Es extremadamente difícil encontrar las palabras exactas cuando el dolor golpea el corazón de los espacios que consideras sagrados. El pasado jueves, la noticia corrió como la pólvora por las calles de mi pueblo: un incendio voraz devoraba la Galería de Arte Efe Serrano. Al ver las imágenes del humo adueñándose de ese imponente caserón del siglo XVIII en pleno casco antiguo de Cieza, a muchos se nos encogió el alma. Pero el verdadero desgarro no solo era arquitectónico ni material. Lo que verdaderamente dolía era saber que las llamas estaban agrediendo el refugio de Paquita y Ricardo, dos personas maravillosas que han dedicado su existencia entera a regalarle belleza, luz y trascendencia a nuestra comunidad.
La mirada de la tribu ante el vacío cultural
Para cualquiera que camine con los ojos abiertos por nuestro casco antiguo, la galería de Paquita nunca fue una simple sala de exposiciones. Fue una trinchera de resistencia cultural, una obra titánica que solo fue posible gracias a la singular, arrolladora y entregada personalidad de Paquita Serrano. En un entorno histórico que a menudo da la impresión de ir languideciendo poco a poco, ese rincón de la calle San Sebastián se mantenía como uno de los pocos lugares de la Cieza de mi memoria donde todavía había luz en abundancia, donde el arte contemporáneo respiraba con naturalidad.
Por eso, el siniestro de esta semana se siente como una catástrofe silenciosa y definitiva. El daño toca la fibra de nuestra identidad colectiva. Cuando un espacio que ha albergado las almas de pintores como José Lucas, Muñoz Barberán o Párraga sufre un golpe así, la tribu entera se estremece. Sentimos un vacío que resulta complejo describir, una pérdida que nos cuestiona directamente.
Nuestra propia responsabilidad: la inacción frente a la urgencia
Es en este punto donde la crónica del dolor debe transformarse en una necesaria autocrítica colectiva. El fuego ha devorado el continente y parte del contenido, pero nosotros, como comunidad e instituciones, hemos sido los responsables colaterales durante años. Sabíamos perfectamente que Paquita, ya jubilada, estaba buscando con desesperación una solución de continuidad. Un proyecto sólido que garantizase el futuro del caserón y de su valioso legado artístico.
Quizás la casa necesitaba una reforma integral, una reestructuración profunda que adaptara sus muros a los nuevos tiempos, pero el corazón que albergaba historias y obras de incalculable valor seguía latiendo con fuerza. Lo verdaderamente lamentable es que entre todos, atrapados en la burocracia, en la desidia o en el simple acto de mirar hacia otro lado, no hayamos sido capaces de ayudar a Paquita a diseñar y ejecutar una solución inteligente de continuidad. De tanto pensar, de tanto aplazar y debatir, el fuego se nos ha adelantado de forma trágica, destruyendo en unas pocas horas sueños acumulados y retazos de nuestra historia común de un valor incalculable.
El recuerdo y el ejemplo: lo que el humo no puede disolver
Resulta de una injusticia poética tremenda que dos personas que lo han dado absolutamente todo por el arte en nuestra región tengan que contemplar el fruto de su esfuerzo empañado por la ceniza. Veintinueve años de trayectoria independiente no merecían un final de esta naturaleza. Sin embargo, aunque la reconstrucción material sea inviable, el fuego comete un error metodológico garrafal cuando intenta medir sus fuerzas contra el espíritu humano.
En la materia y en la física pura, las matemáticas son exactas y predecibles: dos más dos son cuatro y el fuego destruye lo que toca. Pero en el orden de lo espiritual, de lo humano y de la tribu, las reglas cambian por completo. Ante la imposibilidad de levantar de nuevo los muros, nos queda el refugio indestructible del recuerdo de lo que fue y, por encima de todo, el ejemplo imperecedero de Paquita. Ella es y seguirá siendo un personaje singular, un auténtico referente en la historia cultural de Cieza que ninguna llamarada podrá borrar jamás.
Cincelar la adversidad desde la memoria
Paquita Serrano es un referente de los que no abundan; una mujer incansable, labrada en la constancia y con una finura psicológica admirable. Quienes la conocemos sabemos que posee esa capacidad tan maravillosa de cincelar la adversidad en la edad adulta, de transformar el golpe en trascendencia. Ese ánimo inquebrantable que la caracteriza, y que se convirtió en el motor de la galería, sigue intacto detrás de las lógicas lágrimas de estos días.
Aunque el hollín opaque hoy las piedras de la calle San Sebastián, las historias que habitaban en cada escultura y en cada rincón de su amada galería no se han perdido; permanecen suspendidas en la memoria colectiva de Cieza. No habrá muros nuevos, pero el camino que tenéis por delante para restañar las heridas del alma contará siempre con el respeto y la admiración que os habéis ganado a pulso. Vuestro pueblo está firmemente decidido a recordar, cada día, que la luz que encendisteis hace casi tres décadas es un patrimonio inmaterial infinitamente más poderoso y duradero que cualquier incendio.




