lunes, 13 de abril de 2026

El clarinete de la ética: la luz de mi tío Vicente en el día de su santo

 

Hoy el calendario marca San Vicente y, para quienes llevamos a Mogente en el ADN, es un día que estalla en celebración. Es un día de fiesta, de familia y, sobre todo, de un reconocimiento profundo a la figura que dio sentido a este nombre en nuestra casa. Lejos de cualquier nostalgia, hoy celebro la presencia viva de mi tío Vicente Navalón Lladosa. Aunque ya no esté físicamente entre nosotros, su luz sigue iluminando nuestro camino y su energía positiva nos sigue arropando, como si caminara a nuestro lado en cada decisión y en cada reencuentro.

En el viaje de la vida, todos necesitamos un mentor, alguien que nos enseñe a caminar sin ruido pero con firmeza. Para mi padre, Conrado, Vicente no fue solo el hermano mayor; fue su gran confidente, su cómplice y el espejo donde aprendió a vivir la vida de una manera muy singular. Gran parte de la pasión por la música que mi padre nos transmitió nació de esa admiración hacia Vicente, quien con su clarinete no solo interpretaba notas, sino que dictaba lecciones de sensibilidad.

El Don de la presencia sanadora y el respeto de un pueblo

Muchos recordamos su conocimiento de las plantas medicinales, pero su verdadero "elixir" era algo más intangible y poderoso: una profunda empatía que se manifestaba en una energía especial. Vicente poseía una capacidad única para escuchar y comprender el mal ajeno, lo que le convirtió en una persona sumamente buscada y respetada en todo Mogente. Su sola presencia lograba calmar las tormentas internas de quienes le rodeaban; a veces era una palabra oportuna, otras veces su mirada cargada de comprensión, e incluso su silencio resultaba sanador en sí mismo.

Esa entrega y esa transmisión de energía positiva quedaron grabadas en la memoria familiar cuando, en aquella gran nevada en la "Casa del Macho", apareció entre la nieve que le llegaba a las rodillas. No iba a buscar nada, solo iba a confirmar que su "tribu" estaba bien. Ese es el héroe cotidiano: el que hace del cuidado y la escucha su misión de vida.

Neurociencia de una identidad compartida

Desde la psicología, sabemos que la identidad se forja en los vínculos que permanecen vivos en nosotros. Mi padre fue quien fue porque tuvo a Vicente al lado. Esa sinergia y amor exponencial de la que siempre hablo se manifiesta aquí: la suma de sus vidas no fue aritmética, fue una multiplicación de valores. La integridad y la bondad de mi tío se filtraron en el corazón de mi padre y, a través de él, siguen vivas en mí.

Como suelo defender, rechazo el determinismo matemático. La influencia de una figura como la de mi tío demuestra que un solo ser humano, cuando actúa desde la ética y la entrega, puede cambiar la trayectoria emocional de generaciones enteras. Su energía no se perdió, se transformó en la base de lo que somos hoy.

Un candil que alumbra el presente

Hoy, aunque mi vida transcurre en Cieza, siento que el candil de Vicente brilla con más fuerza que nunca. Celebrar hoy su santo no es recordar una ausencia, sino honrar una presencia constante de música, silencio sanador y complicidad.

Gracias, tío Vicente, por seguir siendo el faro ético de los Navalón y por enseñarnos que la verdadera grandeza se escribe con la tinta de la bondad. Tu mirada sigue siendo, para todos nosotros, un refugio de paz.


domingo, 12 de abril de 2026

Entre Mogente y Cieza: el reencuentro de mis dos mundos

 I. El Mirador del Buen Suceso: La belleza en su conjunto

Hay momentos que funcionan como un espejo de alta definición. Recientemente, el equipo de "Xino Xano Ibèric" (À Punt) plantó sus cámaras en el mirador del Santuario de la Virgen del Buen Suceso. Considero que este enclave es la llave maestra para entender Cieza: desde allí, la belleza se despliega en su conjunto, ofreciendo una panorámica donde la piedra, la historia y el verdor de la huerta se funden en un solo abrazo. Desde esa atalaya, mientras la luz bañaba el valle, sentí que las piezas de mi puzle vital encajaban con una precisión asombrosa.

En el vídeo también participa mi paisano José Eduardo, otro valenciano que, como yo, decidió hace años que su vida encontraría su mejor cauce aquí. Es un orgullo ver cómo ambos, desde nuestras respectivas vivencias, actuamos como anfitriones de esta tierra. Ver a mi pueblo proyectado hacia las pantallas de mi Valencia natal desde ese balcón privilegiado ha sido un ejercicio de gratitud profunda.


 

II. El Agua: Un contraste de caudales y una misma huerta

Observar el discurrir del río Segura desde la orilla es, para mí, un reencuentro constante con mi propia historia, aunque marcada por un contraste evidente. Mi memoria me devuelve al río Cañoles a su paso por Mogente; un río prácticamente seco la mayor parte del año, un hilo de agua humilde que, sin embargo, lograba el prodigio de regar una frondosa huerta.

Al llegar a Cieza, ese recuerdo choca con la vitalidad del Segura, caudaloso y lleno de fuerza, que nutre con generosidad una despensa verde aún más vasta. Pero, a pesar de la diferencia de caudal, el espíritu es el mismo: el agua como fuente de vida. Aquel niño que en 1964 dejó atrás la sobriedad del Cañoles reconoce hoy en la abundancia del Segura el mismo mensaje de esfuerzo. Esta conexión me permite explicar nuestra tierra no solo como un paisaje, sino como una continuidad vital: la diversidad de los territorios no nos separa, sino que suma capas de significado a nuestra existencia.

III. Siyasa, el Esparto y el Manjar: Donde 2+2 siempre son 5

La identidad de Cieza no solo se riega, también se hereda y se trenza. En el Museo Siyasa, el equipo de televisión pudo maravillarse con la reconstrucción de las casas andalusíes, el origen de nuestra hospitalidad. Una cultura que se complementa con el legado del esparto, fibra que ha sido el alma de este pueblo y que conecta directamente con la cultura del esfuerzo de mis raíces mediterráneas.

Como broche final, la visita a la confitería Las Delicias. Allí, Joaquín nos mostró cómo la hospitalidad se transforma en arte. Verle elaborar el Manjar de Cieza es presenciar la sinergia en estado vivo. En ese gesto de compartir un sabor se cumple mi máxima de que, en lo humano, 2+2 son 5. Cuando la maestría técnica de Joaquín y la historia de Siyasa se mezclan con la pasión por la propia identidad, el resultado es algo exponencial que trasciende lo material.

IV. Conclusión: Un Legado que Florece

He pasado gran parte de mi vida transitando del candil de mi niñez a la bombilla de mi madurez. Salí de Mogente con ocho años para echar raíces en este enclave de luz donde hoy tengo a mis amigos, mi familia y mi pareja.

Hoy miro a mi alrededor con la satisfacción del que sabe que el orgullo por nuestras raíces es la semilla de la felicidad. Cieza es mi casa y es, con un afecto que me desborda, mi pueblo. A mis paisanos de Valencia solo puedo decirles: asomaos al mirador del Buen Suceso, dejaos empapar por la magia del Segura y permitid que la hospitalidad ciezana os cuente su propia historia.

viernes, 10 de abril de 2026

Jesús Santos y la victoria del pincel: una cátedra de vida ante el Parkinson


Mañana, 11 de abril, el mundo se tiñe de rojo para dar visibilidad al Parkinson. Es una fecha marcada en el calendario para hablar de síntomas y retos médicos; sin embargo, este año quiero escribir desde la admiración profunda que nace de la cercanía. Quiero hablar de Jesús Santos, mi amigo y maestro, cuya manera modélica de afrontar la enfermedad se ha convertido para mí en una brújula de esperanza.

El pasado lunes visité su estudio y me encontré con algo que va mucho más allá de la pintura convencional. Lo de Jesús es una explosión de color que se traduce en conjuntos de una extraordinaria fuerza expresiva. Son cuadros que parecen hablar, que tienen vida propia; cada lienzo cuenta una historia sobre cómo él ve y se conecta con la naturaleza. En ese espacio, rodeado de su obra, comprendí que el espíritu humano no entiende de determinismos: donde la biología impone un límite, el arte abre una ventana infinita.

El arte como lenguaje total

Para Jesús, el acto de crear es un arte en sí mismo, pero también una herramienta integral de salud. Al observar su técnica, se percibe cómo la pintura desarrolla la creatividad, el intelecto y la motricidad. Es una forma de mantener la capacidad de expresar y, sobre todo, de seguir conectado con el mundo. Como psicólogo, veo en sus trazos la "neuroplasticidad" en acción: el cerebro encontrando nuevas vías para manifestar la belleza que la rigidez del Parkinson no puede silenciar.

Jesús se ha convertido en un referente indiscutible. En esta etapa que compartimos —él con su proceso y yo con la ataxia—, su apoyo ha sido para mí un pilar básico. Siempre recuerdo un consejo breve pero demoledor que resume su filosofía: "No dejes que la enfermedad pinte tu día; coge tú el pincel". Es ese "cemento del andamio" que nos mantiene en pie.

La fuerza de la tribu: APENCI

Esta victoria individual de Jesús necesita, para ser completa, de un respaldo colectivo. Por eso es tan importante el apoyo a APENCI (Asociación de Parkinson y Enfermedades Neurodegenerativas de Cieza). Sumarse a ella es un acto de responsabilidad social. Sin duda, cuanto más seamos, más fuerza reivindicativa tendremos para conseguir los recursos y la atención que esta realidad requiere.

En Cieza, mi pueblo, hemos aprendido que la fragilidad se combate con sinergia. APENCI es el lugar donde esa suma de voluntades hace que el resultado sea exponencial. No estamos solos en esto; somos una tribu que construye andamios de esperanza.

Conclusión: un referente de luz

Al mirar la fotografía de Jesús en su taller, no veo a un hombre enfermo; veo a un creador en la plenitud de su madurez vital. Su ejemplo nos enseña que la vida es el arte de esculpirse a uno mismo cada día, sin importar la dureza del mármol.

Mañana, en el Día Mundial del Parkinson, celebremos la victoria de quienes, como Jesús Santos, han decidido que su historia no la escriba un diagnóstico, sino su propia voluntad creativa. Gracias, Maestro, por enseñarnos a mirar la naturaleza con tus ojos y por recordarnos que, en lo humano, la suma de amor y coraje siempre rompe las reglas de la matemática.


sábado, 4 de abril de 2026

La paradoja del huevo de Pascua: el arte de detener el tiempo

 

En una pequeña fotografía de 1957, el blanco y negro no logra apagar la luz de una tarde de primavera en el embalse del Bosquet, en Mogente. Allí, una joven Enriqueta me sostiene en brazos —un bebé de apenas catorce meses asomándose al mundo— mientras Conrado, mi padre, me presenta con un orgullo inmenso ante su "tribu". A su alrededor, amigos y familia celebran la vida con una mona de Pascua sobre la hierba.

Esa imagen no es solo un recuerdo borroso; es mi kilómetro cero. Aunque no tengo un recuerdo consciente de aquel día, mi sistema límbico grabó a fuego la sensación de seguridad de aquellos brazos y la alegría de una comunidad que celebraba algo más que un dulce: celebraba la existencia misma.

El cincel de la memoria sensorial

Desde la neurociencia y la psicología, sabemos que estas tradiciones no son meras repeticiones folclóricas. Son anclajes. El cerebro humano busca patrones para sentirse seguro, y la memoria emocional se encarga de sellar el sonido de las risas y el clima vital de la familia como un refugio permanente.

Al observar esa foto, percibo una paradoja que hoy, décadas después, se convierte en una lección magistral. Mis padres vivían en condiciones que, vistas desde la abundancia actual, podrían calificarse de "míseras". Sin embargo, en sus rostros solo hay una felicidad inmensa. No tenían nada material, pero lo tenían todo. Esa es la primera gran veta de mármol que ellos me ayudaron a pulir: la felicidad no es algo que se encuentra, es algo que se construye.

El relevo de los rostros

Mañana, en Cieza, la escena que quedó congelada en los brazos de mis padres volverá a cobrar vida, aunque el espejo del tiempo haya cambiado los protagonistas. Enriqueta y Conrado ya no están físicamente para sostenerme, y muchos de aquellos personajes de la foto del Bosquet han partido, pero su alegría se ha reencarnado en nuevas miradas. Mañana, los rostros de mis hijas, de mis hermanos y de mi pareja serán los que iluminen el campo. Al vernos juntos, celebrando y compartiendo la mona, comprenderé que no estamos simplemente repitiendo una costumbre, sino fundiéndonos en un nuevo momento de felicidad absoluta. Es el milagro de la tribu: aunque los nombres cambien, las risas suenan igual, logrando que ese legado de amor que recibí de bebé siga siendo un fuego vivo que nos une a todos.

La sinergia del huevo (y el desprevenido)

No falta nunca el momento culmen: la búsqueda de una frente desprevenida para romper el huevo duro. Mi padre, Conrado, era un maestro en este arte. Por más que todos supiéramos que iba a ocurrir, él siempre se las apañaba para pillar a alguien distraído.

Este gesto, que podría parecer una broma menor, es en realidad un golpe de cincel contra el determinismo. En un mundo donde la lógica matemática dice que 2+2=4, el estallido de una carcajada colectiva tras el "impacto" del huevo hace que la suma de la tribu sea siempre exponencial e impredecible. Ese juego tiene el poder mágico de parar el tiempo y el espacio. Por unos instantes, no hay preocupaciones, no hay dolores de hombros, no hay fallos de memoria; solo existe la conexión pura del presente.

Victoria sobre la Veta: los 3 kilómetros de voluntad

Ayer, mientras caminaba mis tres kilómetros por el entorno de La Ventolera, junto a mi pareja, sentí el peso del cansancio. La veta de la ataxia a veces intenta imponer su dureza. Sin embargo, el recuerdo de mis padres en la Balsa del Bosquet actuó como mi motor.

Si ellos fueron capaces de ser inmensamente felices con lo mínimo, ¿cómo no voy a serlo yo hoy, rodeado de tanto amor? Caminar no es solo un ejercicio físico; es mi forma de honrar el legado de vitalidad que me transmitieron. Es mi manera de decir que el escultor sigue trabajando el mármol, sin importar cuán dura sea la piedra.

El elíxir: una Lección para el futuro

Si pudiera susurrarle algo a ese bebé que aparece en brazos de su madre en la foto de 1957, o si pudiera hablarle a un joven de hoy que cree que la felicidad depende del último modelo de móvil o de un coche de lujo o de una casa con todas las comodidades, le diría esto:

El verdadero tesoro de la vida cabe en un huevo duro cascado en la frente de un amigo. No busques la felicidad en los objetos, porque los objetos son materia inerte. Búscala en los momentos de "parar el tiempo". Búscala en la risa compartida, en la merienda en el campo y en el orgullo de pertenecer a una tribu que te sostiene.

La felicidad es una arquitectura de la voluntad. Mañana, en el Domingo de Resurrección, cuando rompa el huevo y comparta la mona con mis hijas, mis hermanos y mi pareja, estaré celebrando que, a pesar de los años y de las dificultades, he aprendido la lección más importante de Conrado y Enriqueta: que somos nosotros quienes, con amor y sinergia, tenemos el poder de detener el tiempo y convertir un día cualquiera en un instante de eternidad.


martes, 24 de marzo de 2026

Carmelo López Tornero: El líder que no necesitaba alzar la voz para ser gigante

 
Cieza se ha quedado hoy un poco más huérfana. Ayer nos dejó Carmelo López Tornero (1942-2026), y con él se marcha una forma de entender la vida pública que parece estar en peligro de extinción: la del activista que se agita y se conmueve, la del hombre que no sabía usar eufemismos porque su verdad nacía de las manos manchadas de esparto. Hay liderazgos que se construyen desde el estrado y otros que se fraguan en el silencio cómplice de una mano tendida. Carmelo López Tornero pertenecía a esta segunda estirpe, la de los hombres cuya estatura no se mide por el ruido de sus palabras, sino por la profundidad de su huella. Tras una vida dedicada a abrir puertas —las de su casa y las de la dignidad social de toda una comarca—, Carmelo nos deja el testimonio de que la verdadera fuerza reside en la sencillez. En esta semblanza, recorremos el camino de un referente que hizo del Hospital de Cieza su mayor batalla y de la decencia su única bandera.


Del hambre a la dignidad: Una vida de lucha

Carmelo encarnaba a la perfección al niño ciezano que creció en un tiempo de supervivencia, trepando por la "cucaňa resbalosa" de la posiguerra. Fue en las fábricas de esparto, a los 14 años y al calor de la Juventud Obrera Católica, donde forjó una conciencia que no le abandonaría en sesenta años: "Cuando tú vives el problema con la gente, lo defiendes de otra manera", decía. Y así lo hizo, primero contra el franquismo y luego como Secretario General de UGT y concejal de aquella histórica primera corporación democrática junto a Juan Antonio Martínez-Real.

El centinela del Hospital Lorenzo Guirao

Si hoy nuestro hospital es un centro público y de referencia, es porque Carmelo decidió que no iba a permitir que fuera un fantasma o una empresa privada. Como alma de la Plataforma Pro-Hospital, demostró que el activismo social no es dar voces, sino mantener encendida la chispa del entusiasmo en los demás. Durante 25 años, le "apretó" a todos los gobiernos, sin distinción de colores, porque para él la persona estaba siempre por encima de la sigla. "El hospital es fruto de una lucha del conjunto de ciudadanos", repetía con esa humildad que solo tienen los que son verdaderamente imprescindibles.

El Maestro de la "Fuerza Serena"

Para quienes tuvimos el honor de conocerle en la distancia corta, Carmelo fue, ante todo, un Maestro. Alguien que hablaba el lenguaje de la honestidad y que, en momentos clave, me abrió las puertas de su casa y muchas otras puertas que cambiaron mi destino. Poseía una "fuerza serena", una mezcla rara de firmeza sindical y sencillez humana.

Incluso en su última batalla contra una larga enfermedad, mantuvo esa sonrisa que no se apagaba. Como decía un amigo común, verle era encontrar a alguien en paz, con la conciencia tranquila del deber cumplido. Carmelo nunca hizo lo que "debía" según las normas del poder; siempre hizo lo que creía.

Un legado que no se apaga

Hoy despedimos al hombre limpio, al socialista ejemplar, al sindicalista que dignificó a la clase trabajadora y al vecino que nos enseñó que la política y el ser humano no son incompatibles. Su legado vive en cada servicio del Hospital, en la coherencia de su familia —reflejada en su hija, nuestra Secretaria General— y en la memoria de una comarca que hoy le llora.

Gracias, Carmelo, por no haberte maleado nunca, por llamarle a las cosas por su nombre y por ser el puente que nos permitió a muchos alcanzar la otra orilla.

Vuela alto, Maestro. Cieza no te olvida.


Carmen: el cántico del optimismo y la huella eterna en Mogente


Hay presencias que no se limitan a ocupar un espacio en nuestra historia, sino que se convierten en la arquitectura misma de nuestro mundo emocional. Mi tía Carmen, cuya partida hace unos meses dejó un vacío físico pero una luz permanente, no fue solo un apoyo en mi vida; fue la escultora de mi seguridad interior desde el mismo instante de mi nacimiento. Pero hoy, al volver la vista atrás, comprendo que ese "cincelado del alma" no lo hizo solo conmigo: Carmen dejó una huella profunda y un vacío inmenso en el corazón de Mogente.

La neurobiología de una presencia restauradora

A menudo hablamos en psicología de las "personas vitamina", pero Carmen elevaba este concepto a una categoría superior. Su sonrisa y su semblante no eran una máscara de cortesía; eran un estado del ser tan sólido que generaban un campo de influencia inmediato. Nada más verla, la felicidad se hacía tangible.

Desde la neurociencia, entendemos que este fenómeno responde a una sintonía profunda de nuestras neuronas espejo. La presencia de mi tía Carmen tenía la capacidad de restaurar las fuerzas vitales cuando estas flaqueaban. En los momentos de debilidad, buscar su compañía era acudir a una fuente de recarga emocional. Ella no necesitaba dar grandes discursos; su sola forma de estar en el mundo era un bálsamo que reorganizaba el caos interno de quienes la rodeábamos.

Un optimismo potente: la tecnología del bien

Lo más fascinante de su carácter —y lo que tanto echan de menos hoy en Mogente— era su gestión del pensamiento. Muchos confunden el optimismo con la ingenuidad, pero en Carmen era una herramienta de alta precisión. Su pensamiento estaba enfocado siempre en el bien, pero no de forma pasiva. Era un pensamiento potente, capaz de generar por sí mismo realidades positivas.

Ella entendía, de forma magistral, que el espíritu y la tribu no se rigen por el determinismo matemático. Mientras la materia insiste en que dos más dos son cuatro, el amor y la sinergia que Carmen proyectaba hacían que la suma fuera siempre exponencial e impredecible. Su bondad era una fuerza activa: ella no esperaba que el bien ocurriera, ella lo provocaba con su actitud. Esta es la gran lección que dejó en Mogente, donde su carácter la convirtió en una figura de consenso y cariño. No era solo "querida", era necesaria.

El legado en la tribu

Si mi trayectoria vital se define por etapas de aprendizaje, mi tía Carmen fue la mentora de la Fase I de mi vida. Pero su magisterio se extendió a todo aquel que cruzó su camino en las calles de Mogente. El vacío que sentimos hoy es el testimonio de su valor. Se dice que nadie es indispensable, pero hay personas que son irreemplazables porque su ausencia altera el ecosistema emocional de una comunidad.

Su herencia es una "tecnología del alma": la convicción de que la alegría es una decisión heroica que se transmite por contacto. Carmen nos demostró que se puede ser un faro incluso en medio de las tormentas, y que esa luz, una vez encendida en los demás, ya no se apaga nunca.

Ya no está frente a nosotros, pero su cántico de optimismo resuena en cada rincón de mi memoria y en cada calle de Mogente. Carmen no es pasado; es el presente continuo de una bondad que sigue transformando nuestro mundo.

Nota: Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad'  https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.


viernes, 20 de marzo de 2026

La poesía como resistencia: Ángel Almela en tiempos de penumbra

 

Mañana, 21 de marzo, el mundo se detiene oficialmente para celebrar el Día Mundial de la Poesía. Han pasado ya 27 años desde que la UNESCO decidió proteger la palabra rítmica y profunda, y sin embargo, hoy nos preguntamos con cierta amargura: ¿qué lugar ocupa un verso en un mundo fracturado por la guerra, la erosión de los valores y la ausencia de referentes morales claros?

Vivimos en una era de determinismo frío, donde parece que solo lo que se cuenta, se mide o se consume tiene valor. En este desierto de inmediatez y ruido digital, la pérdida de brújulas éticas nos ha dejado huérfanos de modelos a seguir. Pero es precisamente en este escenario de "tiempos áridos" donde la poesía reclama su vigencia más absoluta. La poesía no es un adorno; es el testimonio más puro de nuestra dignidad y la capacidad de crear belleza allí donde otros solo ven escombro.

El referente en la cercanía

Frente a esa orfandad de grandes figuras globales, surge la necesidad de mirar a nuestro lado, a la raíz. En Cieza, esa vigencia de la poesía tiene un nombre propio que aglutina voluntades y da sentido a la palabra "tribu": Ángel Almela Valchs.

Ángel no es solo un poeta de métrica y rima; es un referente vital. En él, la poesía se manifiesta en su significado más genuino: la capacidad de acariciar el mundo con una sensibilidad única y una coherencia inquebrantable entre lo que se escribe y lo que se vive. Su figura nos recuerda que la verdadera vanguardia no está en el grito, sino en la "sabiduría serena" y en la "calma infinita" de quien sabe escuchar.

Una simbiosis de vida y tierra

La trayectoria de Ángel, ligada indisolublemente a Cieza, mi pueblo y al colectivo La Sierpe y el Laúd, es el ejemplo perfecto de sinergia. Mientras el mundo se deshumaniza, Ángel ha dedicado su vida a construir "andamios" culturales, a ser ese faro que durante la Transición y hasta hoy, ha defendido la libertad de expresión y la nobleza del espíritu.

Admirar a Ángel Almela es admirar la posibilidad de que el ser humano sea, por encima de todo, bueno y generoso. Su obra es un espejo de su alma, y su presencia en nuestras calles —como profesor, como amigo, como padre— es el elixir que cura esa sensación de vacío moral que a veces nos embarga.

El mañana de la palabra

En este 27º aniversario, reivindicar la poesía es reivindicar a personas como Ángel. Él nos enseña que, aunque las matemáticas expliquen la materia, solo la poesía explica el misterio del amor y la esperanza.

Mañana, cuando el sol de marzo ilumine Cieza, recordemos que la poesía sigue viva porque hay hombres que, con su sencillez y su luz, se niegan a dejar que la oscuridad gane la partida. Ángel Almela es, para muchos de nosotros, ese pilar moral indispensable: el recordatorio de que la belleza y la bondad siguen siendo el norte de nuestra comunidad.


jueves, 19 de marzo de 2026

Las parteras en Mogente: las manos sabias de mi abuela Luisa


En este mes de marzo, en el que alzamos la voz por los derechos y el reconocimiento de la mujer, no he querido dejar pasar la oportunidad de mirar hacia atrás. Este artículo es un homenaje a las mujeres que nos precedieron, a las que parían con una fortaleza silenciosa y a las parteras que, como mi abuela Luisa, convertían cada alcoba en un santuario de ciencia y vida. Ellas fueron las pioneras de la resiliencia en nuestros pueblos, demostrando que la autoridad no siempre emana de un título, sino de la entrega y la sabiduría de unas manos que sabían cuidar.

El silencio de una fuerza arrolladora

En la penumbra de una alcoba en el Mogente de los años cincuenta, el tiempo se medía por suspiros y esperas. No había monitores de frecuencia cardíaca ni anestesias de precisión, pero en el centro de aquella habitación reinaba algo que la tecnología actual todavía lucha por emular: una fe inquebrantable. Esa seguridad tenía nombre y apellido en mi familia: mi abuela Luisa.

Ella era de esas personas que, a pesar de su baja estatura, concentraban una vitalidad arrolladora, aunque sus movimientos eran silenciosos, lo que hacía que su presencia pasara casi desapercibida hasta que uno notaba esa energía quieta que irradiaba. No necesitaba alzar la voz; llenaba la habitación con su ser y su sonrisa fácil que transmitía una bondad genuina. Si le preguntabas qué le hacía feliz de verdad, la respuesta era clara y sencilla: ayudar a los demás.

Luisa fue una de esas parteras adoradas por sus vecinos, una mujer que no necesitaba títulos de pared para demostrar una intuición y unas habilidades que hoy, décadas después, la neurociencia empieza a explicar con asombro. Ella fue la guardiana de nuestro linaje; sus manos, expertas en el arte de recibir la vida, fueron las primeras en sostener a mi hermano Enrique y a mí. Ella fue nuestro primer contacto con el mundo.

El neocórtex y el silencio de Luisa: un acto de precisión neurobiológica

Hoy, los estudios sobre el cerebro nos dicen que el neocórtex —nuestra parte más racional, lógica y parlanchina— es, paradójicamente, el mayor obstáculo en el proceso del parto. Cuando una madre se siente observada, juzgada o deslumbrada por luces intensas, su neocórtex se activa y el proceso biológico se bloquea.

Mi abuela Luisa, sin haber pisado una facultad de medicina, dominaba esta arquitectura cerebral por puro instinto. "Baja el candil y no hagáis ruido", decía con esa calma imperturbable que la caracterizaba. Al reducir los estímulos, ella estaba "apagando" la razón de la madre para permitir que el cerebro primitivo —el que realmente sabe parir— tomara el mando. El candil no era un símbolo de precariedad; era una herramienta de precisión neurobiológica que garantizaba la intimidad necesaria para que la naturaleza hiciera su trabajo.

Era tal su entrega que la buscaban a la carrera por las calles de tierra, sin importar si era de día o si la noche se había echado encima. Ella acudía con una disponibilidad total, aportando esa calma que se sentía al instante en el aire viciado por la tensión. Sus manos pequeñas pero fuertes y sus gestos expertos y seguros traían la nueva vida al mundo y la entregaban, resbaladiza y ruidosa en su primer llanto, a los brazos temblorosos de su madre.

La química de la confianza y el rechazo al determinismo

Como psicólogo, a menudo repito que rechazo el determinismo matemático en lo humano. Mientras que en la materia bruta $2+2=4$, en el espíritu y en la tribu, la sinergia hace que la suma sea siempre exponencial e impredecible.

En los partos que asistía Luisa, la química del cuerpo confirmaba esta teoría. Hoy sabemos que la oxitocina (la hormona del amor y el impulso) solo fluye plenamente cuando el miedo desaparece. El miedo segrega adrenalina, que es el freno de mano del útero. La figura de mi abuela funcionaba como un regulador biológico: su sola presencia, su forma de hablar y el tacto de sus manos bajaban los niveles de cortisol de toda la casa. Su "intuición especial" era, en realidad, una capacidad asombrosa para sintonizar con el sistema nervioso de la madre, creando un campo de seguridad donde el dolor se transformaba en fuerza.

Para mi madre, tener a mi abuela  Luisa al pie de la cama no era solo tener a una experta; era tener el amor de la tribu velando por ella. Esa confianza total es la que permitía que la biología funcionara sin interferencias. El hecho de que Enrique y yo naciéramos bajo su cuidado no es solo una anécdota familiar, es la prueba de que la verdadera "alta tecnología" de la vida reside en el vínculo humano. Ella era el "Mentor" perfecto en nuestro Viaje del Héroe, aquella que cruzaba el umbral del miedo para traernos el "Elixir" de la vida.

Conclusión: mirando al futuro

Hoy, el parto ha pasado del candil a la bombilla. Hemos ganado en seguridad técnica, y eso es un progreso que celebramos y defendemos. Sin embargo, al recordar a las parteras de Mogente y, en especial, a mi abuela Luisa, entiendo que no podemos permitir que la luz de la bombilla ciegue la sabiduría del candil.

A mis vecinos de Mogente y de toda la comarca de La Costera, les invito a mirar atrás con orgullo. Somos hijos de esas mujeres valientes que parían con coraje y de esas parteras de manos sabias que, como Luisa, entendieron mucho antes que los laboratorios que el amor es el motor más potente de la fisiología. Su vida, marcada por la practicidad, la bondad, la fortaleza y la valentía personal, es la prueba de que lo más valioso de nuestra Herencia no se calcula; se recibe con las manos abiertas y el corazón dispuesto.

Esa misma sinergia, esa creencia de que juntos somos más que la suma de nuestras partes, es la que intento aplicar cada día en mi visión de la vida. Porque, al final, lo que Luisa nos enseñó es que la vida no se calcula: se recibe con las manos abiertas y el compromiso activo de la tribu.