miércoles, 4 de marzo de 2026

El zumbido de las abejas: un legado de Mogente a Cieza

De forma similar a como lo hicieron las grandes civilizaciones y pueblos a lo largo de la historia, la apicultura en el Mogente de los años cincuenta era mucho más que una tarea del campo; era una forma de entender el mundo y de convivir con el ecosistema. Mi abuelo José Ramón encontró en las colmenas ese vínculo espiritual y nutritivo que ha unido al ser humano con la abeja desde tiempos inmemoriales. En tiempos de escasez, ellas fueron un apoyo esencial para la economía familiar, pero, por encima de todo, nos dejaron una lección de constancia que se convirtió en el sello de nuestra familia.

El candil: sombras, burros y pasión heredada

Para un agricultor de aquella época, las abejas eran las "trabajadoras silenciosas". Mi abuelo supo transmitir a sus hijos ese respeto por el cuidado de lo vivo. De hecho, cuando él no podía acudir al monte, eran sus hijos quienes asumían el relevo con orgullo. No era una obligación impuesta, sino una responsabilidad compartida que mi padre, Conrado, convirtió en su gran pasión.

Ese vínculo fue tan fuerte que mi padre lo trajo consigo hasta Cieza, manteniendo sus colmenas activas y cuidadas con el mismo esmero hasta el día de su jubilación. Aquel método basado en el respeto nos enseñó que el éxito requiere movimiento y adaptación. En aquellos tiempos, la búsqueda de los parajes más favorables se hacía transportando las colmenas en burros durante la noche, aprovechando el fresco y el descanso de las abejas para que el traslado fuera seguro. Era un trabajo de sombras y paciencia, moviendo la base de la vida cuando el entorno lo exigía.

La bombilla: la "inmunidad" como filosofía de vida

Desde la psicología actual, la forma en que mi padre trabajaba las colmenas es una lección magistral de fortaleza mental. Su seguridad era asombrosa: solía usar solo la careta, sin guantes, haciendo humo con romero del monte para distraerlas y aceptando las picaduras no como un problema, sino como "salud".

Hoy la ciencia nos explica que el no tener miedo reduce la respuesta de estrés (cortisol), lo que permite actuar con una calma que las abejas perciben y respetan. Esa actitud es la metáfora perfecta de la resiliencia: no se trata de evitar la dificultad a toda costa, sino de transformarla en fortaleza. Es entender que la "picadura" de la vida, si se asume con naturalidad, se convierte en la vacuna del alma que nos fortalece ante cualquier adversidad.

El grito de alerta: del zumbido al silencio

Sin embargo, hoy asistimos a una realidad dolorosa: el Colapso de las Colonias. Estamos ante una "tormenta perfecta" donde las abejas desaparecen por múltiples causas:

  • Plaguicidas y herbicidas: venenos invisibles (como los neonicotinoides) que las desorientan y las condenan.

  • Cambio Climático: que rompe la sinergia de los ciclos de floración.

  • Pérdida de hábitat: monocultivos que eliminan la biodiversidad necesaria para su dieta.

  • Especies invasoras: como la avispa velutina, que depreda sus hogares.

Las consecuencias son incalculables. No es solo perder la miel pura y sin tratamientos que extraía mi padre; es que un tercio de nuestra alimentación depende de ellas. Sin polinización, la seguridad alimentaria y la biodiversidad se colapsarían. Lo que en Mogente era un equilibrio natural, hoy es una lucha desesperada por la supervivencia.

Conclusión: un compromiso con la Tribu

La apicultura ha sido la "compañera fiel" de nuestra familia porque nos enseñó a vivir en armonía con lo que nos rodea. Lo más especial era ver la limpieza de la miel extraída directamente de los panales; esa pureza era la metáfora de un tiempo sin artificios.

Recordar el trabajo de José Ramón y la pasión de mi padre es hoy un acto de resistencia. Proteger a las abejas no es nostalgia; es defender nuestra propia existencia y honrar la libertad con la que elegimos nuestro propósito. Porque el mejor néctar de la vida siempre exige respeto por el proceso.


 

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