Cuando el ruido del mundo calla, comienza la música
de la vida
Me encanta pasear por la orilla del río Segura. Es un hábito que, con los años, se ha convertido en mi ritual de pertenencia a esta tierra. Caminar junto al río es sumergirse en una sinfonía de verdes y ocres donde el murmullo constante del agua actúa como un ancla para el presente, permitiendo que el sistema nervioso se regule y la mente abandone el ruido de la rutina. Ayer, como cada día, el camino me regalaba una banda sonora especial: el crujido rítmico de las hojas secas bajo mis pasos y el susurro del agua. Es un sonido que me obliga a estar presente, a saborear cada avance en este paisaje que tanto significa para mí desde el día que llegué a Cieza. Al detenerme frente a la corriente, ocurre algo que siempre me conmueve: a pesar de mis dificultades auditivas, de no oír bien el ruido del mundo, descubro con alegría que oigo de maravilla el fluir del agua. Es como si mi oído se hubiera especializado en lo esencial, convirtiendo ese murmullo constante en un Andamio sonoro que me conecta directamente con la vida.
Si el estrés es el ruido del mundo, el paseo del río en Cieza es el silencio necesario que permite volver a escucharnos a nosotros mismos; un bálsamo de clorofila y agua que devuelve la homeostasis al espíritu. Más que un paseo, es un reseteo biológico. La geometría orgánica del paisaje ciezano reduce la fatiga mental, permitiendo que la 'red neuronal por defecto' —aquella que usamos para la introspección y la creatividad— se active de forma saludable.
El río no solo arrastra agua, también teje los hilos de nuestra Tribu
Lo que hace de la ribera del Segura un lugar excepcional no es solo su valor ecológico, ni su incalculable valor para la economía ciezana, pues nos regala una huerta extraordinaria que en sí misma es un auténtico vergel, es su capacidad para transformarse en un espacio de plenitud compartida. Existe una alegría profunda al sentir este entorno como algo genuinamente NUESTRO. Para los ciezanos, y para quienes hemos sido acogidos por esta tierra, el río es el escenario donde el alma se encuentra consigo misma y con los demás. Esos encuentros fortuitos con amigos que hacía tiempo que no veía, bajo la boveda de los árboles, no son simples coincidencias; son actos de reafirmación vital. En un mundo marcado por la prisa, el río nos ofrece paz y sosiego, permitiendo que las conversaciones fluyen con la misma naturalidad que el agua. Poner en valor nuestro río es reconocer que el Escultor que llevamos dentro también necesita descansar el cincel para disfrutar de la "obra" de la amistad, y de la paz y sosiego que nos conectan con lo más profundo de nuestra identidad. Y en un plano más profundo, el río en sí mismo ha sido y es un potente cincel que cincela el alma.
No somos esclavos de lo que nos falta, sino dueños de lo que decidimos atender
Desde la psicología, sabemos que nuestra arquitectura interna tiene una capacidad asombrosa: la de seleccionar la belleza incluso cuando las circunstancias intentan empañarla. Mi mente ha aprendido a "afinar el cincel" para captar de maravilla el fluir del agua por encima de cualquier otra limitación. No es un milagro, es un ejercicio de prioridad vital y entrenamiento de la resiliencia. El cerebro, en entornos de paz como nuestro río, deja de estar en alerta para entrar en conexión. Esta "audición del alma" nos demuestra que no somos esclavos de nuestra biología. Somos dueños de nuestra atención, y al orientarla hacia lo que nos nutre —el sonido del agua o el abrazo de un amigo—, estamos diseñando activamente nuestra propia plenitud.
La corriente nos enseña que el destino siempre es hacia adelante
El Segura a su paso por Cieza nos recuerda la importancia del flujo constante. Contemplar su corriente mientras caminamos bajo la sombra de los álamos es un recordatorio visual de que el alma, al igual que el río, encuentra su fuerza en la capacidad de seguir adelante, sorteando las piedras del camino con elegancia y perseverancia. Regreso a casa con una certeza que brota del mismo cauce: la vida es una corriente que no se detiene. Como escribió el poeta Jorge Manrique en sus Coplas, "Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar". Y ese movimiento siempre es hacia adelante, recordándonos que nada es definitivo y que cada recodo del camino ofrece una nueva oportunidad para seguir esculpiendo. Hoy deseo compartir esta convicción: siempre, absolutamente siempre, hay algo hermoso que escuchar si sabemos prestar atención. Te invito a que esta semana busques tu propia "orilla" y no permitas que el ruido te ensordezca. Recuerda que eres el Escultor de tu propia mirada. Sigamos fluyendo, porque en la atención y en el encuentro con la Tribu, es donde nuestra alma encuentra, por fin, su forma más bella.
Este artículo se fundamenta en mi segundo relato: 'Vivir con ataxia: el alma cincelada' (https://amzn.to/3V7J2lb). A través de la Doble Perspectiva (ciencia y experiencia), ilustro cómo la adversidad es el proceso del Non Finito, donde el Escultor utiliza la voluntad y el Andamio de su tribu para alcanzar la plenitud.

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