viernes, 20 de marzo de 2026

La poesía como resistencia: Ángel Almela en tiempos de penumbra

 

Mañana, 21 de marzo, el mundo se detiene oficialmente para celebrar el Día Mundial de la Poesía. Han pasado ya 27 años desde que la UNESCO decidió proteger la palabra rítmica y profunda, y sin embargo, hoy nos preguntamos con cierta amargura: ¿qué lugar ocupa un verso en un mundo fracturado por la guerra, la erosión de los valores y la ausencia de referentes morales claros?

Vivimos en una era de determinismo frío, donde parece que solo lo que se cuenta, se mide o se consume tiene valor. En este desierto de inmediatez y ruido digital, la pérdida de brújulas éticas nos ha dejado huérfanos de modelos a seguir. Pero es precisamente en este escenario de "tiempos áridos" donde la poesía reclama su vigencia más absoluta. La poesía no es un adorno; es el testimonio más puro de nuestra dignidad y la capacidad de crear belleza allí donde otros solo ven escombro.

El referente en la cercanía

Frente a esa orfandad de grandes figuras globales, surge la necesidad de mirar a nuestro lado, a la raíz. En Cieza, esa vigencia de la poesía tiene un nombre propio que aglutina voluntades y da sentido a la palabra "tribu": Ángel Almela Valchs.

Ángel no es solo un poeta de métrica y rima; es un referente vital. En él, la poesía se manifiesta en su significado más genuino: la capacidad de acariciar el mundo con una sensibilidad única y una coherencia inquebrantable entre lo que se escribe y lo que se vive. Su figura nos recuerda que la verdadera vanguardia no está en el grito, sino en la "sabiduría serena" y en la "calma infinita" de quien sabe escuchar.

Una simbiosis de vida y tierra

La trayectoria de Ángel, ligada indisolublemente a Cieza, mi pueblo y al colectivo La Sierpe y el Laúd, es el ejemplo perfecto de sinergia. Mientras el mundo se deshumaniza, Ángel ha dedicado su vida a construir "andamios" culturales, a ser ese faro que durante la Transición y hasta hoy, ha defendido la libertad de expresión y la nobleza del espíritu.

Admirar a Ángel Almela es admirar la posibilidad de que el ser humano sea, por encima de todo, bueno y generoso. Su obra es un espejo de su alma, y su presencia en nuestras calles —como profesor, como amigo, como padre— es el elixir que cura esa sensación de vacío moral que a veces nos embarga.

El mañana de la palabra

En este 27º aniversario, reivindicar la poesía es reivindicar a personas como Ángel. Él nos enseña que, aunque las matemáticas expliquen la materia, solo la poesía explica el misterio del amor y la esperanza.

Mañana, cuando el sol de marzo ilumine Cieza, recordemos que la poesía sigue viva porque hay hombres que, con su sencillez y su luz, se niegan a dejar que la oscuridad gane la partida. Ángel Almela es, para muchos de nosotros, ese pilar moral indispensable: el recordatorio de que la belleza y la bondad siguen siendo el norte de nuestra comunidad.


jueves, 19 de marzo de 2026

Las parteras en Mogente: las manos sabias de mi abuela Luisa


En este mes de marzo, en el que alzamos la voz por los derechos y el reconocimiento de la mujer, no he querido dejar pasar la oportunidad de mirar hacia atrás. Este artículo es un homenaje a las mujeres que nos precedieron, a las que parían con una fortaleza silenciosa y a las parteras que, como mi abuela Luisa, convertían cada alcoba en un santuario de ciencia y vida. Ellas fueron las pioneras de la resiliencia en nuestros pueblos, demostrando que la autoridad no siempre emana de un título, sino de la entrega y la sabiduría de unas manos que sabían cuidar.

El silencio de una fuerza arrolladora

En la penumbra de una alcoba en el Mogente de los años cincuenta, el tiempo se medía por suspiros y esperas. No había monitores de frecuencia cardíaca ni anestesias de precisión, pero en el centro de aquella habitación reinaba algo que la tecnología actual todavía lucha por emular: una fe inquebrantable. Esa seguridad tenía nombre y apellido en mi familia: mi abuela Luisa.

Ella era de esas personas que, a pesar de su baja estatura, concentraban una vitalidad arrolladora, aunque sus movimientos eran silenciosos, lo que hacía que su presencia pasara casi desapercibida hasta que uno notaba esa energía quieta que irradiaba. No necesitaba alzar la voz; llenaba la habitación con su ser y su sonrisa fácil que transmitía una bondad genuina. Si le preguntabas qué le hacía feliz de verdad, la respuesta era clara y sencilla: ayudar a los demás.

Luisa fue una de esas parteras adoradas por sus vecinos, una mujer que no necesitaba títulos de pared para demostrar una intuición y unas habilidades que hoy, décadas después, la neurociencia empieza a explicar con asombro. Ella fue la guardiana de nuestro linaje; sus manos, expertas en el arte de recibir la vida, fueron las primeras en sostener a mi hermano Enrique y a mí. Ella fue nuestro primer contacto con el mundo.

El neocórtex y el silencio de Luisa: un acto de precisión neurobiológica

Hoy, los estudios sobre el cerebro nos dicen que el neocórtex —nuestra parte más racional, lógica y parlanchina— es, paradójicamente, el mayor obstáculo en el proceso del parto. Cuando una madre se siente observada, juzgada o deslumbrada por luces intensas, su neocórtex se activa y el proceso biológico se bloquea.

Mi abuela Luisa, sin haber pisado una facultad de medicina, dominaba esta arquitectura cerebral por puro instinto. "Baja el candil y no hagáis ruido", decía con esa calma imperturbable que la caracterizaba. Al reducir los estímulos, ella estaba "apagando" la razón de la madre para permitir que el cerebro primitivo —el que realmente sabe parir— tomara el mando. El candil no era un símbolo de precariedad; era una herramienta de precisión neurobiológica que garantizaba la intimidad necesaria para que la naturaleza hiciera su trabajo.

Era tal su entrega que la buscaban a la carrera por las calles de tierra, sin importar si era de día o si la noche se había echado encima. Ella acudía con una disponibilidad total, aportando esa calma que se sentía al instante en el aire viciado por la tensión. Sus manos pequeñas pero fuertes y sus gestos expertos y seguros traían la nueva vida al mundo y la entregaban, resbaladiza y ruidosa en su primer llanto, a los brazos temblorosos de su madre.

La química de la confianza y el rechazo al determinismo

Como psicólogo, a menudo repito que rechazo el determinismo matemático en lo humano. Mientras que en la materia bruta $2+2=4$, en el espíritu y en la tribu, la sinergia hace que la suma sea siempre exponencial e impredecible.

En los partos que asistía Luisa, la química del cuerpo confirmaba esta teoría. Hoy sabemos que la oxitocina (la hormona del amor y el impulso) solo fluye plenamente cuando el miedo desaparece. El miedo segrega adrenalina, que es el freno de mano del útero. La figura de mi abuela funcionaba como un regulador biológico: su sola presencia, su forma de hablar y el tacto de sus manos bajaban los niveles de cortisol de toda la casa. Su "intuición especial" era, en realidad, una capacidad asombrosa para sintonizar con el sistema nervioso de la madre, creando un campo de seguridad donde el dolor se transformaba en fuerza.

Para mi madre, tener a mi abuela  Luisa al pie de la cama no era solo tener a una experta; era tener el amor de la tribu velando por ella. Esa confianza total es la que permitía que la biología funcionara sin interferencias. El hecho de que Enrique y yo naciéramos bajo su cuidado no es solo una anécdota familiar, es la prueba de que la verdadera "alta tecnología" de la vida reside en el vínculo humano. Ella era el "Mentor" perfecto en nuestro Viaje del Héroe, aquella que cruzaba el umbral del miedo para traernos el "Elixir" de la vida.

Conclusión: mirando al futuro

Hoy, el parto ha pasado del candil a la bombilla. Hemos ganado en seguridad técnica, y eso es un progreso que celebramos y defendemos. Sin embargo, al recordar a las parteras de Mogente y, en especial, a mi abuela Luisa, entiendo que no podemos permitir que la luz de la bombilla ciegue la sabiduría del candil.

A mis vecinos de Mogente y de toda la comarca de La Costera, les invito a mirar atrás con orgullo. Somos hijos de esas mujeres valientes que parían con coraje y de esas parteras de manos sabias que, como Luisa, entendieron mucho antes que los laboratorios que el amor es el motor más potente de la fisiología. Su vida, marcada por la practicidad, la bondad, la fortaleza y la valentía personal, es la prueba de que lo más valioso de nuestra Herencia no se calcula; se recibe con las manos abiertas y el corazón dispuesto.

Esa misma sinergia, esa creencia de que juntos somos más que la suma de nuestras partes, es la que intento aplicar cada día en mi visión de la vida. Porque, al final, lo que Luisa nos enseñó es que la vida no se calcula: se recibe con las manos abiertas y el compromiso activo de la tribu.

sábado, 14 de marzo de 2026

“Metamorfosis y Concordia”: el andamio de la amistad que esculpe el alma en Cieza

1. La sinergia humana: por qué 2 + 2 siempre es exponencial en la Tribu

En las ciencias exactas, dos más dos son cuatro; es el inalterable determinismo de la materia. Pero en el espíritu y en la tribu, la suma siempre es exponencial e impredecible. La vida es el arte de la escultura de uno mismo, y esa obra nunca se termina en soledad. Hoy, esa convicción tiene nombre y apellido: Juan José Ríos, mi amigo y compañero de ruta en Cieza, cuya obra es la prueba de que la metamorfosis personal se apoya en el andamio de las amistades firmes, y donde la concordia no es casualidad, sino el resultado de un Propósito Colectivo.

2. Ciez@net: la red que no se ve, el origen del vínculo sólido

Conocí a Juan José en plena ebullición de Ciez@net, aquella experiencia pionera que buscaba convertir a Cieza en una ciudad digital, a finales de los años 90. Hablábamos de cables RDSI y de planes estratégicos. Él era el responsable político y estratégico a nivel regional; yo formaba parte de la Comisión de Gestión en Cieza. Cualquiera pensaría que nuestra relación se limitaría a protocolos y expedientes. Pero ahí es donde mi rechazo al determinismo matemático cobra todo su sentido.


 En el fragor de aquel despliegue, tejimos una red humana que se construyó en los márgenes de las reuniones. La tecnología de Ciez@net ha sido superada mil veces, su hardware es chatarra. Sin embargo, lo que permanece intacto es la amistad sólida que llega hasta nuestros días. Juan José no era solo un alto cargo; era, y es, un hombre de una cercanía excepcional. Su carácter fue el pegamento que hizo que aquel proyecto no fuera solo una fría sucesión de hitos, sino una aventura compartida. Aquel proyecto fue la excusa, pero el verdadero éxito no fue la fibra óptica, sino la lealtad y el afecto de la tribu que tejimos.


3. La concordia como cincel: el rigor del libro para entender la vulnerabilidad


Hoy, años después de aquellos desafíos, Juan José vuelve a la carga con una obra necesaria: "Metamorfosis y Concordia". Este ensayo no es un tratado técnico frío, sino una reflexión humanista nacida de su dilatada experiencia en la gestión pública. Es la voz de alguien que, en lugar de rendirse ante la burocracia, propone una transformación profunda como única vía para fortalecer la democracia. Esta es su Metamorfosis, la prueba de que el ser humano, con la voluntad por cincel, tiene la libertad de cambiar.


Desde mi doble perspectiva de psicólogo y paciente afectado por la ataxia SCA36, entiendo que esta obra es un Andamio Cognitivo. El libro de Juan José nos recuerda que la vida del escultor es una constante Metamorfosis activa. Mi vida es una obra inacabada, donde la ataxia es la veta del mármol. Al igual que Juan José propone una Concordia en la Administración, la Concordia personal es la armonía que se logra a través de la Aceptación Radical y la búsqueda de Sentido, proceso en el que el apoyo de la Tribu (como esta amistad nacida en Cieza) es absolutamente fundamental.


El conocimiento técnico de su libro sirve de andamio de validación al mensaje humano: la clave del éxito no está en los números, sino en el valor colectivo que se genera al unir afecto, rigor y propósito.


4. El legado ciezano: la amistad como propósito y síntesis de sentido


Para quienes creemos que en lo humano la suma siempre es exponencial e impredecible gracias a la sinergia y el amor, este libro es un soplo de aire fresco. La Metamorfosis que nos propone Juan José Ríos es un compromiso diario: aceptar que la fragilidad (la veta del mármol) nos obliga a elegir conscientemente la Concordia—la amistad, el propósito y la libertad de actitud— como el cincel colectivo que da Sentido a cada paso. Es una hoja de ruta para que la vida, al igual que la Administración, vuelva a ser una herramienta sencilla y transparente al servicio de las personas.


Un libro fundamental de un ciezano de corazón que nunca ha dejado de innovar, y que cimenta la verdad de que, al final del día, lo único que queda es la red humana que tejimos.

 

Nota: Este artículo se fundamenta en mi segundo relato: 'Vivir con ataxia: el alma cincelada' (https://amzn.to/3V7J2lb). A través de la Doble Perspectiva (ciencia y experiencia), ilustro cómo la adversidad es el proceso del Non Finito, donde el Escultor utiliza la voluntad y el Andamio de su tribu para alcanzar la Plenitud 


 

miércoles, 11 de marzo de 2026

“Don Prevenido” y los sobrenombres en el Mogente del candil

La memoria de un pueblo no reside únicamente en sus piedras, en sus libros de registro o en sus monumentos. La auténtica alma, la que vibra con la vida cotidiana y la historia menuda, se esconde en una red invisible de palabras: los sobrenombres o apodos.


En el Mogente de los años cincuenta, estos motes eran una partitura social, un código de barras humano que identificaba y narraba el linaje y el carácter de cada familia. No era un dato frío; era un estallido de creatividad popular, una síntesis biográfica forjada en el crisol del día a día, mucho más potente y poética que el propio apellido. Eran la crónica oral de la herencia que se tejía con el hilo de la tradición.

Los sobrenombres 

En la penumbra de las casas iluminadas por el candil, donde la voz era la principal portadora de noticias, el sobrenombre era una necesidad funcional y, a la vez, una obra de arte. En un pueblo donde los nombres de pila se repetían por tradición (José, Antonio, María...), el apodo era el cincel de la distinción. Permitía a la tribu identificar de forma rápida si se hablaba del José carpintero, del José de El Moliner, o del José que era conocido como El Parret.


Pero su función iba mucho más allá de la logística social. Estos apodos son la manifestación más bella de la sinergia colectiva. Eran la prueba de que el individuo no existía sin el grupo. El nombre formal lo daba el registro; el apodo, la comunidad. El sobrenombre era la rúbrica que el colectivo ponía a la identidad de un vecino, y se heredaba con un orgullo silente, funcionando como un hilo conductor que cosía generaciones.


De hecho, en el seno de nuestra propia historia, mi familia paterna era conocida por todos como "els Navalons" y la materna como "los cambredoners". Estos motes actuaban como el verdadero apellido comunitario, el que definía nuestro origen y nuestro lugar en el entramado social de Mogente.


La lección de «Don Prevenido»: la rúbrica inevitable de la tribu

El apodo en Mogente no era una sugerencia; era la sentencia inapelable del colectivo. Este fenómeno no puede entenderse sin la lección que mi padre solía contar sobre un forastero, una historia que encapsula el triunfo de la tribu sobre el individualismo, una anécdota que recojo en mi relato Del candil a la bombilla:Un forastero llegó al pueblo. Alguien le advirtió que tuviera cuidado, pues en Mogente todos eran conocidos por sus apodos. El hombre, creyéndose muy prevenido, respondió que a él nadie le iba a poner un mote, pues él era un hombre muy prevenido. Desde aquel día, y muy a su pesar, fue conocido en el pueblo como «Don Prevenido».


Esta historia es la prueba empírica, la evidencia narrativa, de la tesis de la sinergia humana (2+2=5). Nos enseña que, en el universo del ser humano, la voluntad individual que se resiste al colectivo es absorbida por el ingenio de la comunidad. El apodo era la libertad de actitud ejercida por la tribu, un golpe de cincel que revelaba que la identidad plena solo se alcanza cuando el individuo es reconocido y nombrado por el lugar al que pertenece. Al "Don Prevenido" no se le impuso un nombre; se le reveló una identidad colectiva.


El andamio de la psicología: neurociencia de la pertenencia

Desde la perspectiva de la psicología social, este fenómeno es un andamiaje inigualable para la identidad colectiva. El apodo no es un juicio, sino una descripción esencializada que vincula a la persona con el relato del pueblo. El conocimiento científico sirve aquí como el soporte que valida la sabiduría de la tradición:

  • Economía cognitiva (neurociencia): el cerebro humano adora los atajos. Un apodo es un "marcador somático" que agrupa en una sola palabra el linaje, el oficio y la anécdota vital. Esto facilita el reconocimiento social rápido y reduce la incertidumbre, reforzando el sentimiento de pertenencia, algo esencial para la supervivencia emocional en un entorno de carencias.

  • Sentido de pertenencia (psicología social): al recibir un mote familiar (Los Carlets, El Tío Ceba, Carlampio), el individuo es inmediatamente insertado en una narrativa histórica que le otorga un lugar inconfundible en la comunidad. Esto reduce la sensación de aislamiento y fortalece el sentido de Orgullo de Origen.

  • Memoria colectiva (legado): el apodo actúa como una cápsula del tiempo. Al nombrar a El Rocho, se invocaba no solo al individuo, sino a una anécdota, a una profesión, o a un rasgo de carácter que definía a su estirpe. Era una forma de mantener viva la memoria de los antepasados y de transmitir la lección de sus vidas, de forma sutil, a las nuevas generaciones.

La psicología nos enseña que el ser humano necesita narrarse. En el Mogente de mi infancia, la comunidad se encargaba de narrar la herencia a través de esta economía del lenguaje. La voluntad del escultor individual se veía así reforzada por la autoridad del relato colectivo.

La dignidad del retrato y el Non Finito Social

A menudo, los sobrenombres nacían de un rasgo físico, de un suceso singular, o incluso de una manía. Si fuesen vistos con la óptica moderna, muchos podrían considerarse peyorativos. Sin embargo, en el contexto de aquella época, operaban bajo un pacto de sinceridad radical. Eran un retrato sin filtros, pero pintado con el pincel del afecto, la aceptación y la plena conciencia de la imperfección.


El apodo era la aceptación de la veta del mármol social. Era la demostración de que la belleza de la comunidad reside en su obra inacabada (Non Finito), y no en una uniformidad artificial. Al aceptar y usar el apodo, el vecino honraba la dignidad de su retrato tal como había sido esculpido por el tiempo y la opinión de su tribu.


No obstante, esta dinámica no estaba exenta de tensiones. Es vital recordar que, si bien una familia podía ser universalmente conocida por un mote, a veces el aludido no se sentía cómodo con él y manifestaba su deseo de que no se utilizara. En estos casos, la comunidad demostraba la verdadera altura de su Sentido Comunitario: todos conocían el apodo, pero nadie se atrevía a usarlo en presencia del afectado.


Este comportamiento es la prueba de la madurez de aquella sociedad: el apodo existía como un dato histórico y de linaje, como un hecho social ineludible, pero la cortesía y el respeto por la dignidad individual prevalecían sobre la burla. La tribu hacía valer su derecho a nombrar, pero ejercía su responsabilidad de honrar al nombrado. Era la prueba de que, incluso en la intimidad de un pueblo, el derecho a la libertad individual era una regla no escrita, pero sagrada, un fenómeno que se repite en colectividades pequeñas hasta hoy.


Conclusión: el Cincel que golpea el sentido


La herencia de los apodos es la demostración palpable de que la vida en comunidad era una obra de reciprocidad y conciencia plena. Era un sistema que, sin proponérselo, aplicaba la logoterapia: te obligaba a encontrar tu Sentido en el contexto de un relato mayor, aceptando la propia historia sin autoengaño.


Hoy, que vivimos en un mundo de identidades líquidas y donde la voz individual grita para ser validada en el vacío digital, los apodos de Mogente nos recuerdan una lección vital: la persona solo alcanza su máxima potencia cuando su identidad está anclada en una Herencia firme.


Esta tradición es el rechazo al determinismo matemático ($1+1=2$). En Mogente, un apellido era una suma, pero un apodo es una potencia exponencial de historias, afectos y vivencias. Al recordar a El Rallat, La Pantorrilla, o al mismo «Don Prevenido», no hacemos nostalgia; estamos defendiendo nuestra propia existencia y honrando la verdad de que el pasado no es una carga, sino el cimiento sobre el cual el cincel del compromiso diario construye la libertad de nuestro presente.
 

Nota: "Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidadhttps://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.