miércoles, 29 de julio de 2026

El Cincel del Sentido (11): El río que nos cincela

Pasa y acomódate en el taller. En este miércoles de pleno verano, cambiamos la penumbra del estudio por el murmullo vivo del agua. Te invito a acercarnos a la orilla del río Segura a su paso por mi pueblo (Cieza), allí donde la historia colectiva de civilizaciones enteras y la memoria más íntima de mi propia existencia se funden en el mismo cauce.


1. El cauce de la historia: dos cinceles que se encuentran

 

A su paso por esta tierra, el río Segura no ha sido un simple accidente geográfico ni un mero espectador del paisaje; ha sido el auténtico corazón que ha vertebrado durante siglos la vida de las distintas culturas que han habitado sus márgenes. Íberos, romanos, islámicos y pobladores de todas las épocas miraron esta corriente con asombro, respeto y necesidad.

 

Con una sabia e ingeniosa ingeniería hidráulica —levantando azudes, tallando acequias y erigiendo norias—, supieron cincelar su cauce para encauzar la fuerza del agua y lograr el máximo aprovechamiento de sus caudales. Fue una profunda relación de ida y vuelta: el río cincelaba la geografía y la vida de mi pueblo, mientras las distintas generaciones cincelaban el río para transformar la aridez en una huerta esplendorosa.


2. El mapa de una vida: la corriente que atraviesa el alma

 

Pero esta huella milenaria no es solo un vestigio del pasado o un hecho histórico observable en los libros de texto; es una corriente viva que atraviesa y modela mi propia existencia. El río ha cincelado mi alma desde que lo vi por primera vez, cuando apenas tenía ocho años y descubrí con fascinación infantil el misterio de sus aguas.

Desde entonces, mi vida no se comprende sin él. Ha sido el testigo silencioso de mis paseos en los meses fríos para serenar el pensamiento y, sobre todo, el centro de gravedad de todos mis veranos.


3. El refugio estival: el trance de habitar un sueño

 

En esta época de canícula, el baño estival en el río se convierte en mi refugio absoluto y en el centro de mi mapa vital. Zambullirme una y otra vez en el fluir de sus aguas es habitar un sueño de ingravidez. Es una vivencia tan profunda, física y sensorial que resulta casi imposible de explicar a quien no conoce la magia, la corriente y el temple de este cauce.

 

Flotar en la corriente es suspender el tiempo, liberar al cuerpo de sus pesadumbres terrestres y reconciliarse con la naturaleza en su estado más puro. En el agua, la gravedad se atenúa y la mente recupera una paz innegociable.


4. El altar compartido: punto de encuentro con la tribu

 

Además, la orilla del Segura nunca ha sido para mí un altar solitario; es, por encima de todo, el gran punto de encuentro con los amigos. Con ellos comparto desde hace décadas esta misma pasión indomable por el agua.

En torno a la orilla o bajo la sombra fresca de la arboleda, el río ha sido el escenario de risas, confidencias y una complicidad que no necesita de imposturas ni adornos. Sumergirnos juntos ha sido nuestro ritual estival para celebrar la vida, el afecto y la pertenencia a una misma tribu.


5. El impacto de la ataxia: la física de la piedra y el gesto adaptado

 

Hoy, sin embargo, la irrupción de la ataxia impone su ley sobre la materia. La pérdida de equilibrio, la inestabilidad en la marcha y la falta de fuerza convierten la aproximación a la orilla en un desafío exigente.

Las piedras resbaladizas y el desnivel del terreno para entrar al agua, que en otros tiempos salvaba con la agilidad de la juventud, son ahora barreras reales que condicionan el movimiento de mi cuerpo. El impacto biológico intenta convencerme de que el río ya no es mi sitio.


6. El andamio del afecto: la suma exponencial ($2+2=5$)

 

Pero es precisamente ahí donde la matemática fría del sufrimiento (2+2=4) salta por los aires ante el poder del afecto y la sinergia de la tribu (2+2=5). Aunque la ataxia dificulte el gesto y exija mil precauciones, cuento con el andamio indestructible de los míos.

 

La mano firme que se extiende para darme seguridad, la paciencia de quienes me acompañan marcando el ritmo del descenso y la complicidad de los amigos que velan cada paso hacen posible el milagro. Con su apoyo y su mirada, el temor a la caída se disuelve y vuelvo a sumergirme en el agua.


7. El arte del non finito: fluir en la imperfección

 

Ser una obra inacabada (non finito) no significa contemplar la corriente desde la barrera del desaliento ni renunciar a lo que da sentido a la existencia. Significa aprender a entrar en el agua de otra manera: adaptando el gesto, aceptando la fragilidad y dejándome sostener por la tribu.

 

Mientras el Segura siga fluyendo a su paso por mi pueblo y la complicidad de los míos me guarde las espaldas, el baño estival seguirá siendo el centro de mi vida y el fluir de sus aguas continuará cincelando mi alma.


miércoles, 22 de julio de 2026

El Cincel del Sentido (10): el refugio donde brotan las ideas

Pasa y adéntrate en la finca sede de la Fundación Los Álamos; recorre sus senderos con calma en este miércoles y deja fuera las prisas del mundo exterior, porque este espacio va a ser, desde hoy, nuestro taller.

Hoy no te hablo desde la certeza impecable de quien tiene el esquema resuelto antes de romper el alba, sino desde la absoluta honestidad de quien lleva horas sentado frente al bloque de mármol (frente al ordenador) buscando el golpe exacto, con el mazo en la mano y la mente enredada en la duda. Hoy vamos a hablar de una situación tan cotidiana como profunda: la tiranía de la autoexigencia, la parálisis frente a la hoja en blanco y la necesidad vital de encontrar el espacio donde el tiempo se detiene para volver a escucharnos.


I. El seísmo de actualidad: la dictadura de la ocurrencia constante

Vivimos en una cultura hiperconectada e impaciente que exige una productividad brillante y continua. Se supone que siempre debemos tener una idea magistral en la punta de la lengua, un proyecto deslumbrante en marcha o un texto rotundo que entregar al mundo.

 

Esta encrucijada no me ocurre solo a mí hoy por ser mi día de publicación; es una trampa muy habitual en cualquier persona que necesita seleccionar un tema, crear o tomar decisiones en su día a día. Cuando se acumulan los años, las vivencias y el respeto hacia los demás, surge una presión añadida: la negativa rotunda a "escribir por escribir", a rellenar espacio por cumplir o a ofrecer palabras vacías a la tribu de lectores. Sin embargo, esa búsqueda obsesiva del "tema perfecto" paraliza. Conocemos la técnica, tenemos el andamio y la estructura aprendida, pero la mente se queda atascada en el bucle de la exigencia.


II. La Bombilla: la idea ya está dentro (solo falta el entorno)

Si encendemos la luz de la alta dirección cognitiva, la neuropsicología nos recuerda una verdad liberadora: la idea que buscamos no hay que inventarla desde la nada, ya habita dentro de nuestra cabeza. El conocimiento, la experiencia y la vivencia están ahí. Lo que ocurre cuando nos bloqueamos es que saturamos la Red Ejecutiva Central (CEN) y desencadenamos un ruido en la Red Neuronal por Defecto (DMN) que nos impide escuchar nuestro propio pensamiento.

 

Forzar la máquina o golpear la piedra con rabia bajo la presión del reloj solo consigue acrecentar el bloqueo. La estrategia del Artesano consiste en activar el Modo Conservación y comprender que no necesitamos más esfuerzo, sino el espacio adecuado. Necesitamos un entorno de paz donde la turbulencia de la urgencia se pose en el fondo del vaso y vuelva a brotar con naturalidad lo que ya llevamos dentro.


III. El Candil: la dimensión suspendida de la Fundación Los Álamos

El remedio frente a esta parálisis no es el castigo, sino la pausa. Y para mí, ese espacio de paz donde encontrarme conmigo mismo lo descubro directamente al atravesar el portón azul de la finca en la Fundación Los Álamos del Valle de Ricote.

 

Al cruzar ese umbral en mi pueblo, se produce un fenómeno casi mágico: da la sensación inmediata de estar entrando en otra dimensión, un lugar donde el tiempo y el espacio parecen detenerse. El murmullo vertiginoso del mundo exterior se apaga de golpe. Pasear entre los limoneros, sentir el discurrir silencioso de la acequia de la Andelma o sentarse en la placeta bajo la sombra del longevo pino a las puertas de la biblioteca nos devuelve la proporción real de la vida.

 

En este espacio de interpretación de la naturaleza y del patrimonio, la prisa se disuelve. Cuando el entorno te regala esa tranquilidad profunda, te reencuentras contigo mismo; la mirada se aclara, la mente se serena y las ideas, que estaban agazapadas tras el ruido de la exigencia, vuelven a fluir solas. La Fundación Los Álamos es, precisamente, ese refugio con el poder de parar el reloj para que aflore lo auténtico.


IV. Ventana al manual: el Esclavo y el valor de no obsesionarse

Esta lección sobre cómo desarmar la hiper-exigencia y buscar el espacio de paz adecuado forma parte de las conversaciones de nuestro Libro III, «El arte de cincelar la adversidad en la edad adulta».

 

En nuestros paseos por la finca, el Esclavo despertado nos recuerda con serena complicidad que lo esencial es no obsesionarse con la prisa ni con la búsqueda angustiosa de la perfección. El Esclavo nos enseña que la sabiduría del Artesano no está en forzar la piedra cuando está fría, sino en saber retirarse a tiempo a ese refugio de serenidad donde la mente repose y el espíritu recupere la soberanía sobre la materia.


V. Entremos juntos al taller

El andamio está colocado y la humilde luz del candil encendida. Hoy te invito a pasar al taller y a registrar tu propia marca en los comentarios:

  1. ¿En qué momentos la exigencia de la "perfección" o de la idea ideal te ha bloqueado el paso en tus proyectos o en tu día a día?

  2. ¿Cuál es tu "portón azul", ese rincón o espacio especial que tiene el poder de detener el tiempo y ayudarte a reencontrarte contigo mismo cuando las ideas no fluyen?

  3. ¿De qué manera te ayuda tu tribu a recordar que tu valor no depende de tu rendimiento diario, sino de la autenticidad con la que habitas tu vida?

domingo, 19 de julio de 2026

La ceniza de lo irreversible: el legado incombustible de Paquita

Es extremadamente difícil encontrar las palabras exactas cuando el dolor golpea el corazón de los espacios que consideras sagrados. El pasado jueves, la noticia corrió como la pólvora por las calles de mi pueblo: un incendio voraz devoraba la Galería de Arte Efe Serrano. Al ver las imágenes del humo adueñándose de ese imponente caserón del siglo XVIII en pleno casco antiguo de Cieza, a muchos se nos encogió el alma. Pero el verdadero desgarro no solo era arquitectónico ni material. Lo que verdaderamente dolía era saber que las llamas estaban agrediendo el refugio de Paquita y Ricardo, dos personas maravillosas que han dedicado su existencia entera a regalarle belleza, luz y trascendencia a nuestra comunidad. 

 

La mirada de la tribu ante el vacío cultural

Para cualquiera que camine con los ojos abiertos por nuestro casco antiguo, la galería de Paquita nunca fue una simple sala de exposiciones. Fue una trinchera de resistencia cultural, una obra titánica que solo fue posible gracias a la singular, arrolladora y entregada personalidad de Paquita Serrano. En un entorno histórico que a menudo da la impresión de ir languideciendo poco a poco, ese rincón de la calle San Sebastián se mantenía como uno de los pocos lugares de la Cieza de mi memoria donde todavía había luz en abundancia, donde el arte contemporáneo respiraba con naturalidad.


Por eso, el siniestro de esta semana se siente como una catástrofe silenciosa y definitiva. El daño toca la fibra de nuestra identidad colectiva. Cuando un espacio que ha albergado las almas de pintores como José Lucas, Muñoz Barberán o Párraga sufre un golpe así, la tribu entera se estremece. Sentimos un vacío que resulta complejo describir, una pérdida que nos cuestiona directamente.


Nuestra propia responsabilidad: la inacción frente a la urgencia

Es en este punto donde la crónica del dolor debe transformarse en una necesaria autocrítica colectiva. El fuego ha devorado el continente y parte del contenido, pero nosotros, como comunidad e instituciones, hemos sido los responsables colaterales durante años. Sabíamos perfectamente que Paquita, ya jubilada, estaba buscando con desesperación una solución de continuidad. Un proyecto sólido que garantizase el futuro del caserón y de su valioso legado artístico.


Quizás la casa necesitaba una reforma integral, una reestructuración profunda que adaptara sus muros a los nuevos tiempos, pero el corazón que albergaba historias y obras de incalculable valor seguía latiendo con fuerza. Lo verdaderamente lamentable es que entre todos, atrapados en la burocracia, en la desidia o en el simple acto de mirar hacia otro lado, no hayamos sido capaces de ayudar a Paquita a diseñar y ejecutar una solución inteligente de continuidad. De tanto pensar, de tanto aplazar y debatir, el fuego se nos ha adelantado de forma trágica, destruyendo en unas pocas horas sueños acumulados y retazos de nuestra historia común de un valor incalculable.


El recuerdo y el ejemplo: lo que el humo no puede disolver

Resulta de una injusticia poética tremenda que dos personas que lo han dado absolutamente todo por el arte en nuestra región tengan que contemplar el fruto de su esfuerzo empañado por la ceniza. Veintinueve años de trayectoria independiente no merecían un final de esta naturaleza. Sin embargo, aunque la reconstrucción material sea inviable, el fuego comete un error metodológico garrafal cuando intenta medir sus fuerzas contra el espíritu humano.


En la materia y en la física pura, las matemáticas son exactas y predecibles: dos más dos son cuatro y el fuego destruye lo que toca. Pero en el orden de lo espiritual, de lo humano y de la tribu, las reglas cambian por completo. Ante la imposibilidad de levantar de nuevo los muros, nos queda el refugio indestructible del recuerdo de lo que fue y, por encima de todo, el ejemplo imperecedero de Paquita. Ella es y seguirá siendo un personaje singular, un auténtico referente en la historia cultural de Cieza que ninguna llamarada podrá borrar jamás.


Cincelar la adversidad desde la memoria

Paquita Serrano es un referente de los que no abundan; una mujer incansable, labrada en la constancia y con una finura psicológica admirable. Quienes la conocemos sabemos que posee esa capacidad tan maravillosa de cincelar la adversidad en la edad adulta, de transformar el golpe en trascendencia. Ese ánimo inquebrantable que la caracteriza, y que se convirtió en el motor de la galería, sigue intacto detrás de las lógicas lágrimas de estos días.


Aunque el hollín opaque hoy las piedras de la calle San Sebastián, las historias que habitaban en cada escultura y en cada rincón de su amada galería no se han perdido; permanecen suspendidas en la memoria colectiva de Cieza. No habrá muros nuevos, pero el camino que tenéis por delante para restañar las heridas del alma contará siempre con el respeto y la admiración que os habéis ganado a pulso. Vuestro pueblo está firmemente decidido a recordar, cada día, que la luz que encendisteis hace casi tres décadas es un patrimonio inmaterial infinitamente más poderoso y duradero que cualquier incendio.


miércoles, 15 de julio de 2026

El Cincel del Sentido (9): El refugio del Artesano en la canícula

Pasa y acomódate. En este miércoles de julio, cuando el sol en la finca sede de la

Fundación Los Álamos del Valle de Ricote aprieta y el ritmo del mundo exterior parece desvanecerse bajo el calor intenso, nosotros buscamos el frescor de la sombra necesaria. Hoy vamos a hablar de una estrategia vital para esta época: la importancia de saber cuándo retirarse para conservar lo más valioso que tenemos.

 

I. El seísmo de actualidad: la trampa de la hiperactividad estival

Vivimos bajo la presión de que el verano debe ser una explosión de actividad, viajes y ocio frenético. Nos han vendido la idea de que, si no estamos "produciendo" experiencias o consumiendo sol, estamos perdiendo el tiempo. Pero el Artesano, aquel que ya ha aprendido a escuchar la roca, sabe que la canícula exige otro ritmo. Intentar mantener el pulso de la bombilla a pleno sol, cuando el termómetro sube y las fuerzas biológicas flaquean, es una garantía de cortocircuito.

 

II. El Modo Conservación no es pereza

Desde la neurociencia, sabemos que cuando la temperatura asciende y el agotamiento físico se suma al desgaste, nuestra Red Ejecutiva Central (CEN) se satura. El Modo Conservación que practicamos en nuestro manual no es rendición; es una maniobra de alta precisión técnica. Al buscar el refugio, estamos protegiendo nuestra corteza prefrontal, asegurando que la poca energía que nos queda se dirija a lo que realmente da sentido a nuestra existencia.

 

III. La sabiduría de los horarios en la Fundación

En estos días, mi estrategia de trabajo en la finca de la Fundación se ha vuelto un ejercicio de técnica pura. He aprendido que no se puede desafiar al rigor del sol. Mis paseos para obtener ideas con las que convertir el conjunto de la finca en un "Espacio de interpretación de la naturaleza y el patrimonio" se realizan en las horas en que la luz es todavía suave y el aire respira. Y cuando el sol alcanza su cénit y el calor se vuelve impaciente, me retiro a la sombra de un inmenso y longevo pino que preside la placeta, justo a las puertas de la biblioteca.

Este pino es, para mí, el ejemplo vivo de la resiliencia: ha sobrevivido décadas de cambios, sequías y variaciones climáticas, manteniendo su envergadura y ofreciendo su sombra como un "andamio vital" a quien lo necesita. Al igual que el Artesano en la etapa adulta, el pino no desafía al sol con frenesí; permanece, sostiene y da cobijo, enseñándome que la verdadera fuerza no está en la acción incesante, sino en la capacidad de resistir y adaptarse con dignidad. Observar cómo el huerto se aletarga y cómo la acequia sigue su curso silencioso sin prisa es la lección de eficiencia más grande que he recibido. En la madurez, la verdadera valentía no está en desafiar el sol, sino en saber encontrar el frescor bajo la copa del pino. 

IV. Ventana al manual: el diseño del refugio

Este artículo es un golpe de cincel más en nuestro Libro III, titulado «El arte de cincelar la adversidad en la edad adulta». En sus páginas, detallamos cómo la gestión de nuestro entorno físico —la capacidad de crear nuestro propio "refugio"— es una herramienta de resiliencia tan potente como la técnica más compleja. El manual que publicaremos en diciembre es, en esencia, un tratado sobre cómo habitar nuestra propia vida con dignidad, sin importar la estación.

 

V. Una visita ilustre en el horizonte

Mientras sigo cincelando el sentido en estos días de calor, me preparo para una estancia muy especial en la Finca sede de la Fundación Los Álamos del Valle de Ricote. En las próximas semanas, recibiré la visita del "Esclavo Despertado", ese amigo y confidente con el que desarrollo el Diálogo del Espejo que vertebra mi próximo libro. Su estancia de varios días será un momento de trabajo intenso en este espacio de interpretación que estamos construyendo. No se trata solo de escribir, sino de vivir el proceso de cincelado allí donde la naturaleza y el patrimonio nos dictan el ritmo. Os iré contando cómo resuenan sus respuestas en el taller de piedra.

 

VI. Entremos juntos al taller

El andamio está a la sombra. Te invito a dejar tu marca de autor en los comentarios:

  1. ¿Qué "refugio" o hábito de autocuidado has buscado para no dejar que el ritmo frenético del verano sature tu ancho de banda mental?

  2. ¿En qué área de tu vida (salud, relaciones, proyectos) sientes que hoy necesitas "buscar la sombra" para proteger tu energía?

  3. ¿De qué manera te ayuda tu tribu a recordar que, en este tiempo de calor, el descanso también es parte de la obra?

Te leo con el mazo en la mano. Pasemos de la queja aislada a la construcción compartida.


miércoles, 8 de julio de 2026

El Cincel del Sentido (8): cuando el saber es sólido pero las fuerzas flaquean


Pasa y acomódate en el taller. Este artículo es una muesca más en la tarea que compartimos cada semana y que va dando forma al Libro III de nuestra trilogía, «El arte de cincelar la adversidad en la edad adulta». Cruza el umbral con calma, porque hoy vamos a hablar sin adornos de la reality del taller: de lo que ocurre cuando el conocimiento es sólido, pero las fuerzas o la memoria empiezan a flaquear.

 

I. El seísmo de actualidad: la trampa de la lucidez imperturbable

Vivimos en una cultura obsesionada con los superhéroes de manual. Se nos vende una resiliencia de plástico, una especie de optimismo ciego que exige que, ante la enfermedad o el paso de los años, el individuo permanezca siempre fuerte, lúcido e inmutable. Pareciera que admitir el cansancio o un fallo en la memoria de trabajo fuera una rendición o un defecto de carácter.

 

El verdadero peligro de esta exigencia es que genera una culpa silenciosa. El operario se mira al espejo y descubre una distancia incómoda: la brecha real entre lo que su mente sabe y lo que su cuerpo puede ejecutar. Intentar disimular esa grieta solo consume el valioso y limitado ancho de banda que nos queda. En la madurez, la autoridad de nuestra historia no nace de una perfección fingida, sino de la debilidad compartida y del coraje de mantener la mirada fija sobre la roca, aceptando el límite de la piedra.

 

II. La Bombilla: ¿Qué significa realmente nuestro "ancho de banda"?

Para entender cómo optimizar nuestras fuerzas, encendamos la bombilla de la alta dirección cognitiva. Cuando en psicología hablamos del "limitado ancho de banda que nos queda", no estamos usando una simple metáfora tecnológica; nos referimos a una realidad neurobiológica muy humana. Nuestra memoria de trabajo —el procesador central en la corteza prefrontal— funciona exactamente como la mesa de trabajo de un taller. Es un espacio con límites físicos muy estrictos donde solo cabe un número limitado de herramientas y materiales a la vez.

 

Cuando eres joven, esa mesa parece infinita. Sin embargo, al irrumpir la adversidad fáctica —el desgaste, la fatiga periférica o los síntomas de la Ataxia SCA36—, la biología "secuestra" una gran parte de esa superficie. De manera automática, el dolor de hombros, la incertidumbre o el esfuerzo consciente para no perder el equilibrio se colocan en mitad de la mesa, ocupando espacio y consumiendo energía de fondo.

 

Si en ese momento intentas forzar el sistema para mantener el ritmo de antes, la mesa se satura. Aparece la neblina atencional, el olvido y el agotamiento extremo. El ancho de banda restante —el espacio libre que te queda para escribir, pensar, amar y crear— es un tesoro escaso. No podemos ensanchar la mesa a la fuerza, pero el Modelo Psicológico de la Adversidad (MPA) nos enseña que sí tenemos la soberanía absoluta de elegir qué dejamos entrar en ese espacio y qué descartamos por completo.

 

III. El Cincel: la estrategia del Modo Conservación

Reconocer este límite no es una derrota, sino un acto de alta estrategia ejecutiva. Por eso, cuando el sistema avisa de que el ancho de banda está al mínimo, el Artesano activa el Modo Conservación Prefrontal. Consiste en vaciar la mesa de todo lo secundario. Simplificamos variables, nos concentramos exclusivamente en micro-objetivos fragmentados de baja densidad cognitiva y asumimos el pulso de un cincel tembloroso. El saber no detiene el desgaste orgánico, pero nos otorga el chasis para decidir cómo dosificar la energía en la trinchera diaria.


IV. El Candil: la economía de energía en mi pueblo

Esta lección de alta precisión técnica la voy madurando en mi pueblo, Cieza, durante mis paseos por la finca de la Fundación Los Álamos. Allí, cuando siento la fragilidad de mi equilibrio, observo la naturaleza que rodea este rincón del valle. El fluir continuo y silencioso de la Andelma, la acequia circundante, nos enseña a no gastar energía en batallas inútiles contra las estaciones o las sequías; todo se adapta aquí con una sabiduría serena. Lo compruebo en los jóvenes limoneros de la finca, que concentran su empuje limpio, con savia nueva, buscando la luz y abriendo caminos de vida a pesar del rigor del entorno.

 

 En el taller de la madurez, nos aplicamos esa misma ley de eficiencia: descartamos el 80% de las batallas triviales y del ruido social para concentrar el 20% de nuestra energía restante en lo que verdaderamente perdura: tu legado, tu paz y el afecto de los tuyos. Frente al determinismo frío de la materia (2+2=4), el espíritu humano introduce un superávit milagroso: cuando dejamos de luchar contra lo inmutable y nos apoyamos en la tribu, la fría matemática se rompe y la suma se vuelve exponencial e impredecible (2+2=5).

 

V. Ventana al manual: la retícula del control

Este artículo es un paso más en el labrado del Libro III. En las páginas de «El arte de cincelar la adversidad en la edad adulta» (que verá la luz este diciembre de 2026), desglosamos detalladamente la infografía del Mapa del Control.

 

Allí enseñamos a separar con precisión quirúrgica el círculo externo de la preocupación ingobernable (la secuencia fija del genoma o el avance del desgaste biológico) del círculo interno de la influencia gobernable (nuestra actitud prefrontal y las conductas compensatorias). El manual está diseñado con esta misma pedagogía explicativa para aliviar tu memoria de trabajo mientras esculpimos juntos el legado final.

 

VI. Entremos juntos al taller

El andamio está colocado y la humilde llama del candil encendida. Te invito a dejar el rol de mero espectador y a registrar en los comentarios tus propias marcas de autor:

  • ¿Cómo experimentas tu "ancho de banda" hoy? ¿Sientes que las preocupaciones de la biología o el entorno están ocupando demasiado espacio en tu mesa de trabajo?

  • ¿Qué batalla trivial o expectativa externa vas a soltar hoy para liberar espacio en tu corteza prefrontal?

  • ¿De qué manera el andamio de tu tribu te ayuda a recordar que la imperfección de la piedra es, simplemente, la huella del tiempo vivido?

 

Te leo con atención en los comentarios. Pasemos de la queja aislada a la construcción compartida.


jueves, 2 de julio de 2026

Cincuenta años de psicología en la UMU: la ciencia que consolidó una facultad, la sinergia que cinceló mi alma

Medio siglo de historia y memoria

Ayer las paredes del acto institucional hablaban de medio siglo de historia. Se conmemoraban cincuenta años desde que los estudios de psicología plantaron sus raíces en la Universidad de Murcia, un hito que la comunidad académica celebra legítimamente desde la perspectiva de la excelencia y la consolidación. Sin embargo, para quienes dejamos el corazón en sus aulas y laboratorios, la lectura de esta efeméride no se mide solo en anuarios ni en planes de estudio; se mide en huellas vitales. 

 

Ayer comprendí, con más fuerza que nunca, que la historia de esta disciplina en la universidad pública es, de manera indisoluble, la historia de mi propia vida.

Nuestra identidad se prefigura en los primeros años de la infancia, allí donde se asientan los cimientos de lo que somos. Pero el mapa definitivo de mi esencia, el cincelado de mi alma madura y mi forma de entender el mundo, se lo debo en gran medida a este viaje de cincuenta años en la Universidad de Murcia.

Los orígenes: un camino de retos y pasión

Los comienzos no fueron sencillos. Recordar los primeros laboratorios y aquellas aulas iniciales es evocar una época de desafíos, de caminos por abrir y de una bendita incertidumbre. Para mí fue duro, pero también lo fue para quienes estaban al otro lado de la tarima. La ciencia psicológica buscaba su espacio con tenacidad y rigor. ¿Cómo lo superamos? No fue mediante una fría planificación matemática, sino a través de la pasión indomable que poníamos en el día a día. Una sinergia perfecta: ellos como profesores, entregando su vocación incipiente, y nosotros como alumnos, absorbiendo el conocimiento con un hambre voraz.

Gratitud infinita hacia mis MAESTROS

Ayer el tiempo se detuvo en un instante que justifica toda una carrera. Tuve la fortuna inmensa de abrazar a mis cuatro maestros, cuatro profesores de aquella primera promoción que, afortunadamente, siguen aquí, al pie del cañón. No necesito invocar sus nombres en estas líneas; ellos saben perfectamente que habitan en mi corazón. Son mis referentes, mis guías y, por encima de todo, mis amigos. Vernos y fundirnos en ese abrazo fue constatar que la pasión de los inicios sigue intacta, grabada a fuego en nuestra memoria biográfica.

El reencuentro: cuando el tiempo se detiene

Pero la emoción de ayer no se limitó a la sagrada gratitud hacia los mentores. Hubo un territorio de una ternura indescriptible: el reencuentro con mis compañeros de aquella primera promoción. Al fundirme en un abrazo con ellos, experimenté la maravillosa sensación de que el tiempo, ese implacable escultor de arrugas y canas, se había detenido por completo. 

 

Éramos, de nuevo, los jóvenes audaces que estrenaban una carrera. Volver a mirar a los ojos a las personas con las que compartí el inicio absoluto de todo, los debates apasionados, las dudas compartidas y la ilusión desbordante de la juventud, fue un bálsamo para el espíritu. Compartir el origen crea un lazo invisible que ninguna ausencia, por prolongada que sea, es capaz de romper.

Amistades que trascienden el tiempo

Y es que, a lo largo de este medio siglo, la facultad no solo fue un espacio de transmisión de conocimiento, sino el crisol donde se forjaron mis afectos más sólidos. Ayer también abracé a aquellos compañeros que, al calor del día a día, del trabajo compartido y de las vivencias compartidas año tras año, se transformaron en mis amigos entrañables. Son esas amistades personales nacidas al amparo de la psicología que todavía hoy siguen estando ahí, firmes, si cabe con más fuerza y lucidez que nunca. El paso del tiempo ha actuado como un tamiz que ha decantado lo auténtico, demostrando que los vínculos basados en la admiración mutua y el afecto sincero resisten cualquier embate.

 

Este reencuentro con la tribu de iguales se expandió al evocar de forma especial a ese grupo de amigos inolvidables con los que compartí piso, confidencias y proyectos en aquellos años fundacionales. Fue la confirmación de que en lo humano, a diferencia de la materia inanimada, el afecto y la sinergia no responden a un determinismo matemático. La distancia cronológica no debilita los vínculos cuando estos se han forjado en la autenticidad del descubrimiento compartido; al contrario, hace que el reencuentro sume de forma exponencial en el corazón.

Un legado de vida y compromiso

Hoy miro la actual Facultad de Psicología y Logopedia y siento un orgullo que me inunda el pecho. He entregado a la universidad pública lo mejor de mi vida, mis años de mayor energía, mi capacidad de estudio y mi compromiso docente. Y ella, en un acto de generosidad recíproca, me lo ha devuelto multiplicado. Me ha dado una profesión que amo, una estructura mental rigurosa para analizar la realidad y, sobre todo, una comunidad de seres extraordinarios.


Los estudios de psicología en la Región de Murcia han alcanzado su madurez formal y académica; mi alma, en perfecta sincronía, se ha terminado de esculpir en sus pasillos. No puedo más que dar gracias por haber sido, de manera activa y apasionada, parte de este medio siglo de historia viva.