miércoles, 11 de marzo de 2026

“Don Prevenido” y los sobrenombres en el Mogente del candil

La memoria de un pueblo no reside únicamente en sus piedras, en sus libros de registro o en sus monumentos. La auténtica alma, la que vibra con la vida cotidiana y la historia menuda, se esconde en una red invisible de palabras: los sobrenombres o apodos.


En el Mogente de los años cincuenta, estos motes eran una partitura social, un código de barras humano que identificaba y narraba el linaje y el carácter de cada familia. No era un dato frío; era un estallido de creatividad popular, una síntesis biográfica forjada en el crisol del día a día, mucho más potente y poética que el propio apellido. Eran la crónica oral de la herencia que se tejía con el hilo de la tradición.

Los sobrenombres 

En la penumbra de las casas iluminadas por el candil, donde la voz era la principal portadora de noticias, el sobrenombre era una necesidad funcional y, a la vez, una obra de arte. En un pueblo donde los nombres de pila se repetían por tradición (José, Antonio, María...), el apodo era el cincel de la distinción. Permitía a la tribu identificar de forma rápida si se hablaba del José carpintero, del José de El Moliner, o del José que era conocido como El Parret.


Pero su función iba mucho más allá de la logística social. Estos apodos son la manifestación más bella de la sinergia colectiva. Eran la prueba de que el individuo no existía sin el grupo. El nombre formal lo daba el registro; el apodo, la comunidad. El sobrenombre era la rúbrica que el colectivo ponía a la identidad de un vecino, y se heredaba con un orgullo silente, funcionando como un hilo conductor que cosía generaciones.


De hecho, en el seno de nuestra propia historia, mi familia paterna era conocida por todos como "els Navalons" y la materna como "los cambredoners". Estos motes actuaban como el verdadero apellido comunitario, el que definía nuestro origen y nuestro lugar en el entramado social de Mogente.


La lección de «Don Prevenido»: la rúbrica inevitable de la tribu

El apodo en Mogente no era una sugerencia; era la sentencia inapelable del colectivo. Este fenómeno no puede entenderse sin la lección que mi padre solía contar sobre un forastero, una historia que encapsula el triunfo de la tribu sobre el individualismo, una anécdota que recojo en mi relato Del candil a la bombilla:Un forastero llegó al pueblo. Alguien le advirtió que tuviera cuidado, pues en Mogente todos eran conocidos por sus apodos. El hombre, creyéndose muy prevenido, respondió que a él nadie le iba a poner un mote, pues él era un hombre muy prevenido. Desde aquel día, y muy a su pesar, fue conocido en el pueblo como «Don Prevenido».


Esta historia es la prueba empírica, la evidencia narrativa, de la tesis de la sinergia humana (2+2=5). Nos enseña que, en el universo del ser humano, la voluntad individual que se resiste al colectivo es absorbida por el ingenio de la comunidad. El apodo era la libertad de actitud ejercida por la tribu, un golpe de cincel que revelaba que la identidad plena solo se alcanza cuando el individuo es reconocido y nombrado por el lugar al que pertenece. Al "Don Prevenido" no se le impuso un nombre; se le reveló una identidad colectiva.


El andamio de la psicología: neurociencia de la pertenencia

Desde la perspectiva de la psicología social, este fenómeno es un andamiaje inigualable para la identidad colectiva. El apodo no es un juicio, sino una descripción esencializada que vincula a la persona con el relato del pueblo. El conocimiento científico sirve aquí como el soporte que valida la sabiduría de la tradición:

  • Economía cognitiva (neurociencia): el cerebro humano adora los atajos. Un apodo es un "marcador somático" que agrupa en una sola palabra el linaje, el oficio y la anécdota vital. Esto facilita el reconocimiento social rápido y reduce la incertidumbre, reforzando el sentimiento de pertenencia, algo esencial para la supervivencia emocional en un entorno de carencias.

  • Sentido de pertenencia (psicología social): al recibir un mote familiar (Los Carlets, El Tío Ceba, Carlampio), el individuo es inmediatamente insertado en una narrativa histórica que le otorga un lugar inconfundible en la comunidad. Esto reduce la sensación de aislamiento y fortalece el sentido de Orgullo de Origen.

  • Memoria colectiva (legado): el apodo actúa como una cápsula del tiempo. Al nombrar a El Rocho, se invocaba no solo al individuo, sino a una anécdota, a una profesión, o a un rasgo de carácter que definía a su estirpe. Era una forma de mantener viva la memoria de los antepasados y de transmitir la lección de sus vidas, de forma sutil, a las nuevas generaciones.

La psicología nos enseña que el ser humano necesita narrarse. En el Mogente de mi infancia, la comunidad se encargaba de narrar la herencia a través de esta economía del lenguaje. La voluntad del escultor individual se veía así reforzada por la autoridad del relato colectivo.

La dignidad del retrato y el Non Finito Social

A menudo, los sobrenombres nacían de un rasgo físico, de un suceso singular, o incluso de una manía. Si fuesen vistos con la óptica moderna, muchos podrían considerarse peyorativos. Sin embargo, en el contexto de aquella época, operaban bajo un pacto de sinceridad radical. Eran un retrato sin filtros, pero pintado con el pincel del afecto, la aceptación y la plena conciencia de la imperfección.


El apodo era la aceptación de la veta del mármol social. Era la demostración de que la belleza de la comunidad reside en su obra inacabada (Non Finito), y no en una uniformidad artificial. Al aceptar y usar el apodo, el vecino honraba la dignidad de su retrato tal como había sido esculpido por el tiempo y la opinión de su tribu.


No obstante, esta dinámica no estaba exenta de tensiones. Es vital recordar que, si bien una familia podía ser universalmente conocida por un mote, a veces el aludido no se sentía cómodo con él y manifestaba su deseo de que no se utilizara. En estos casos, la comunidad demostraba la verdadera altura de su Sentido Comunitario: todos conocían el apodo, pero nadie se atrevía a usarlo en presencia del afectado.


Este comportamiento es la prueba de la madurez de aquella sociedad: el apodo existía como un dato histórico y de linaje, como un hecho social ineludible, pero la cortesía y el respeto por la dignidad individual prevalecían sobre la burla. La tribu hacía valer su derecho a nombrar, pero ejercía su responsabilidad de honrar al nombrado. Era la prueba de que, incluso en la intimidad de un pueblo, el derecho a la libertad individual era una regla no escrita, pero sagrada, un fenómeno que se repite en colectividades pequeñas hasta hoy.


Conclusión: el Cincel que golpea el sentido


La herencia de los apodos es la demostración palpable de que la vida en comunidad era una obra de reciprocidad y conciencia plena. Era un sistema que, sin proponérselo, aplicaba la logoterapia: te obligaba a encontrar tu Sentido en el contexto de un relato mayor, aceptando la propia historia sin autoengaño.


Hoy, que vivimos en un mundo de identidades líquidas y donde la voz individual grita para ser validada en el vacío digital, los apodos de Mogente nos recuerdan una lección vital: la persona solo alcanza su máxima potencia cuando su identidad está anclada en una Herencia firme.


Esta tradición es el rechazo al determinismo matemático ($1+1=2$). En Mogente, un apellido era una suma, pero un apodo es una potencia exponencial de historias, afectos y vivencias. Al recordar a El Rallat, La Pantorrilla, o al mismo «Don Prevenido», no hacemos nostalgia; estamos defendiendo nuestra propia existencia y honrando la verdad de que el pasado no es una carga, sino el cimiento sobre el cual el cincel del compromiso diario construye la libertad de nuestro presente.
 

Nota: "Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidadhttps://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad. 

sábado, 7 de marzo de 2026

El Cerebro no se jubila: una rebelión desde el corazón de Siyâsa


El pasado jueves, las paredes del Museo Siyâsa en mi pueblo, Cieza, fueron testigos de algo más que una lección de neurociencia. Salvador Martínez Pérez, con la autoridad que dan décadas de estudio y la cercanía del que sabe que el conocimiento es para la vida, puso sobre la mesa una verdad que sacudió mis cimientos: el cerebro no se apaga con los años por ley biológica, sino que responde a la falta de retos.

Esta revelación fue posible gracias a la impecable organización del Foro por el Pensamiento y el Diálogo. Quiero expresar mi más profunda gratitud al Foro por promover actividades de esta naturaleza, que no solo nos instruyen, sino que nos dotan de herramientas críticas para enfrentar el paso del tiempo con dignidad. Es en estos espacios de encuentro donde la comunidad se fortalece y se generan las sinergias que nos permiten avanzar.

Escuchar a Salvador fue, para mí, como ver el "candil" de mis convicciones personales convertirse en una "bombilla" de alta potencia avalada por datos científicos. La idea central es demoledora y esperanzadora a partes iguales: el deterioro cognitivo es, en gran medida, una renuncia anticipada.

La Trampa del "Agente Jubilador"

Durante la charla —momento que capturé con mi cámara y que ilustra estas palabras— quedó claro que el entorno actúa a menudo como un agente jubilador silencioso. La sociedad, cargada de prejuicios sobre la edad o la diversidad funcional, deja de exigirnos, de darnos responsabilidades y de proponernos desafíos.

Y el cerebro, que es la máquina de adaptación más perfecta que existe, simplemente obedece. Como un músculo que se atrofia por falta de uso, si no se le pide nada, se reorganiza para la inactividad. Es la profecía autocumplida del declive que debemos combatir.

Sinergia contra determinismo: el "2 + 2 = 5"

Aquí es donde entra mi convicción profunda, reforzada por la ciencia: existe una interacción dinámica entre nuestra biología y nuestra voluntad. No somos víctimas pasivas de nuestro DNI biológico ni de un diagnóstico como la ataxia SCA36. Si el entorno intenta apagarnos, nuestra respuesta activa —esa voluntad de seguir aprendiendo y de marcarnos retos que podemos cumplir— obliga a nuestras neuronas a seguir tejiendo redes de resistencia.

Siempre he rechazado el determinismo matemático en lo humano. Mientras que en la materia pura 2 + 2 son 4, en el espíritu y en la Tribu, la sinergia y el afecto hacen que la suma sea siempre exponencial. Un cerebro conectado, que se siente útil y valorado por entidades como el Foro y por sus propios vecinos, es un cerebro que se resiste a la jubilación biológica.

El Elixir: un compromiso con la curiosidad

Salí del museo con una certeza renovada: debemos abandonar los prejuicios sociales. Los retos que nos marcamos deben ser posibles, sí, pero deben seguir siendo retos. No se trata de "forzar la mente" de forma agónica, sino de alimentarla con la curiosidad de quien sabe que su viaje no ha terminado.

Mi salud, mi memoria y mi capacidad de seguir siendo yo mismo dependen de esa danza constante con el entorno. La ataxia puede ser la veta dura del mármol, pero gracias a encuentros como este, mi cincel está más afilado que nunca.

No voy a permitir que el entorno decida por mí cuándo empieza el invierno.

Este artículo se fundamenta en mi segundo relato: 'Vivir con ataxia: el alma cincelada' (https://amzn.to/3V7J2lb). A través de la Doble Perspectiva (ciencia y experiencia), ilustro cómo la adversidad es el proceso del Non Finito, donde el Escultor utiliza la voluntad y el Andamio de su tribu para alcanzar la Plenitud.


 


miércoles, 4 de marzo de 2026

El zumbido de las abejas: un legado de Mogente a Cieza

De forma similar a como lo hicieron las grandes civilizaciones y pueblos a lo largo de la historia, la apicultura en el Mogente de los años cincuenta era mucho más que una tarea del campo; era una forma de entender el mundo y de convivir con el ecosistema. Mi abuelo José Ramón encontró en las colmenas ese vínculo espiritual y nutritivo que ha unido al ser humano con la abeja desde tiempos inmemoriales. En tiempos de escasez, ellas fueron un apoyo esencial para la economía familiar, pero, por encima de todo, nos dejaron una lección de constancia que se convirtió en el sello de nuestra familia.

El candil: sombras, burros y pasión heredada

Para un agricultor de aquella época, las abejas eran las "trabajadoras silenciosas". Mi abuelo supo transmitir a sus hijos ese respeto por el cuidado de lo vivo. De hecho, cuando él no podía acudir al monte, eran sus hijos quienes asumían el relevo con orgullo. No era una obligación impuesta, sino una responsabilidad compartida que mi padre, Conrado, convirtió en su gran pasión.

Ese vínculo fue tan fuerte que mi padre lo trajo consigo hasta Cieza, manteniendo sus colmenas activas y cuidadas con el mismo esmero hasta el día de su jubilación. Aquel método basado en el respeto nos enseñó que el éxito requiere movimiento y adaptación. En aquellos tiempos, la búsqueda de los parajes más favorables se hacía transportando las colmenas en burros durante la noche, aprovechando el fresco y el descanso de las abejas para que el traslado fuera seguro. Era un trabajo de sombras y paciencia, moviendo la base de la vida cuando el entorno lo exigía.

La bombilla: la "inmunidad" como filosofía de vida

Desde la psicología actual, la forma en que mi padre trabajaba las colmenas es una lección magistral de fortaleza mental. Su seguridad era asombrosa: solía usar solo la careta, sin guantes, haciendo humo con romero del monte para distraerlas y aceptando las picaduras no como un problema, sino como "salud".

Hoy la ciencia nos explica que el no tener miedo reduce la respuesta de estrés (cortisol), lo que permite actuar con una calma que las abejas perciben y respetan. Esa actitud es la metáfora perfecta de la resiliencia: no se trata de evitar la dificultad a toda costa, sino de transformarla en fortaleza. Es entender que la "picadura" de la vida, si se asume con naturalidad, se convierte en la vacuna del alma que nos fortalece ante cualquier adversidad.

El grito de alerta: del zumbido al silencio

Sin embargo, hoy asistimos a una realidad dolorosa: el Colapso de las Colonias. Estamos ante una "tormenta perfecta" donde las abejas desaparecen por múltiples causas:

  • Plaguicidas y herbicidas: venenos invisibles (como los neonicotinoides) que las desorientan y las condenan.

  • Cambio Climático: que rompe la sinergia de los ciclos de floración.

  • Pérdida de hábitat: monocultivos que eliminan la biodiversidad necesaria para su dieta.

  • Especies invasoras: como la avispa velutina, que depreda sus hogares.

Las consecuencias son incalculables. No es solo perder la miel pura y sin tratamientos que extraía mi padre; es que un tercio de nuestra alimentación depende de ellas. Sin polinización, la seguridad alimentaria y la biodiversidad se colapsarían. Lo que en Mogente era un equilibrio natural, hoy es una lucha desesperada por la supervivencia.

Conclusión: un compromiso con la Tribu

La apicultura ha sido la "compañera fiel" de nuestra familia porque nos enseñó a vivir en armonía con lo que nos rodea. Lo más especial era ver la limpieza de la miel extraída directamente de los panales; esa pureza era la metáfora de un tiempo sin artificios.

Recordar el trabajo de José Ramón y la pasión de mi padre es hoy un acto de resistencia. Proteger a las abejas no es nostalgia; es defender nuestra propia existencia y honrar la libertad con la que elegimos nuestro propósito. Porque el mejor néctar de la vida siempre exige respeto por el proceso.


 

sábado, 28 de febrero de 2026

APENCI: la respuesta exponencial de un pueblo a la fragilidad

Cieza: la prueba del cincel comunitario y el apoyo mutuo.


La vida es el arte de la escultura de uno mismo, y esa obra nunca se termina en soledad. El pasado jueves, Cieza nos ofreció un acto de reafirmación colectiva que es la prueba más hermosa y contundente de esta verdad fundamental. Asistí a la presentación de APENCI (Asociación de Parkinson y Enfermedades Neurodegenerativas de Cieza) y me quedé asombrado.


Aquello no fue una simple reunión; fue una marea de compromiso personal y apoyo institucional que desbordó la sala. La asistencia masiva no es un reflejo de la suerte o la casualidad, sino del acto noético gestado por un grupo de personas que, con su propia dificultad, eligieron crear un andamio para los demás. Esta es la Libertad de Actitud hecha carne. Es un cincel comunitario que golpea el mármol de la indiferencia para sacar a la luz la figura del apoyo mutuo. Porque en esta tierra, como en el espíritu humano, dos más dos siempre pueden ser más de cuatro.


APENCI: el andamio de esperanza y soporte especializado en el propio pueblo.


La asociación nace de la voluntad de unos vecinos que se niegan a aceptar la carencia de soporte como un destino. Su primer y más rotundo logro ha sido visibilizar la enfermedad, sacándola del ámbito privado y rompiendo el estigma del aislamiento que a menudo acompaña a un diagnóstico neurodegenerativo.


El propósito es claro. Como enfatizó su presidenta, Loli Giménez, APENCI no solo es un soporte técnico, sino una llamada a la unión, un lugar donde encontrar una comunidad que hable tu mismo lenguaje y que ofrezca la comprensión que el paciente y el "cuidador quemado" necesitan. Su objetivo es ir más allá del tratamiento farmacológico y ofrecer el Andamio de la Vida Diaria con fisioterapia especializada, logopedia y estimulación cognitiva. Es decir, están construyendo la otra pata de la mesa de la rehabilitación.


Y en esta crónica no puedo ser un observador distante. Como persona afectada por una enfermedad neurodegenerativa como la ataxia, la creación de APENCI no es solo una noticia, sino una gran esperanza activa. Ya no tendré que pensar en buscar un grupo humano especializado en Murcia o en otras partes de la geografía. Por suerte, aquí en mi pueblo, encuentro el apoyo humano que da el coraje de la tribu y el soporte técnico y especializado que necesito para seguir cincelando mi día a día.


La verdad de los afectados, sus testimonios ("hay vida más allá del diagnóstico"), es lo que rompe la inercia. La respuesta masiva es la certeza de que este proyecto es el hito que permitirá a la tribu hallar en Cieza la atención y la esperanza que antes debían buscar fuera.


La voluntad que guía la sinergia: reciprocidad y multiplicación de posibilidades.


El éxito de la convocatoria no es casual; es la prueba de una Voluntad que Guía la Sinergia. Como psicólogo, observo en este fenómeno la demostración empírica de que el espíritu humano rechaza el determinismo frío de la enfermedad. El grupo promotor ha ejercido la Arquitectura Consciente del Propósito, que es la capacidad de convertir los recursos individuales en una fuerza colectiva.


Esta sinergia no es magia, sino el resultado de movilizar los recursos no materiales. La interacción humana no es una suma, es una multiplicación de posibilidades:

  • Compromiso emocional (el cincel de Luz): es la energía voluntaria de las familias que transforman su miedo y rabia en un motor activo para crear una red de seguridad.

  • Talento y conocimiento (el rigor): los profesionales explican que la rehabilitación física y la vida social activa son un apoyo esencial. Es la ciencia y el conocimiento puestos como Andamiaje de validación al mensaje humano.

  • Capital social (la tribu): la iniciativa forza la colaboración de las autoridades locales y moviliza a la sociedad. Es la prueba de que el apoyo mutuo genera una resiliencia que permite a la asociación superar obstáculos que serían insalvables para un individuo solo.

APENCI, con su puesta en valor de la reciprocidad y la deuda activa, ha sabido conectar todos estos recursos individuales de tal forma que el resultado es exponencial. No son un número de socios; son un organismo vivo con capacidad de transformación social.


La Esperanza no es un sueño: es el acto de la tribu que crea andamios de sentido.


La lección que Cieza nos ha dado esta semana es clara: la fragilidad no es un final, sino el punto de partida para la creación de un nuevo valor. APENCI es el andamio de sentido, levantado con el cemento del compromiso y el cincel de la voluntad. Es la prueba viva de que la esperanza no es un sueño, sino el acto de la Tribu unida.


Este artículo se fundamenta en mi segundo relato autobiográfico: 'Vivir con ataxia: el alma cincelada'. En él, exploro la filosofía del Non Finito, la resiliencia y el contexto del Andamio Social de Cieza.