En este mes de marzo, en el que alzamos la voz por los derechos y el reconocimiento de la mujer, no he querido dejar pasar la oportunidad de mirar hacia atrás. Este artículo es un homenaje a las mujeres que nos precedieron, a las que parían con una fortaleza silenciosa y a las parteras que, como mi abuela Luisa, convertían cada alcoba en un santuario de ciencia y vida. Ellas fueron las pioneras de la resiliencia en nuestros pueblos, demostrando que la autoridad no siempre emana de un título, sino de la entrega y la sabiduría de unas manos que sabían cuidar.
El silencio de una fuerza arrolladora
En la penumbra de una alcoba en el Mogente de los años cincuenta, el tiempo se medía por suspiros y esperas. No había monitores de frecuencia cardíaca ni anestesias de precisión, pero en el centro de aquella habitación reinaba algo que la tecnología actual todavía lucha por emular: una fe inquebrantable. Esa seguridad tenía nombre y apellido en mi familia: mi abuela Luisa.
Ella era de esas personas que, a pesar de su baja estatura, concentraban una vitalidad arrolladora, aunque sus movimientos eran silenciosos, lo que hacía que su presencia pasara casi desapercibida hasta que uno notaba esa energía quieta que irradiaba. No necesitaba alzar la voz; llenaba la habitación con su ser y su sonrisa fácil que transmitía una bondad genuina. Si le preguntabas qué le hacía feliz de verdad, la respuesta era clara y sencilla: ayudar a los demás.
Luisa fue una de esas parteras adoradas por sus vecinos, una mujer que no necesitaba títulos de pared para demostrar una intuición y unas habilidades que hoy, décadas después, la neurociencia empieza a explicar con asombro. Ella fue la guardiana de nuestro linaje; sus manos, expertas en el arte de recibir la vida, fueron las primeras en sostener a mi hermano Enrique y a mí. Ella fue nuestro primer contacto con el mundo.
El neocórtex y el silencio de Luisa: un acto de precisión neurobiológica
Hoy, los estudios sobre el cerebro nos dicen que el neocórtex —nuestra parte más racional, lógica y parlanchina— es, paradójicamente, el mayor obstáculo en el proceso del parto. Cuando una madre se siente observada, juzgada o deslumbrada por luces intensas, su neocórtex se activa y el proceso biológico se bloquea.
Mi abuela Luisa, sin haber pisado una facultad de medicina, dominaba esta arquitectura cerebral por puro instinto. "Baja el candil y no hagáis ruido", decía con esa calma imperturbable que la caracterizaba. Al reducir los estímulos, ella estaba "apagando" la razón de la madre para permitir que el cerebro primitivo —el que realmente sabe parir— tomara el mando. El candil no era un símbolo de precariedad; era una herramienta de precisión neurobiológica que garantizaba la intimidad necesaria para que la naturaleza hiciera su trabajo.
Era tal su entrega que la buscaban a la carrera por las calles de tierra, sin importar si era de día o si la noche se había echado encima. Ella acudía con una disponibilidad total, aportando esa calma que se sentía al instante en el aire viciado por la tensión. Sus manos pequeñas pero fuertes y sus gestos expertos y seguros traían la nueva vida al mundo y la entregaban, resbaladiza y ruidosa en su primer llanto, a los brazos temblorosos de su madre.
La química de la confianza y el rechazo al determinismo
Como psicólogo, a menudo repito que rechazo el determinismo matemático en lo humano. Mientras que en la materia bruta $2+2=4$, en el espíritu y en la tribu, la sinergia hace que la suma sea siempre exponencial e impredecible.
En los partos que asistía Luisa, la química del cuerpo confirmaba esta teoría. Hoy sabemos que la oxitocina (la hormona del amor y el impulso) solo fluye plenamente cuando el miedo desaparece. El miedo segrega adrenalina, que es el freno de mano del útero. La figura de mi abuela funcionaba como un regulador biológico: su sola presencia, su forma de hablar y el tacto de sus manos bajaban los niveles de cortisol de toda la casa. Su "intuición especial" era, en realidad, una capacidad asombrosa para sintonizar con el sistema nervioso de la madre, creando un campo de seguridad donde el dolor se transformaba en fuerza.
Para mi madre, tener a mi abuela Luisa al pie de la cama no era solo tener a una experta; era tener el amor de la tribu velando por ella. Esa confianza total es la que permitía que la biología funcionara sin interferencias. El hecho de que Enrique y yo naciéramos bajo su cuidado no es solo una anécdota familiar, es la prueba de que la verdadera "alta tecnología" de la vida reside en el vínculo humano. Ella era el "Mentor" perfecto en nuestro Viaje del Héroe, aquella que cruzaba el umbral del miedo para traernos el "Elixir" de la vida.
Conclusión: mirando al futuro
Hoy, el parto ha pasado del candil a la bombilla. Hemos ganado en seguridad técnica, y eso es un progreso que celebramos y defendemos. Sin embargo, al recordar a las parteras de Mogente y, en especial, a mi abuela Luisa, entiendo que no podemos permitir que la luz de la bombilla ciegue la sabiduría del candil.
A mis vecinos de Mogente y de toda la comarca de La Costera, les invito a mirar atrás con orgullo. Somos hijos de esas mujeres valientes que parían con coraje y de esas parteras de manos sabias que, como Luisa, entendieron mucho antes que los laboratorios que el amor es el motor más potente de la fisiología. Su vida, marcada por la practicidad, la bondad, la fortaleza y la valentía personal, es la prueba de que lo más valioso de nuestra Herencia no se calcula; se recibe con las manos abiertas y el corazón dispuesto.
Esa misma sinergia, esa creencia de que juntos somos más que la suma de nuestras partes, es la que intento aplicar cada día en mi visión de la vida. Porque, al final, lo que Luisa nos enseñó es que la vida no se calcula: se recibe con las manos abiertas y el compromiso activo de la tribu..jpg)
2 comentarios:
Yo nací en la casa de enfrente de tu abuela, la tía Luisa que con todo el respeto la llamábamos, lo que no sé es si ella me trajo al mundo , no está mi madre para preguntárselo, pero si te digo que yo la quería mucho, eso eran vecinos.😍
¡Qué emoción leerte! No sabes cómo me llega al alma este recuerdo. Que la llamarais 'la tía Luisa' con ese respeto y cariño resume perfectamente lo que ella era: pura entrega y bondad genuina.
Aunque no esté tu madre para confirmarlo, el hecho de que guardes ese sentimiento tan fuerte por ella ya te hace parte de esa historia compartida. Como bien dices, ¡eso eran vecinos! En aquel Mogente, la sinergia y el afecto hacían que todos fuerais parte de un mismo andamio. Gracias por compartir este pedacito de tu vida conmigo. ¡Un fuerte abrazo!
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