataxia genera un daño neuronal específico, la mente (el Escultor) puede entrenar las vías sanas (el Cincel Estratégico) para compensar y adaptarse. Esta es la evidencia científica de que el cincel SI se puede elegir.

El cincel de la estrategia activa

El proceso de reconstrucción personal que narro en mi relato está lleno de pequeños actos de elegir el cincel:

  • Elegir el cincel de la terapia funcional: no es resignación, es estrategia. En lugar de una fisioterapia intensiva inmediata, opté por la gimnasia funcional adaptada, buscando maximizar mi eficiencia neuromuscular y construir una reserva física para ralentizar la progresión. Esto es ejercer mi libertad.

  • Elegir el cincel cognitivo: se cambiar la pregunta. Dejé de preguntarme "¿por qué a mí?" para empezar a preguntarme "¿qué hago yo ahora con esto?". Este cambio de interrogante lo cambia todo.

  • Elegir el cincel de la humildad (autogestión comunicativa): aunque la disartria se ha convertido en una batalla cotidiana, el conocimiento de logopedia me dio una ventaja. Aplico un programa de ejercicios preventivos, demostrando que la disciplina de la acción reduce la frustración.

La verdadera fuerza, la que cincela el alma, no reside en negar la enfermedad, sino en tomar las riendas de la adaptación. La ataxia me ha enseñado que la Teoría Vivida es la única que tiene valor: un conocimiento que ha pasado por el crisol de la experiencia. 

La belleza del Non Finito

Hoy, la adversidad de la Ataxia no me ha detenido; me ha redefinido. Me ha forzado a asumir que la vida, al igual que una obra maestra de Miguel Ángel, es un "non finito" —una obra inacabada por naturaleza. La belleza reside en el proceso activo, en la valentía de continuar la escultura a pesar de la imperfección y los golpes inesperados.


La llamada a la reflexión es esta:

No importa cuál sea el mármol que te haya tocado, ni el golpe de cincel que el destino te haya dado. Tienes la libertad fundamental de elegir la actitud, de elegir el cincel y de guiar la mano del escultor.

¿Seguirás quejándote por el tipo de mármol que te tocó, o empuñarás el cincel que te permite transformar el dolor en legado, la adversidad en propósito y la vulnerabilidad en una nueva forma de fortaleza?

Empuña tu cincel. El mundo espera ver la belleza de tu Alma Cincelada.


Este artículo y la reflexión sobre la resiliencia activa se basan en el relato integral "Vivir con ataxia: el alma cincelada", un testimonio personal y científico sobre cómo la adversidad puede convertirse en el catalizador para el autoconocimiento y la búsqueda de un propósito vital.