Ayer, mientras me sentaba a la mesa en la Biblioteca Padre Salmerón de Cieza, sentí una satisfacción que trascendía lo personal. Fuera, el cielo amenazaba lluvia y las calles daban la batalla diaria contra la falta de aparcamiento. Sin embargo, al levantar la vista, me encontré con una sala absolutamente llena. Y lo que fue más significativo: no faltó ni uno solo de los integrantes de la mesa, a pesar de que algunos de ellos venían de otros puntos de la región. Este acto, organizado por el , Foro por el Pensamiento y el Diálogo en colaboración con la Fundación Los Álamos del Valle de Ricote, fue desde su inicio un mensaje rotundo de compromiso.
El Impacto de lo Inesperado
La adversidad siempre llega por sorpresa. Nadie la espera, y mucho menos creemos, ni por asomo, que nos pueda pasar a nosotros. Vivimos con la falsa seguridad de la invulnerabilidad hasta que, de repente, la noticia actúa como un auténtico mazazo vital. Ese golpe seco nos deja desorientados, rompiendo nuestros esquemas y obligándonos a enfrentarnos a una realidad que nunca habríamos elegido y que no creíamos posible para nosotros.
Aceptar ese diagnóstico es un proceso largo, duro y profundamente humano por el que todos tenemos que pasar. En la mesa defendimos que el silencio inicial es éticamente legítimo y respetable. Sin embargo, también compartimos la convicción de que, tras ese primer impacto, pasar del dolor mudo al relato con sentido es una herramienta de salud pública. Ponerle nombre a la adversidad es lo que nos permite empezar a reconstruirnos.
Un lujo de testimonios vitalistas
Participar como ponente en este encuentro fue un lujo absoluto. Escuchar a mis compañeros de mesa y ver cómo, a pesar de la dureza de sus historias, el mensaje era de un vitalismo arrollador, resultó reconfortante. Sentir la ovación cerrada del público tras cada intervención nos confirmó una sintonía especial: la complicidad de quien se sabe parte de una misma realidad.
La adversidad tiene el poder de transformar la personalidad individual. No se trata solo de añadir profundidad a la existencia, sino de dar sentido a la vida. El desafío nos obliga a valorar cada detalle de una forma diferente, creando una personalidad nueva que sabe distinguir lo esencial de lo accesorio. Mi convicción es que, al verbalizar nuestra historia en un relato, logramos ser plenamente conscientes de quiénes somos precisamente gracias a ese camino.
La red que nos sostiene
Nadie sale de ese "mazazo vital" solo. En la mesa pusimos en valor el papel capital de asociaciones como APENCI y la AECC, que son el apoyo imprescindible para romper el aislamiento. Al compartir la adversidad, nos damos cuenta de que no somos los únicos y ganamos perspectiva; incluso descubrimos que hay situaciones mucho más graves que la nuestra, lo que nos ayuda a recalibrar nuestro propio peso.
En este contexto, valoramos también muy positivamente la respuesta del sistema de Seguridad Social como garante de nuestros derechos. Creo que nuestra sociedad ha dado un paso de gigante; hay un cambio de mentalidad colectiva basado en la solidaridad, la integración plena y el respeto por las diferencias individuales.
De la pena a la admiración
Al terminar el acto, no se respiraba pena, sino una profunda admiración por el paso dado por cada ponente. Los relatos personales, al hacerse visibles, se convirtieron en referentes de cómo afrontar lo difícil. La intervención final de los técnicos de APENCI y de AECC fue, sin duda, el broche de oro que cerró el acto, aportando la visión técnica y humana necesaria para completar el círculo.
A quienes no pudisteis estar en la Biblioteca, os diría que la vida es dura y el golpe del diagnóstico es amargo, pero nuestra actitud es determinante. Al compartirlo, el dolor deja de ser un lastre y se convierte en un activo de esperanza para toda la comunidad.







