Pasa y acomódate en el taller. En este miércoles de pleno verano, cambiamos la penumbra del estudio por el murmullo vivo del agua. Te invito a acercarnos a la orilla del río Segura a su paso por mi pueblo (Cieza), allí donde la historia colectiva de civilizaciones enteras y la memoria más íntima de mi propia existencia se funden en el mismo cauce.
1. El cauce de la historia: dos cinceles que se encuentran
A su paso por esta tierra, el río Segura no ha sido un simple accidente geográfico ni un mero espectador del paisaje; ha sido el auténtico corazón que ha vertebrado durante siglos la vida de las distintas culturas que han habitado sus márgenes. Íberos, romanos, islámicos y pobladores de todas las épocas miraron esta corriente con asombro, respeto y necesidad.
Con una sabia e ingeniosa ingeniería hidráulica —levantando azudes, tallando acequias y erigiendo norias—, supieron cincelar su cauce para encauzar la fuerza del agua y lograr el máximo aprovechamiento de sus caudales. Fue una profunda relación de ida y vuelta: el río cincelaba la geografía y la vida de mi pueblo, mientras las distintas generaciones cincelaban el río para transformar la aridez en una huerta esplendorosa.
2. El mapa de una vida: la corriente que atraviesa el alma
Pero esta huella milenaria no es solo un vestigio del pasado o un hecho histórico observable en los libros de texto; es una corriente viva que atraviesa y modela mi propia existencia. El río ha cincelado mi alma desde que lo vi por primera vez, cuando apenas tenía ocho años y descubrí con fascinación infantil el misterio de sus aguas.
Desde entonces, mi vida no se comprende sin él. Ha sido el testigo silencioso de mis paseos en los meses fríos para serenar el pensamiento y, sobre todo, el centro de gravedad de todos mis veranos.
3. El refugio estival: el trance de habitar un sueño
En esta época de canícula, el baño estival en el río se convierte en mi refugio absoluto y en el centro de mi mapa vital. Zambullirme una y otra vez en el fluir de sus aguas es habitar un sueño de ingravidez. Es una vivencia tan profunda, física y sensorial que resulta casi imposible de explicar a quien no conoce la magia, la corriente y el temple de este cauce.
Flotar en la corriente es suspender el tiempo, liberar al cuerpo de sus pesadumbres terrestres y reconciliarse con la naturaleza en su estado más puro. En el agua, la gravedad se atenúa y la mente recupera una paz innegociable.
4. El altar compartido: punto de encuentro con la tribu
Además, la orilla del Segura nunca ha sido para mí un altar solitario; es, por encima de todo, el gran punto de encuentro con los amigos. Con ellos comparto desde hace décadas esta misma pasión indomable por el agua.
En torno a la orilla o bajo la sombra fresca de la arboleda, el río ha sido el escenario de risas, confidencias y una complicidad que no necesita de imposturas ni adornos. Sumergirnos juntos ha sido nuestro ritual estival para celebrar la vida, el afecto y la pertenencia a una misma tribu.
5. El impacto de la ataxia: la física de la piedra y el gesto adaptado
Hoy, sin embargo, la irrupción de la ataxia impone su ley sobre la materia. La pérdida de equilibrio, la inestabilidad en la marcha y la falta de fuerza convierten la aproximación a la orilla en un desafío exigente.
Las piedras resbaladizas y el desnivel del terreno para entrar al agua, que en otros tiempos salvaba con la agilidad de la juventud, son ahora barreras reales que condicionan el movimiento de mi cuerpo. El impacto biológico intenta convencerme de que el río ya no es mi sitio.
6. El andamio del afecto: la suma exponencial ($2+2=5$)
Pero es precisamente ahí donde la matemática fría del sufrimiento (2+2=4) salta por los aires ante el poder del afecto y la sinergia de la tribu (2+2=5). Aunque la ataxia dificulte el gesto y exija mil precauciones, cuento con el andamio indestructible de los míos.
La mano firme que se extiende para darme seguridad, la paciencia de quienes me acompañan marcando el ritmo del descenso y la complicidad de los amigos que velan cada paso hacen posible el milagro. Con su apoyo y su mirada, el temor a la caída se disuelve y vuelvo a sumergirme en el agua.
7. El arte del non finito: fluir en la imperfección
Ser una obra inacabada (non finito) no significa contemplar la corriente desde la barrera del desaliento ni renunciar a lo que da sentido a la existencia. Significa aprender a entrar en el agua de otra manera: adaptando el gesto, aceptando la fragilidad y dejándome sostener por la tribu.
Mientras el Segura siga fluyendo a su paso por mi pueblo y la complicidad de los míos me guarde las espaldas, el baño estival seguirá siendo el centro de mi vida y el fluir de sus aguas continuará cincelando mi alma.




