Para un valenciano, la mascletà es un evento singular que, en un pueblo como
Mogente, se convierte en la banda sonora de sus Fiestas Patronales. No es una exhibición visual de fuegos artificiales, sino una arquitectura de sonido, una catarsis colectiva y un rasgo de identidad. Su propósito es la vibración; una composición de explosiones de masclets (petardos de gran potencia) que evoluciona en ritmo y frecuencia hasta el final. El olor a pólvora quemada no es un mero residuo, sino el perfume que sella esta experiencia sensorial completa y nos conecta directamente con el pulso emocional de la fiesta. Por eso, cada estallido es una sacudida que me arranca las lágrimas: el tronar ensordecedor, el temblor en el suelo y su magnífico olor a pólvora son el pulso desnudo de la memoria.
1. El Perfume de la memoria
Para los valencianos, en general, y los mogentinos, en particular, la pólvora no es un mero estruendo en la plaza ni un recuerdo nostálgico. Es, en esencia, la evidencia innegable de que el alma valenciana está forjada con la capacidad de gestionar la intensidad. No somos un pueblo que huye del ruido, sino que lo abrazamos y lo transformamos en una lección de vida. La fragancia que se pega a la ropa, a la memoria y al corazón —ese olor a azufre y salitre— no es un residuo. Es el perfume de la memoria que activa el sentido de pertenencia y nos arraiga a la tierra, a la historia y a los que nos precedieron. Es la seña de identidad que solo nosotros entendemos: la certeza de que en nuestra herencia existe una fuerza elemental para buscar el Sentido incluso cuando el mundo se dispone a explotar a nuestro alrededor. La mascletà, por lo tanto, deja de ser un espectáculo; es el eco de nuestro propio pulso colectivo, y el pulso de nuestro origen, un rito que se repite anualmente para recordarnos quiénes somos.
2. La transmisión del sentimiento
La plaza, en el momento previo al inicio de la mascletà, se convierte en el epicentro de una verdad compartida. Es un ritual que exige disciplina colectiva, una espera tensa y vibrante. Pero, para el niño, todo se articula a través de su guía. Es en ese marco donde cada familia tiene a su referente: a ese maestro silencioso que, con un gesto o un lugar elegido, nos enseña a no encogernos ante el fuego. Es aquí, en la unión del estruendo y la mano paterna, donde la transmisión de valores a través de la figura paterna se vuelve carne, pólvora y memoria.
Para mi, ese referente era mi padre, Conrado. Lo recuerdo como un hombre de carácter reservado y mesurado en todo, que frente al espectáculo pirotécnico se transformaba. Él no buscaba la sombra de los soportales o la seguridad de la lejanía, sino la comunión física con la vida. Le encantaba situarse justo debajo del estallido, buscando esa vibración profunda que se siente en el pecho, ese latido que parece doblar el ritmo cardíaco, y dejándose envolver por el humo que lo convertía en una figura etérea.
Esa no era una simple preferencia. Era su manera, sin necesidad de emplear una sola palabra, de mostrarnos que la Libertad de Elegir la Actitud radica en el coraje: en la decisión inquebrantable de dónde situar el cuerpo y el espíritu cuando la fuerza bruta se desata. En un mundo donde no siempre se puede controlar la explosión, siempre se puede elegir la posición ante ella. Su silencio, junto al atronar de los masclets, fue el testimonio más rotundo de la vida vivida en su máxima intensidad y el anclaje de mi propia experiencia infantil con la pólvora. El sentimiento se transmite no como una orden, sino como un ejemplo de vida: el valor de no huir, sino de integrarse en la vibración para encontrar la calma. Aún hoy, cuando el olor a pólvora me inunda, ese rastro de azufre me transporta a esos momentos y a la figura de mi padre. Es el eco de la llama en mi memoria, una huella indeleble de que las experiencias infantiles, cuando están selladas por la emoción y el ejemplo paterno, se integran en nuestro carácter y forjan el inicio de nuestra identidad.
3. La sinergia exponencial y la tesis vital
La lección silenciosa que aprendí de mi padre es, en esencia, la misma que nos legó nuestro pueblo. La profunda vinculación que sentimos los mogentinos con el olor a pólvora reside en una enseñanza colectiva que trasciende la familia, un legado para afrontar el presente.
La mascletà es, en esencia, la metáfora de la adversidad: un estruendo que no podemos controlar, una sacudida que amenaza el equilibrio, pero que nos exige Voluntad y Sentido para no sucumbir. La disciplina del pirotécnico, que calcula el caos con precisión milimétrica, es el espejo del Escultor de la vida que acepta el impacto, pero se niega a que la explosión apague su propósito. Pero hay algo más en esa experiencia. La mascletà es una sinergia donde el ruido se vuelve música y la vibración individual se funde en un solo cuerpo social. En ese instante de estruendo compartido, la suma de miles de explosiones individuales no solo genera un ruido más fuerte, sino que crea una emoción colectiva que une a los vecinos. Demuestra que en la fiesta, como en el espíritu, el latido de las partes siempre es más grande, y más bello, que la mera suma. Es la comunidad unida, sin hablar, sintiendo un mismo pulso. El orgullo de nuestra herencia radica en saber que ese coraje para situarse en el centro del fuego está incrustado en nuestro ADN cultural. Nos enseña que la máxima intensidad de la vida, si es compartida, no es una amenaza, sino una exaltación colectiva.
4. El fuego de la voluntad
La pólvora de la memoria es la evidencia innegable de que nuestra alma está forjada para el fuego. La lección que mi padre, Conrado, me transmitió sin palabras, en el centro de la plaza de Mogente, se convierte en un principio universal: en la vida, como en la plaza, no siempre elegimos la explosión, pero sí elegimos la voluntad inquebrantable de situarnos en el centro de la vibración.
Esta elección no es solo una posición física; es un acto de coraje que honra la herencia recibida, activa el pulso colectivo que nos da cohesión, y nos permite encontrar el sentido. Un pueblo que sabe que el perfume de la memoria, ese rastro de pólvora en el aire, es al final, el aroma indomable de su propia y eterna voluntad de vivir y de trascender en el centro mismo de la explosión.
Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad' https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.

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