miércoles, 4 de noviembre de 2026

EL CINCEL DEL SENTIDO (26): La compuerta de la aceptación y el agua que fluye mansa

 

Hay paseos por la huerta  que no se dan solo con los pies, sino con la memoria. Hoy me he detenido frente a una vieja compuerta de acequia, una de esas barreras de hierro oxidado y madera curtida que Pepe Bermúdez ha sabido captar con su lente inconfundible. Al observar el óxido acumulado en su engranaje, resistiendo el flujo constante de la corriente entre la maleza verde, no he podido evitar ver en ella un reflejo de nuestra propia madurez. Esa capa de óxido viejo no es suciedad; es la huella noble del tiempo vivido. Representa el desgaste acumulado, la fatiga inevitable que nos recuerda que hemos estado largamente expuestos a la intemperie de la vida.


Durante nuestra juventud, todos anhelamos ser el cauce principal del río. Queremos ser impetuosos, llevar un caudal desbordante, movernos con la fuerza, la velocidad y la agilidad de quien siente que tiene todo el tiempo del mundo por delante. Sin embargo, cuando la biología impone su ritmo y el cincel de la adversidad, la fatiga o la enfermedad hace su aparición, intentar sostener ese torrente vertiginoso se vuelve agotador. Es entonces cuando debemos aprender la lección de la acequia. El agua de la acequia no compite en velocidad con el río; fluye mansa, regulada, aceptando sus propios límites para poder empapar la tierra y nutrir las raíces de forma profunda. Esa es la Aceptación Total: permitir el disfrute pleno de las condiciones presentes sin añorar con amargura la fuerza arrolladora del pasado.


Para lograr esta transición vital hacia la calma, nuestra mente necesita actuar exactamente igual que esa vieja compuerta de hierro. En la psicología de la adversidad, a este mecanismo lo podemos llamar la pausa consciente: ese momento decisivo donde frenamos los pensamientos destructivos y activamos la atención voluntaria hacia el presente. Imagínalo como el presupuesto de energía de una casa: si gastas más de lo que generas peleando contra lo incontrolable, la sobrecarga vital se dispara y los plomos saltan. Esta compuerta mental nos enseña a bajar el ritmo, a dejar la puerta abierta a la incomodidad para que pase de largo sin inundarnos, filtrando el sufrimiento inútil y reservando nuestra escasa y valiosa energía para lo que verdaderamente importa.


Y es en esta quietud donde emerge el gran descubrimiento tras la segunda jubilación. Cuando se apagan los focos del rendimiento externo, cuando los atriles y las agendas apretadas desaparecen, descubrimos que nuestra verdadera patria abandona su definición geográfica o institucional. La patria interior se revela entonces como el entramado de seres humanos que sostienen nuestro andamio vital por quienes somos, despojados de cualquier rol. Es nuestra tribu real. Frente a la fría matemática de la adversidad material, donde dos más dos siempre suman cuatro, en el espíritu y en el calor de la tribu la sinergia hace que la suma sea siempre exponencial e impredecible.


Contemplando el agua mansa de la acequia en mi pueblo, enciendo una vez más el candil de la consciencia. Asumo que la vida es una espiral non finito, una obra perpetuamente inacabada donde la imperfección y los límites no son errores del escultor, sino las marcas de autor de quien se niega a rendirse. Hoy, dejo que el agua corra a su ritmo, sabiendo que la serenidad no consiste en dominar la corriente, sino en aprender a fluir con ella, sostenido siempre por el amor inquebrantable de los que me acompañan.


Este tránsito desde la tiranía de la autonomía absoluta hacia la paz de la interdependencia vertebra nuestro tercer libro, «Patria interior: El arte de cincelar la adversidad en la edad adulta». Esta obra, que culmina nuestra trilogía vital tras Del candil a la bombilla y Vivir con ataxia, verá la luz el próximo mes de diciembre. En sus páginas comprobaremos que la verdadera belleza no reside en ser una roca intacta, sino en permitir que la vida brote de nuestras grietas gracias al refugio de los nuestros.