viernes, 17 de abril de 2026

Siyâsa: el alma de Cieza y la sinergia de un legado recuperado

 

Mañana, 18 de abril, el mundo celebra el Día Internacional de los Monumentos y Sitios. Para quienes vivimos en Cieza, esta fecha no es una abstracción en el calendario, sino una llamada de atención hacia esa joya que corona la identidad de Cieza: Siyâsa. Es nuestro "grito de piedra", un testimonio mudo pero elocuente de quiénes fuimos y, sobre todo, de quiénes somos hoy.

Pero las piedras, por muy milenarias que sean, no hablan solas; necesitan de voces que las interpreten y de manos que las protejan. En este punto es obligado detenerse y reconocer una labor que ha sido el alma de este proyecto durante décadas. Me refiero a Joaquín Salmerón, cuya incansable y determinante aportación ha sido vital para que Siyâsa sea hoy lo que es: un referente internacional del mundo islámico medieval. Sin su rigor científico, su pasión y su entrega absoluta, gran parte de este tesoro seguiría oculto bajo la tierra o, peor aún, bajo el peso del olvido. Reclamar una conciencia social por nuestro patrimonio es también reconocer a quienes, como Joaquín, han hecho de la preservación de nuestra historia su razón de ser.

La neurociencia de la pertenencia: por qué nos importan estas piedras

Desde la neurociencia, podemos afirmar que el patrimonio cultural no es un lujo decorativo, sino un componente esencial de nuestra arquitectura mental. El cerebro humano es un órgano profundamente social que necesita raíces para proyectar ramas. Cuando caminamos por los restos de la Medina, nuestra corteza cingulada anterior —una región del cerebro íntimamente ligada al sentido de pertenencia y a la identidad social— se activa.

Esta "inversión en dignidad" que supone recuperar Siyâsa actúa directamente sobre nuestro equilibrio emocional. Al sentirnos parte de una historia que nos trasciende, nuestro sistema de recompensa cerebral libera oxitocina, fortaleciendo los lazos de la "tribu" y proporcionando un refugio cognitivo frente a la incertidumbre del presente. Siyâsa no es solo arqueología; es salud mental colectiva, es el orgullo de pertenecer a un lugar con alma.

La sinergia y el rechazo al determinismo

A menudo se intenta analizar el valor de nuestro patrimonio desde una óptica puramente utilitarista o económica, como si la cultura fuera una ecuación matemática. Sin embargo, en lo humano, rechazo el determinismo matemático. Mientras que en el mundo de la materia inerte dos más dos siempre son cuatro, en el espíritu de la comunidad, la sinergia y el amor por lo nuestro hacen que la suma sea siempre exponencial e impredecible.

El esfuerzo de una sola persona, sumado a la voluntad de un pueblo, no genera un resultado lineal. Joaquín Salmerón no solo rescató muros; rescató esquemas mentales de nuestra identidad. Su labor como mentor ha permitido que la tribu encuentre su "Elixir": la certeza de que somos herederos de una grandeza que debemos custodiar. Es el paso del "candil" de la ignorancia a la "bombilla" del conocimiento compartido.

Un legado que nos protege

Proteger Siyâsa es, en definitiva, protegernos a nosotros mismos. Es entender que el patrimonio no es un gasto, sino el pilar sobre el que se asienta nuestra dignidad como ciudadanos de Cieza. Siyâsa es hoy nuestro mayor orgullo porque hubo manos que no se rindieron cuando el camino era difícil y mentes que entendieron que la verdadera riqueza de un pueblo no está en lo que acumula, sino en lo que es capaz de recordar y honrar.

Este 18 de abril, al mirar hacia el Cerro del Castillo o al recorrer las salas de nuestro museo, hagámoslo con la gratitud de saber que tenemos un legado inmenso. Que esta efeméride nos sirva para despertar, para valorar y para comprender que la verdadera sinergia de mi pueblo nace de la unión inquebrantable entre nuestra historia, nuestra ciencia y nuestro corazón.


lunes, 13 de abril de 2026

El clarinete de la ética: la luz de mi tío Vicente en el día de su santo

 

Hoy el calendario marca San Vicente y, para quienes llevamos a Mogente en el ADN, es un día que estalla en celebración. Es un día de fiesta, de familia y, sobre todo, de un reconocimiento profundo a la figura que dio sentido a este nombre en nuestra casa. Lejos de cualquier nostalgia, hoy celebro la presencia viva de mi tío Vicente Navalón Lladosa. Aunque ya no esté físicamente entre nosotros, su luz sigue iluminando nuestro camino y su energía positiva nos sigue arropando, como si caminara a nuestro lado en cada decisión y en cada reencuentro.

En el viaje de la vida, todos necesitamos un mentor, alguien que nos enseñe a caminar sin ruido pero con firmeza. Para mi padre, Conrado, Vicente no fue solo el hermano mayor; fue su gran confidente, su cómplice y el espejo donde aprendió a vivir la vida de una manera muy singular. Gran parte de la pasión por la música que mi padre nos transmitió nació de esa admiración hacia Vicente, quien con su clarinete no solo interpretaba notas, sino que dictaba lecciones de sensibilidad.

El Don de la presencia sanadora y el respeto de un pueblo

Muchos recordamos su conocimiento de las plantas medicinales, pero su verdadero "elixir" era algo más intangible y poderoso: una profunda empatía que se manifestaba en una energía especial. Vicente poseía una capacidad única para escuchar y comprender el mal ajeno, lo que le convirtió en una persona sumamente buscada y respetada en todo Mogente. Su sola presencia lograba calmar las tormentas internas de quienes le rodeaban; a veces era una palabra oportuna, otras veces su mirada cargada de comprensión, e incluso su silencio resultaba sanador en sí mismo.

Esa entrega y esa transmisión de energía positiva quedaron grabadas en la memoria familiar cuando, en aquella gran nevada en la "Casa del Macho", apareció entre la nieve que le llegaba a las rodillas. No iba a buscar nada, solo iba a confirmar que su "tribu" estaba bien. Ese es el héroe cotidiano: el que hace del cuidado y la escucha su misión de vida.

Neurociencia de una identidad compartida

Desde la psicología, sabemos que la identidad se forja en los vínculos que permanecen vivos en nosotros. Mi padre fue quien fue porque tuvo a Vicente al lado. Esa sinergia y amor exponencial de la que siempre hablo se manifiesta aquí: la suma de sus vidas no fue aritmética, fue una multiplicación de valores. La integridad y la bondad de mi tío se filtraron en el corazón de mi padre y, a través de él, siguen vivas en mí.

Como suelo defender, rechazo el determinismo matemático. La influencia de una figura como la de mi tío demuestra que un solo ser humano, cuando actúa desde la ética y la entrega, puede cambiar la trayectoria emocional de generaciones enteras. Su energía no se perdió, se transformó en la base de lo que somos hoy.

Un candil que alumbra el presente

Hoy, aunque mi vida transcurre en Cieza, siento que el candil de Vicente brilla con más fuerza que nunca. Celebrar hoy su santo no es recordar una ausencia, sino honrar una presencia constante de música, silencio sanador y complicidad.

Gracias, tío Vicente, por seguir siendo el faro ético de los Navalón y por enseñarnos que la verdadera grandeza se escribe con la tinta de la bondad. Tu mirada sigue siendo, para todos nosotros, un refugio de paz.


domingo, 12 de abril de 2026

Entre Mogente y Cieza: el reencuentro de mis dos mundos

 I. El Mirador del Buen Suceso: La belleza en su conjunto

Hay momentos que funcionan como un espejo de alta definición. Recientemente, el equipo de "Xino Xano Ibèric" (À Punt) plantó sus cámaras en el mirador del Santuario de la Virgen del Buen Suceso. Considero que este enclave es la llave maestra para entender Cieza: desde allí, la belleza se despliega en su conjunto, ofreciendo una panorámica donde la piedra, la historia y el verdor de la huerta se funden en un solo abrazo. Desde esa atalaya, mientras la luz bañaba el valle, sentí que las piezas de mi puzle vital encajaban con una precisión asombrosa.

En el vídeo también participa mi paisano José Eduardo, otro valenciano que, como yo, decidió hace años que su vida encontraría su mejor cauce aquí. Es un orgullo ver cómo ambos, desde nuestras respectivas vivencias, actuamos como anfitriones de esta tierra. Ver a mi pueblo proyectado hacia las pantallas de mi Valencia natal desde ese balcón privilegiado ha sido un ejercicio de gratitud profunda.


 

II. El Agua: Un contraste de caudales y una misma huerta

Observar el discurrir del río Segura desde la orilla es, para mí, un reencuentro constante con mi propia historia, aunque marcada por un contraste evidente. Mi memoria me devuelve al río Cañoles a su paso por Mogente; un río prácticamente seco la mayor parte del año, un hilo de agua humilde que, sin embargo, lograba el prodigio de regar una frondosa huerta.

Al llegar a Cieza, ese recuerdo choca con la vitalidad del Segura, caudaloso y lleno de fuerza, que nutre con generosidad una despensa verde aún más vasta. Pero, a pesar de la diferencia de caudal, el espíritu es el mismo: el agua como fuente de vida. Aquel niño que en 1964 dejó atrás la sobriedad del Cañoles reconoce hoy en la abundancia del Segura el mismo mensaje de esfuerzo. Esta conexión me permite explicar nuestra tierra no solo como un paisaje, sino como una continuidad vital: la diversidad de los territorios no nos separa, sino que suma capas de significado a nuestra existencia.

III. Siyasa, el Esparto y el Manjar: Donde 2+2 siempre son 5

La identidad de Cieza no solo se riega, también se hereda y se trenza. En el Museo Siyasa, el equipo de televisión pudo maravillarse con la reconstrucción de las casas andalusíes, el origen de nuestra hospitalidad. Una cultura que se complementa con el legado del esparto, fibra que ha sido el alma de este pueblo y que conecta directamente con la cultura del esfuerzo de mis raíces mediterráneas.

Como broche final, la visita a la confitería Las Delicias. Allí, Joaquín nos mostró cómo la hospitalidad se transforma en arte. Verle elaborar el Manjar de Cieza es presenciar la sinergia en estado vivo. En ese gesto de compartir un sabor se cumple mi máxima de que, en lo humano, 2+2 son 5. Cuando la maestría técnica de Joaquín y la historia de Siyasa se mezclan con la pasión por la propia identidad, el resultado es algo exponencial que trasciende lo material.

IV. Conclusión: Un Legado que Florece

He pasado gran parte de mi vida transitando del candil de mi niñez a la bombilla de mi madurez. Salí de Mogente con ocho años para echar raíces en este enclave de luz donde hoy tengo a mis amigos, mi familia y mi pareja.

Hoy miro a mi alrededor con la satisfacción del que sabe que el orgullo por nuestras raíces es la semilla de la felicidad. Cieza es mi casa y es, con un afecto que me desborda, mi pueblo. A mis paisanos de Valencia solo puedo decirles: asomaos al mirador del Buen Suceso, dejaos empapar por la magia del Segura y permitid que la hospitalidad ciezana os cuente su propia historia.

viernes, 10 de abril de 2026

Jesús Santos y la victoria del pincel: una cátedra de vida ante el Parkinson


Mañana, 11 de abril, el mundo se tiñe de rojo para dar visibilidad al Parkinson. Es una fecha marcada en el calendario para hablar de síntomas y retos médicos; sin embargo, este año quiero escribir desde la admiración profunda que nace de la cercanía. Quiero hablar de Jesús Santos, mi amigo y maestro, cuya manera modélica de afrontar la enfermedad se ha convertido para mí en una brújula de esperanza.

El pasado lunes visité su estudio y me encontré con algo que va mucho más allá de la pintura convencional. Lo de Jesús es una explosión de color que se traduce en conjuntos de una extraordinaria fuerza expresiva. Son cuadros que parecen hablar, que tienen vida propia; cada lienzo cuenta una historia sobre cómo él ve y se conecta con la naturaleza. En ese espacio, rodeado de su obra, comprendí que el espíritu humano no entiende de determinismos: donde la biología impone un límite, el arte abre una ventana infinita.

El arte como lenguaje total

Para Jesús, el acto de crear es un arte en sí mismo, pero también una herramienta integral de salud. Al observar su técnica, se percibe cómo la pintura desarrolla la creatividad, el intelecto y la motricidad. Es una forma de mantener la capacidad de expresar y, sobre todo, de seguir conectado con el mundo. Como psicólogo, veo en sus trazos la "neuroplasticidad" en acción: el cerebro encontrando nuevas vías para manifestar la belleza que la rigidez del Parkinson no puede silenciar.

Jesús se ha convertido en un referente indiscutible. En esta etapa que compartimos —él con su proceso y yo con la ataxia—, su apoyo ha sido para mí un pilar básico. Siempre recuerdo un consejo breve pero demoledor que resume su filosofía: "No dejes que la enfermedad pinte tu día; coge tú el pincel". Es ese "cemento del andamio" que nos mantiene en pie.

La fuerza de la tribu: APENCI

Esta victoria individual de Jesús necesita, para ser completa, de un respaldo colectivo. Por eso es tan importante el apoyo a APENCI (Asociación de Parkinson y Enfermedades Neurodegenerativas de Cieza). Sumarse a ella es un acto de responsabilidad social. Sin duda, cuanto más seamos, más fuerza reivindicativa tendremos para conseguir los recursos y la atención que esta realidad requiere.

En Cieza, mi pueblo, hemos aprendido que la fragilidad se combate con sinergia. APENCI es el lugar donde esa suma de voluntades hace que el resultado sea exponencial. No estamos solos en esto; somos una tribu que construye andamios de esperanza.

Conclusión: un referente de luz

Al mirar la fotografía de Jesús en su taller, no veo a un hombre enfermo; veo a un creador en la plenitud de su madurez vital. Su ejemplo nos enseña que la vida es el arte de esculpirse a uno mismo cada día, sin importar la dureza del mármol.

Mañana, en el Día Mundial del Parkinson, celebremos la victoria de quienes, como Jesús Santos, han decidido que su historia no la escriba un diagnóstico, sino su propia voluntad creativa. Gracias, Maestro, por enseñarnos a mirar la naturaleza con tus ojos y por recordarnos que, en lo humano, la suma de amor y coraje siempre rompe las reglas de la matemática.


sábado, 4 de abril de 2026

La paradoja del huevo de Pascua: el arte de detener el tiempo

 

En una pequeña fotografía de 1957, el blanco y negro no logra apagar la luz de una tarde de primavera en el embalse del Bosquet, en Mogente. Allí, una joven Enriqueta me sostiene en brazos —un bebé de apenas catorce meses asomándose al mundo— mientras Conrado, mi padre, me presenta con un orgullo inmenso ante su "tribu". A su alrededor, amigos y familia celebran la vida con una mona de Pascua sobre la hierba.

Esa imagen no es solo un recuerdo borroso; es mi kilómetro cero. Aunque no tengo un recuerdo consciente de aquel día, mi sistema límbico grabó a fuego la sensación de seguridad de aquellos brazos y la alegría de una comunidad que celebraba algo más que un dulce: celebraba la existencia misma.

El cincel de la memoria sensorial

Desde la neurociencia y la psicología, sabemos que estas tradiciones no son meras repeticiones folclóricas. Son anclajes. El cerebro humano busca patrones para sentirse seguro, y la memoria emocional se encarga de sellar el sonido de las risas y el clima vital de la familia como un refugio permanente.

Al observar esa foto, percibo una paradoja que hoy, décadas después, se convierte en una lección magistral. Mis padres vivían en condiciones que, vistas desde la abundancia actual, podrían calificarse de "míseras". Sin embargo, en sus rostros solo hay una felicidad inmensa. No tenían nada material, pero lo tenían todo. Esa es la primera gran veta de mármol que ellos me ayudaron a pulir: la felicidad no es algo que se encuentra, es algo que se construye.

El relevo de los rostros

Mañana, en Cieza, la escena que quedó congelada en los brazos de mis padres volverá a cobrar vida, aunque el espejo del tiempo haya cambiado los protagonistas. Enriqueta y Conrado ya no están físicamente para sostenerme, y muchos de aquellos personajes de la foto del Bosquet han partido, pero su alegría se ha reencarnado en nuevas miradas. Mañana, los rostros de mis hijas, de mis hermanos y de mi pareja serán los que iluminen el campo. Al vernos juntos, celebrando y compartiendo la mona, comprenderé que no estamos simplemente repitiendo una costumbre, sino fundiéndonos en un nuevo momento de felicidad absoluta. Es el milagro de la tribu: aunque los nombres cambien, las risas suenan igual, logrando que ese legado de amor que recibí de bebé siga siendo un fuego vivo que nos une a todos.

La sinergia del huevo (y el desprevenido)

No falta nunca el momento culmen: la búsqueda de una frente desprevenida para romper el huevo duro. Mi padre, Conrado, era un maestro en este arte. Por más que todos supiéramos que iba a ocurrir, él siempre se las apañaba para pillar a alguien distraído.

Este gesto, que podría parecer una broma menor, es en realidad un golpe de cincel contra el determinismo. En un mundo donde la lógica matemática dice que 2+2=4, el estallido de una carcajada colectiva tras el "impacto" del huevo hace que la suma de la tribu sea siempre exponencial e impredecible. Ese juego tiene el poder mágico de parar el tiempo y el espacio. Por unos instantes, no hay preocupaciones, no hay dolores de hombros, no hay fallos de memoria; solo existe la conexión pura del presente.

Victoria sobre la Veta: los 3 kilómetros de voluntad

Ayer, mientras caminaba mis tres kilómetros por el entorno de La Ventolera, junto a mi pareja, sentí el peso del cansancio. La veta de la ataxia a veces intenta imponer su dureza. Sin embargo, el recuerdo de mis padres en la Balsa del Bosquet actuó como mi motor.

Si ellos fueron capaces de ser inmensamente felices con lo mínimo, ¿cómo no voy a serlo yo hoy, rodeado de tanto amor? Caminar no es solo un ejercicio físico; es mi forma de honrar el legado de vitalidad que me transmitieron. Es mi manera de decir que el escultor sigue trabajando el mármol, sin importar cuán dura sea la piedra.

El elíxir: una Lección para el futuro

Si pudiera susurrarle algo a ese bebé que aparece en brazos de su madre en la foto de 1957, o si pudiera hablarle a un joven de hoy que cree que la felicidad depende del último modelo de móvil o de un coche de lujo o de una casa con todas las comodidades, le diría esto:

El verdadero tesoro de la vida cabe en un huevo duro cascado en la frente de un amigo. No busques la felicidad en los objetos, porque los objetos son materia inerte. Búscala en los momentos de "parar el tiempo". Búscala en la risa compartida, en la merienda en el campo y en el orgullo de pertenecer a una tribu que te sostiene.

La felicidad es una arquitectura de la voluntad. Mañana, en el Domingo de Resurrección, cuando rompa el huevo y comparta la mona con mis hijas, mis hermanos y mi pareja, estaré celebrando que, a pesar de los años y de las dificultades, he aprendido la lección más importante de Conrado y Enriqueta: que somos nosotros quienes, con amor y sinergia, tenemos el poder de detener el tiempo y convertir un día cualquiera en un instante de eternidad.