En el ecosistema universitario, al igual que en la naturaleza, conviven distintos perfiles, todos ellos sumamente válidos y necesarios para el avance del conocimiento. Necesitamos al investigador brillante, entregado en cuerpo y alma a su laboratorio o a su despacho, que empuja las fronteras de la ciencia y aporta la materia prima del saber. Necesitamos también al docente metódico, estructurado y riguroso, que sostiene la arquitectura de la enseñanza y garantiza la transmisión sistemática del temario. Y, por supuesto, necesitamos de forma imprescindible a esos profesores capaces de trascender las paredes del aula y la jerga especializada para transmitir el conocimiento a la sociedad, devolviendo a la academia su vocación pública y humanista. Cada uno de ellos aporta un engranaje vital e insustituible.
Sin embargo, lo verdaderamente extraordinario, lo que resulta casi un hallazgo excepcional, es encontrar a un profesional que logre aunar todas esas facetas y que, además, las envuelva en una inmensa e inagotable calidad humana. Hablo de esa estirpe de profesores que logran trascender el papel de instructores para asumir la delicada labor artesanal de cincelar el criterio, la ética y el sentido de responsabilidad de quienes tienen la suerte de cruzarse en su camino.
Esta reflexión no nace hoy de un ejercicio abstracto, sino de la más profunda y emocionada observación. Ayer jueves asistí a la toma de posesión de mi amigo Eduardo Osuna como nuevo Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Murcia. En un día como este, los titulares de prensa y los boletines oficiales desmenuzan con precisión quirúrgica su impecable currículum como Catedrático de Medicina Legal y Forense. Sus méritos son indiscutibles. Sin embargo, lo que a mí verdaderamente me reconforta no es solo que el cargo lo asuma un investigador, docente y divulgador brillante —que aúna todas las virtudes de la academia—, sino un ser humano irrepetible.
En la vida universitaria, el conocimiento puede quedarse fácilmente atrapado en los muros de la institución. Conseguir que esa vocación no solo forme a nuevos profesionales —en este caso médicos—, sino que se transfiera a la sociedad de forma ejemplar y cercana, requiere un talante muy específico. Desde la neurociencia y la psicología del aprendizaje, sabemos que el cerebro humano es un órgano profundamente social. Aprendemos más y mejor cuando existe un vínculo emocional, cuando el que enseña no solo transmite información, sino que ofrece un andamiaje relacional seguro.
Esos profesores excepcionales operan como tutores de resiliencia. Entienden que el aula no es una simple cadena de transmisión, sino un espacio donde se moldea la actitud con la que un futuro médico se enfrentará al sufrimiento de un paciente. Eduardo, a quien conocí siendo yo profesor en la antigua Escuela de Trabajo Social, me demostró desde el primer día que la verdadera sabiduría científica se ejerce desde la humildad y la escucha. Su naturalidad para cruzar desde su disciplina hacia otras áreas demuestra una mente integradora que valora a la persona por encima de las barreras departamentales.
En una sociedad a menudo anestesiada por el individualismo, perfiles como el suyo actúan como un candil en medio de la bruma institucional. No utilizan su autoridad científica como un pedestal, sino como la herramienta más eficaz para intervenir en la realidad, comprender su complejidad y cuidar del otro.
A lo largo de los años, nuestra colaboración ha sido muy intensa, participando en multitud de proyectos sociales donde siempre hemos considerado a la persona como el centro absoluto de cualquier intervención. En esas trincheras del compromiso cívico es donde descubres al verdadero profesional: aquel al que le duele la vulnerabilidad ajena, que entiende que la salud va mucho más allá de un diagnóstico clínico y que abraza, sin reservas, la complejidad del ser humano.
Gracias a esa sensibilidad, él y yo siempre logramos desdibujar las fronteras entre su medicina y mi psicología. Porque cuando hay empatía y valores compartidos, las etiquetas académicas pasan a un segundo plano y emerge una sinergia maravillosa que rompe el determinismo de la suma de las partes. Dos voluntades unidas por un propósito genuino siempre generan un resultado exponencial.
Que una institución encargada de formar a los profesionales que cuidarán de nuestra salud quede en manos de una persona con este nivel de empatía, calidez y compromiso ético es la mejor de las noticias para nuestra sociedad. Nos garantiza que las futuras generaciones de médicos no solo aprenderán en las aulas la ciencia irrenunciable de curar, sino, sobre todo, el arte indispensable de cuidar la salud.
Vivimos tiempos de incertidumbre donde a veces parece que la frialdad de los datos y el ruido de las urgencias lo tapan todo. Sin embargo, mientras sigan existiendo profesionales que entienden la vocación como un acto de amor y servicio a la comunidad, reuniendo en sí mismos todas las virtudes del mundo académico, habrá esperanza.
La Universidad de Murcia gana a un decano extraordinario, y nosotros ganamos la certeza de que la excelencia académica, cuando va de la mano de una grandeza humana excepcional, es capaz de iluminar los rincones más oscuros de nuestra sociedad.


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