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domingo, 12 de abril de 2026

Entre Mogente y Cieza: el reencuentro de mis dos mundos

 I. El Mirador del Buen Suceso: La belleza en su conjunto

Hay momentos que funcionan como un espejo de alta definición. Recientemente, el equipo de "Xino Xano Ibèric" (À Punt) plantó sus cámaras en el mirador del Santuario de la Virgen del Buen Suceso. Considero que este enclave es la llave maestra para entender Cieza: desde allí, la belleza se despliega en su conjunto, ofreciendo una panorámica donde la piedra, la historia y el verdor de la huerta se funden en un solo abrazo. Desde esa atalaya, mientras la luz bañaba el valle, sentí que las piezas de mi puzle vital encajaban con una precisión asombrosa.

En el vídeo también participa mi paisano José Eduardo, otro valenciano que, como yo, decidió hace años que su vida encontraría su mejor cauce aquí. Es un orgullo ver cómo ambos, desde nuestras respectivas vivencias, actuamos como anfitriones de esta tierra. Ver a mi pueblo proyectado hacia las pantallas de mi Valencia natal desde ese balcón privilegiado ha sido un ejercicio de gratitud profunda.


 

II. El Agua: Un contraste de caudales y una misma huerta

Observar el discurrir del río Segura desde la orilla es, para mí, un reencuentro constante con mi propia historia, aunque marcada por un contraste evidente. Mi memoria me devuelve al río Cañoles a su paso por Mogente; un río prácticamente seco la mayor parte del año, un hilo de agua humilde que, sin embargo, lograba el prodigio de regar una frondosa huerta.

Al llegar a Cieza, ese recuerdo choca con la vitalidad del Segura, caudaloso y lleno de fuerza, que nutre con generosidad una despensa verde aún más vasta. Pero, a pesar de la diferencia de caudal, el espíritu es el mismo: el agua como fuente de vida. Aquel niño que en 1964 dejó atrás la sobriedad del Cañoles reconoce hoy en la abundancia del Segura el mismo mensaje de esfuerzo. Esta conexión me permite explicar nuestra tierra no solo como un paisaje, sino como una continuidad vital: la diversidad de los territorios no nos separa, sino que suma capas de significado a nuestra existencia.

III. Siyasa, el Esparto y el Manjar: Donde 2+2 siempre son 5

La identidad de Cieza no solo se riega, también se hereda y se trenza. En el Museo Siyasa, el equipo de televisión pudo maravillarse con la reconstrucción de las casas andalusíes, el origen de nuestra hospitalidad. Una cultura que se complementa con el legado del esparto, fibra que ha sido el alma de este pueblo y que conecta directamente con la cultura del esfuerzo de mis raíces mediterráneas.

Como broche final, la visita a la confitería Las Delicias. Allí, Joaquín nos mostró cómo la hospitalidad se transforma en arte. Verle elaborar el Manjar de Cieza es presenciar la sinergia en estado vivo. En ese gesto de compartir un sabor se cumple mi máxima de que, en lo humano, 2+2 son 5. Cuando la maestría técnica de Joaquín y la historia de Siyasa se mezclan con la pasión por la propia identidad, el resultado es algo exponencial que trasciende lo material.

IV. Conclusión: Un Legado que Florece

He pasado gran parte de mi vida transitando del candil de mi niñez a la bombilla de mi madurez. Salí de Mogente con ocho años para echar raíces en este enclave de luz donde hoy tengo a mis amigos, mi familia y mi pareja.

Hoy miro a mi alrededor con la satisfacción del que sabe que el orgullo por nuestras raíces es la semilla de la felicidad. Cieza es mi casa y es, con un afecto que me desborda, mi pueblo. A mis paisanos de Valencia solo puedo decirles: asomaos al mirador del Buen Suceso, dejaos empapar por la magia del Segura y permitid que la hospitalidad ciezana os cuente su propia historia.

miércoles, 21 de enero de 2026

El mapa del cielo: Cabañuelas, neurociencia y la gestión de la incertidumbre

 En la penumbra de las noches de agosto, recuerdo la figura de mi padre, Conrado, observando el cielo con una intensidad casi mística. No buscaba estrellas fugaces ni el dibujo de las constelaciones; buscaba señales. El viento, la forma de una nube sobre la sierra, el comportamiento de las hormigas o el brillo de la luna eran los datos de entrada para su particular procesador de información: las cabañuelas. En aquel Mogente de mi infancia, y más tarde en las tierras de Cieza, el tiempo no era un dato frío en una pantalla, sino la diferencia entre la prosperidad y la angustia.

El candil: la sabiduría de la observación empírica

El sistema de las cabañuelas —esa tradición de predecir el clima del año basándose en la observación de los primeros días de agosto— ha sido, durante siglos, el "candil" que iluminaba el camino de los agricultores. Mi padre heredó un código de interpretación ancestral que no era una simple superstición, sino un intento humano, profundamente loable, de encontrar orden en el aparente caos de la naturaleza. En aquellos días de agosto, el agricultor se convertía en un observador minucioso, recolectando evidencias para planificar la siembra, la poda y la cosecha. Era una gestión del riesgo basada en la paciencia y el respeto al entorno.

Esta búsqueda de certezas tenía un compañero inseparable: el Calendario Zaragozano. Recuerdo con especial emoción cómo mi padre, ya en su etapa de Cieza y habiendo dejado atrás la dureza del campo tras su jubilación, mantenía intacto el ritual. Cada año, sin falta, su prioridad era conseguir un ejemplar de aquel almanaque. Aunque ya no dependiera directamente de la cosecha para comer, su mente necesitaba ese mapa anual para orientarse en el tiempo. Hasta su muerte, aquel pequeño cuadernillo fue su guía, demostrando que la necesidad de anticipar el futuro es una constante que nos acompaña mientras hay vida.

La neurociencia de la anticipación

¿Por qué este empeño constante por predecir, incluso cuando ya no se trabaja la tierra? Como psicólogo, entiendo que el cerebro humano es, en esencia, una "máquina de predicción". La incertidumbre es uno de los estados que más estrés genera en nuestro organismo; activa la amígdala y dispara los niveles de cortisol, manteniéndonos en un estado de alerta que puede resultar agotador.

Las cabañuelas y el Zaragozano funcionaban como un "ansiolítico cognitivo". Al otorgar un nombre, una fecha y un fenómeno a lo que estaba por venir, el cerebro recuperaba una sensación de control. Para mi padre, tener el almanaque en las manos era una forma de reducir la entropía del mundo. La creencia de que se puede vislumbrar el futuro calma el sistema nervioso y permite que la corteza prefrontal se libere, permitiéndonos disfrutar del presente con mayor serenidad. No era una "tontería"; era un mecanismo necesario para gestionar la ansiedad ante lo desconocido.

La bombilla: la nueva incertidumbre científica

Hoy, la "bombilla" de la meteorología moderna nos ofrece una precisión asombrosa a corto plazo gracias a satélites y modelos numéricos complejos. Sin embargo, nos enfrentamos a una paradoja: el cambio climático está introduciendo tal grado de erraticidad que los patrones históricos se desdibujan. La ciencia actual nos confirma que la atmósfera es un sistema caótico, lo que en ocasiones nos devuelve a una vulnerabilidad similar a la de nuestros antepasados.

Incluso con superordenadores, la predicción perfecta a largo plazo sigue siendo inalcanzable. El rigor científico nos enseña hoy lo que mi padre ya sabía por instinto al consultar su Zaragozano en Cieza: que la naturaleza siempre tiene la última palabra y que nuestra mejor herramienta no es solo el dato estadístico, sino el poder de nuestra intuición —ese destilado de años de experiencia grabados en el cerebro— y nuestra capacidad de adaptación ante lo imprevisto.

Reflexión final: el orgullo de nuestras raíces

Al mirar atrás, comprendo que la verdadera luz no estaba solo en acertar si llovería en marzo, sino en el vínculo inquebrantable con la tierra y la tradición. El orgullo por nuestras raíces, por la figura del padre que, hasta sus últimos días en Cieza, escudriñaba el cielo y buscaba su calendario, es reconocer que nuestra identidad se forjó en esa lucha constante contra lo desconocido.

Aquel candil no solo iluminaba el campo; iluminaba el alma de una comunidad resiliente que aprendió a vivir en armonía con la incertidumbre, recordándonos que, aunque hoy usemos bombillas de última generación, la sabiduría de quienes nos precedieron sigue siendo una fuente inagotable de sentido y felicidad.

Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad'  https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad. 



miércoles, 17 de diciembre de 2025

Miguel Pérez "Don Follo" y el origen de mi identidad

El regalo que me ha llegado esta semana

“La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda y cómo lo recuerda para contarlo”. Esta frase de García Márquez, que preside mi relato autobiográfico Del candil a la bombilla, ha adquirido un nuevo y conmovedor sentido esta semana.

He recibido un mensaje de Maribel, la hija de mi maestro de infancia en Mogente: Don Follo. Su nombre real era Miguel Pérez. Recuerdo su figura: un hombre de mediana edad y pulcro, de aspecto formal y mirada limpia, con la seriedad propia de un MAESTRO que es, ante todo, un faro cívico. El mensaje ha sido un regalo de generosidad y emoción.

Tras validar la bondad y el valor de su padre, Maribel, que lo perdió siendo una niña, me ha hecho una confesión que me ha conmovido profundamente: "quiero agradecerte profundamente la forma en que habla de mi padre en su libro... Fue un buen hombre y un verdadero maestro, yo no tuve la suerte de disfrutarlo mucho tiempo, cuando murió yo tenía solo ocho años. Por eso, leer hoy el respeto y el cariño con los que usted lo recuerda es, para mí, un regalo y un honor."


Este testimonio me plantea la necesidad de ir más allá del apodo cariñoso y a nombrar la esencia de la persona que, con su ejemplo, sembró las semillas fundamentales de mi vida. Don Miguel Pérez me dejó tres valores cardinales: el sentido de la justicia, la curiosidad por observar el mundo y la capacidad de cuestionar.

Don Miguel Pérez

La historia de Miguel Pérez, "Don Follo", es la de un compromiso que desafió la adversidad histórica. En los años de la posguerra en el Mogente rural la única posibilidad de acceso al saber en el campo era a través de la figura del Maestro Itinerante.

Don Follo, como otros Maestros de la República desposeídos de su cargo, ejercía su vocación fuera del sistema, en la intemperie. Su escuela no tenía paredes ni pupitres. En mi casa, su aula se instalaba en el umbral de la puerta de la calle, donde me sentaba frente a él  en una silla. Dado que yo era hijo único en ese hogar, sus clases conmigo eran totalmente individuales: él y yo. Don Follo llevaba la luz del conocimiento de un rincón a otro. No era solo un educador; era una persona profundamente comprometida con el  pensamiento libre.

Sustento y Sabiduría

Este trabajo cívico se ejercía sin sueldo ni contrato. Don Follo nunca cobró dinero por su labor. Su único sustento provenía de la generosidad y el aprecio de las familias a las que servía, pagado en alimentos caseros y productos del campo, la verdadera moneda de la supervivencia y la dignidad de aquella época. Recuerdo, incluso, que en varias ocasiones tuvo a bien compartir mesa con nosotros, extendiendo el vínculo más allá de lo meramente educativo.

Mi madre, en particular, se ocupaba de que el maestro recibiera su justa recompensa. Recuerdo con claridad el orgullo con el que ella preparaba con esmero aquello que la tierra y la casa podían dar, asegurándose de que el intercambio de conocimiento por sustento se realizara con el mayor respeto. Para mi madre y las otras familias, este pago no era una simple transacción, sino una deuda moral y un acto de profunda gratitud, reconociendo el valor incalculable de lo que Don Follo ofrecía: la oportunidad de un futuro distinto.

Su ejemplo me marcó de forma significativa, mostrándome que la lealtad a los principios es la mayor fuente de valor. Sus enseñanzas, grabadas a fuego, se estructuran en tres pilares que han marcado la trayectoria de mi vida:

I. El sentido Inquebrantable de la justicia

Don Follo representaba la equidad en un mundo desigual. Su enseñanza defendía la idea de que la verdad y la educación son derechos universales que se deben defender, incluso fuera del sistema. Él me enseñó que la dignidad humana no es un privilegio, sino un cimiento moral que debe ser exigido y respetado en cada encuentro. Este sentido de la justicia es la columna vertebral de mi vida.

II. Curiosidad por observar: la raíz del pensamiento

El maestro nos invitaba a ser curiosos observadores del mundo, a ir más allá de la superficie. Su enseñanza itinerante, ligada directamente a la tierra y a la vida de las personas, me demostró que el conocimiento no es una abstracción, sino un acto de profunda conexión con el entorno. La curiosidad, entendida como la llave para descifrar el orden de la vida, es la fuerza que ha guiado toda mi trayectoria académica.

III. La capacidad de cuestionar: el cimiento de la mente libre

Al enseñar al margen, Don Follo defendía el derecho a la crítica y al pensamiento libre. Me mostró que el mayor riesgo no es equivocarse, sino dejar de pensar por uno mismo. Esta capacidad de cuestionamiento fue el regalo más valioso: el antídoto contra el conformismo y la tiranía intelectual. Es la base de mi compromiso con la siembra de una mente crítica y constructiva.

El legado que devuelve la luz

Don Miguel Pérez, "Don Follo", no solo fue uno de mis mentores; fue la figura que, desde la resistencia, me ofreció el andamio ético sobre el que construir mi vida profesional y personal. Sus valores son la brújula que ha guiado mis decisiones, mis convicciones y mi compromiso.

Cuando concebí Del candil a la bombilla, mi propósito era íntimo: legar a mis hijas y hermanas mis recuerdos de infancia, subrayando la importancia de nuestras raíces y el andamiaje familiar. Sin embargo, el mensaje de Maribel me ha mostrado que el propósito del libro ha trascendido lo familiar. Hoy sé que mi relato es también un humilde acto de reparación y generosidad, un vehículo para que el legado de hombres buenos, como Miguel Pérez, siga vivo y sea reconocido por las nuevas generaciones. Mi libro se ha convertido en un instrumento para devolver a la comunidad la luz que ellos me dieron.

El mayor honor que puedo rendirle es seguir aplicando cada uno de sus principios en mi día a día.


Gracias, Miguel Pérez. Tu candil sigue alumbrando la esencia de lo que soy.


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Cuando la lluvia nos regalaba un día de fiesta

La imagen que ven, con sus gotas de lluvia resbalando por el cristal y el paisaje montañoso difuminado, es para muchos la antesala de la melancolía, el eco de un día gris que invita a la introspección o, quizás, a la tristeza. Pero para mí, este escenario evoca algo radicalmente distinto: la música de la infancia, el preludio de un día de fiesta.

Esta dualidad en la percepción no es casualidad. Es el resultado de un anclaje emocional que se remonta a los días de mi niñez en Mogente, en el corazón de nuestra casa de campo, la "Casa del Macho".

La lluvia significaba que mi padre, Conrado, un hombre forjado en el trabajo incansable del campo, no podía dedicarse a sus faenas. Y lo que para él era una pausa forzada, una preocupación por el dinero que se quedaba flotando en el aire, para mí era un regalo. Esos días, mi universo se reducía a cuatro paredes llenas de calidez. Mi madre, Enriqueta, cocinaba manjares que perfumaban cada rincón, y el hogar se convertía en un refugio contra el mundo exterior. ¡La felicidad se podía respirar!

Fue en esos días de lluvia donde la resiliencia de mis padres se me reveló de una forma simple pero poderosa. Mi padre, con una paciencia que hoy entiendo como una forma de fortaleza silenciosa, se dedicaba a las labores de la casa que no requerían salir. Recuerdo su ritual de revisar y poner a punto todas las herramientas, un sonido metálico que resonaba en el silencio de la casa y que, sin saberlo, se grababa en mi memoria. Por las tardes, mis padres se enzarzaban en interminables partidas de parchís y me contaban historias fascinantes que aún resuenan en mi cabeza.

Años más tarde, ya como profesor de psicología, utilicé esta misma historia en mis clases de "Fundamentos del Comportamiento Humano" como introducción al rema de la percepción humana. ¿Cómo es posible que un mismo estímulo —un día de lluvia, un paisaje como el que vemos— pueda evocar respuestas emocionales tan distintas? La respuesta reside en nuestra historia personal, en el tapiz de experiencias que va cincelando nuestra percepción del mundo. Un día de lluvia no es solo agua que cae; es un espejo que refleja lo que hemos aprendido a ver y a sentir.

Hoy, cuando contemplo un día lluvioso, me siento especialmente feliz. Aquellos días de fiesta en la "Casa del Macho" me enseñaron que la verdadera fortaleza no es la ausencia de la adversidad, sino la capacidad de encontrar luz y significado en los momentos más simples. Me enseñaron que el destino no está escrito, sino que se cincela día a día con la fuerza de la familia y la mirada hacia adelante, incluso cuando el cielo se pone plomizo y las gotas corren por el cristal.

Esta es solo una de las historias que narro en «Del candil a la bombilla». Si te ha interesado, te invito a descubrir el relato completo de mi infancia en Mogente. También puedes encontrar más reflexiones sobre la resiliencia y la vida con ataxia en mi libro que acabo de publicar «Vivir con ataxia: el alma cincelada».