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ha sido puro sentido común y supervivencia. Hoy lo llamamos técnicamente "Dieta Mediterránea", pero en la casa de mis padres en Mogente, y más tarde en mi vida en Cieza, no era una moda ni una prescripción médica: era nuestra materia prima. No era un corsé impuesto por nutricionistas externos, sino un estilo de vida que ya respirábamos mucho antes de que el mundo decidiera ponerle un nombre y convertirlo en objeto de estudio.
La receta escrita en el aire
Si cierro los ojos, puedo ver a mi madre en la cocina. Ella era una auténtica escultora del sabor. No necesitaba libros de cocina, ni aplicaciones de móvil, ni siquiera básculas digitales que midieran el gramo exacto. Su receta no estaba atrapada en un papel amarillento; estaba grabada en su memoria procedimental y se ejecutaba con una intuición que solo otorgan los años de aprendizaje, observación y error.
Desde la perspectiva de la neurociencia, esa "intuición" que menciono no es un don mágico, sino lo que llamamos "pericia heurística". Es la capacidad del cerebro experto para tomar decisiones complejas de forma automática tras miles de horas de práctica. Su maestría con el arroz, por ejemplo, era casi mística. Podía cocinar arroz como plato principal durante un mes entero y, asombrosamente, no repetir ni un solo día la misma fórmula. Esa capacidad de transformar un producto tan humilde en treinta obras de arte distintas es la definición máxima de la creatividad humana aplicada a la supervivencia.
En aquel entonces, bajo la luz del candil de la tradición, no se hablaba de antioxidantes ni de polifenoles. Sin embargo, el cerebro de nuestras madres y abuelas sabía, por una sabiduría transmitida de viva voz, que el aceite de oliva, las legumbres y el producto de temporada eran el combustible necesario para un cuerpo que trabajaba la tierra y una mente que debía mantenerse ávida.
El valor de lo que no se compra
Lo que hoy defendemos en las grandes cumbres internacionales bajo la etiqueta de "sostenibilidad" o "economía de proximidad", en la huerta de Valencia y de Murcia de mediados del siglo pasado era simplemente la norma. Los productos no venían envueltos en plásticos ni cruzaban océanos en barcos refrigerados; venían de la tierra que cuidaba mi padre o del intercambio honesto con los vecinos. Era una dieta de proximidad real, donde el ritmo de la comida lo marcaba el sol y las estaciones, no el mercado global.
Como psicólogo, entiendo ahora que esa alimentación no solo nutrió mis músculos en crecimiento; lo que realmente hizo fue cincelar mi identidad. La estructura de aquellas comidas, el respeto por el producto y la paciencia que requiere un guiso a fuego lento me dieron la fortaleza mental para enfrentar los retos que la vida me pondría delante décadas más tarde.
Esta herencia no es algo que me "sujete" desde fuera como un andamio temporal; es algo que forma parte de la veta misma de mi mármol personal. El arroz al horno que hoy sigo disfrutando gracias a mi prima Luisa no es solo una ingesta calórica; es un puente emocional directo a mis raíces, un ancla que me mantiene conectado a la tierra de mis padres mientras mi mente navega por los desafíos del presente.
El legado del paladar al corazón
Hoy, en la era de la bombilla y la fibra óptica, esa cadena de transmisión oral que parecía condenada al olvido ha encontrado nuevos y sorprendentes soportes. Me llena de un orgullo profundo observar cómo mis hijas han heredado ese gusto y esa sensibilidad. Han captado, quizás por ósmosis o por la fuerza del ejemplo, que cocinar no es simplemente seguir unas instrucciones técnicas para saciar el hambre. Han entendido que es un acto de amor y de transmisión cultural.
Estamos ante lo que yo denomino el Pilar de la Tribu en su máxima expresión. En un mundo cada vez más atomizado y digital, el hecho de que una nieta rescate la receta de su abuela para compartirla en un blog o enviarla por un grupo de mensajería es un acto de resistencia psicológica. Es usar la tecnología para iluminar el pasado.
Una vez que se alcanza ese "plato perfecto" a través de la intuición y la práctica, surge lo que yo llamo una "responsabilidad ética": la de transmitir la receta. No podemos permitir que ese algoritmo de salud y felicidad se pierda. Ya sea de forma oral, compartiendo una mesa larga con amigos y familia, o de forma escrita en estas líneas digitales, debemos ser faros. Porque al transmitir un sabor, no solo pasamos una lista de ingredientes; estamos transmitiendo una forma de entender el mundo: una forma respetuosa con la tierra, paciente con los tiempos y, sobre todo, generosa con la tribu.
Neuroprotección e identidad
En conclusión, este enfoque defiende la alimentación mediterránea desde un prisma mucho más amplio que el puramente nutricional. Es, por supuesto, una herramienta de neuroprotección biológica fundamental —vital para mantener la salud de nuestras neuronas frente al paso del tiempo—, pero es, por encima de todo, un pilar de nuestra identidad psicológica.
La dieta mediterránea no es una moda pasajera de Instagram ni un descubrimiento reciente de la ciencia moderna. Es la receta del alma que heredamos de nuestros padres, la luz que viaja del candil a la bombilla para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos en cada bocado.
"Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad' https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.

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