Cieza se ha quedado hoy un poco más huérfana. Ayer nos dejó Carmelo López Tornero (1942-2026), y con él se marcha una forma de entender la vida pública que parece estar en peligro de extinción: la del activista que se agita y se conmueve, la del hombre que no sabía usar eufemismos porque su verdad nacía de las manos manchadas de esparto. Hay liderazgos que se construyen desde el estrado y otros que se fraguan en el silencio cómplice de una mano tendida. Carmelo López Tornero pertenecía a esta segunda estirpe, la de los hombres cuya estatura no se mide por el ruido de sus palabras, sino por la profundidad de su huella. Tras una vida dedicada a abrir puertas —las de su casa y las de la dignidad social de toda una comarca—, Carmelo nos deja el testimonio de que la verdadera fuerza reside en la sencillez. En esta semblanza, recorremos el camino de un referente que hizo del Hospital de Cieza su mayor batalla y de la decencia su única bandera.
Del hambre a la dignidad: Una vida de lucha
Carmelo encarnaba a la perfección al niño ciezano que creció en un tiempo de supervivencia, trepando por la "cucaňa resbalosa" de la posiguerra. Fue en las fábricas de esparto, a los 14 años y al calor de la Juventud Obrera Católica, donde forjó una conciencia que no le abandonaría en sesenta años: "Cuando tú vives el problema con la gente, lo defiendes de otra manera", decía. Y así lo hizo, primero contra el franquismo y luego como Secretario General de UGT y concejal de aquella histórica primera corporación democrática junto a Juan Antonio Martínez-Real.
El centinela del Hospital Lorenzo Guirao
Si hoy nuestro hospital es un centro público y de referencia, es porque Carmelo decidió que no iba a permitir que fuera un fantasma o una empresa privada. Como alma de la Plataforma Pro-Hospital, demostró que el activismo social no es dar voces, sino mantener encendida la chispa del entusiasmo en los demás. Durante 25 años, le "apretó" a todos los gobiernos, sin distinción de colores, porque para él la persona estaba siempre por encima de la sigla. "El hospital es fruto de una lucha del conjunto de ciudadanos", repetía con esa humildad que solo tienen los que son verdaderamente imprescindibles.
El Maestro de la "Fuerza Serena"
Para quienes tuvimos el honor de conocerle en la distancia corta, Carmelo fue, ante todo, un Maestro. Alguien que hablaba el lenguaje de la honestidad y que, en momentos clave, me abrió las puertas de su casa y muchas otras puertas que cambiaron mi destino. Poseía una "fuerza serena", una mezcla rara de firmeza sindical y sencillez humana.
Incluso en su última batalla contra una larga enfermedad, mantuvo esa sonrisa que no se apagaba. Como decía un amigo común, verle era encontrar a alguien en paz, con la conciencia tranquila del deber cumplido. Carmelo nunca hizo lo que "debía" según las normas del poder; siempre hizo lo que creía.
Un legado que no se apaga
Hoy despedimos al hombre limpio, al socialista ejemplar, al sindicalista que dignificó a la clase trabajadora y al vecino que nos enseñó que la política y el ser humano no son incompatibles. Su legado vive en cada servicio del Hospital, en la coherencia de su familia —reflejada en su hija, nuestra Secretaria General— y en la memoria de una comarca que hoy le llora.
Gracias, Carmelo, por no haberte maleado nunca, por llamarle a las cosas por su nombre y por ser el puente que nos permitió a muchos alcanzar la otra orilla.
Vuela alto, Maestro. Cieza no te olvida.
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