Si me acompañáis en este blog desde hace tiempo, sabéis que mi vida se ha convertido en una obra de arte inacabada. Es un proceso de cincelado constante, y la ataxia ha sido el gran bloque de mármol que me ha tocado esculpir.
Hoy, sin embargo, quiero hacer una pausa y dedicar este espacio a una verdad que, para mí, se ha vuelto más importante que cualquier otra: la obra maestra no se cincela en soledad. Mi libro, "Vivir con ataxia: el alma cincelada", es un relato sobre este camino, pero su verdadera esencia no está en mi esfuerzo, sino en las manos de mi tribu. Este artículo es mi forma de decirles que la mano que ha guiado la herramienta, que ha sostenido mi alma y que me ha devuelto la luz, ha sido la de ellos.
La tribu: el andamio imprescindible
Lo que yo entiendo por "tribu" va mucho más allá de un grupo de personas. Para mí, mi tribu es el andamio que sostiene la obra inacabada de mi vida. Es la estructura que me permite trabajar, avanzar y no caer cuando el suelo se mueve bajo mis pies. Sin este andamio, simplemente, no estaría aquí. Cada viga, cada soporte, cada pieza en esta estructura tiene un nombre y un apellido.
El primer andamio: la arcilla del hogar
El taller de mi vida se fundó entre las paredes de mi casa en Cieza. Fue allí donde aprendí la primera lección de la resiliencia: no se aprende en los libros, sino con el amor silencioso de los gestos cotidianos. Mis padres, mis hermanos, mis dos hijas y mi mujer, la que me acompañó en el primer tramo del camino, fueron las vigas maestras del primer andamio. Con su amor, comenzaron a darle forma a mi alma, ayudándome a pulir las aristas más duras del miedo y la incertidumbre. En el calor de la familia, mi casa dejó de ser un simple lugar para convertirse en un puerto seguro, el primer y más firme andamio de mi vida.
El sostén de mi actual compañera de viaje
Pero hay vigas que merecen un apartado propio. La de mi actual compañera de viaje. Su presencia no solo ha reforzado mi andamio, sino que se ha convertido en una parte activa de mi tribu, una viga que sostiene mi vida diaria. Su presencia ha sido un cincel constante, firme, que ha trabajado conmigo, a mi lado, cada día. Ella no ha sido solo un hombro en el que apoyarme, sino una mano que me ha ayudado a sostener la herramienta, mostrándome una fuerza que no sabía que tenía.
Las vigas de apoyo para cada desafío
A medida que el bloque de piedra se hizo más grande, mi andamio creció y se adaptó. Con cada nuevo desafío, un nuevo soporte era colocado por mi tribu para que yo no me derrumbara.
Los pilares de Cieza y la universidad: la tribu que se escoge es tan vital como la que se hereda. Con ellos, mis amigos de Cieza y la universidad, no solo compartí tiempo y espacio, sino una forma de entender la vida. Me vieron no como un paciente, sino como un igual, un cómplice. Con ellos, el humor se convirtió en una viga indispensable que rompía la tensión. Su respeto era un soporte que me permitía seguir siendo yo mismo, incluso cuando mi cuerpo ya no era el mismo.
La viga de la presencia silenciosa: a menudo, el apoyo no necesita palabras. Es un abrazo en el momento oportuno. Un amigo que me acompaña a un evento sin que se lo pida. Una simple presencia que me dice: "Aquí estoy, y contigo estoy seguro de que no nos perdemos". Esas vigas, sutiles y poderosas, han sido los puntales que me han mantenido en pie.
La viga de la inspiración: mi tribu no se limita a mi círculo más cercano. Se extiende a aquellos que, desde la distancia, han visto en mi historia una lección de vida. Sus palabras y sus preguntas son una viga más en mi andamio, recordándome que mi historia tiene un propósito que va más allá de mí mismo, que puede ser un faro para otros.
El optimismo es la belleza del andamio
Mi optimismo no es una cualidad innata. Es la belleza que ha surgido de un andamio bien construido. El resultado tangible de la fuerza, el cariño y el apoyo de mi tribu. Ellos me han mostrado que, aunque la ataxia es mi sombra, la luz de su apoyo es mucho más poderosa y que el sufrimiento, cuando es compartido, se convierte en un acto de fe.
Mi libro, "Vivir con ataxia: el alma cincelada", es en esencia un himno a este andamio. Es mi forma de decirles que esta obra no es mía, sino nuestra. Es un testimonio de que el alma cincelada, lejos de ser un logro solitario, es un milagro forjado en comunidad.
Si esta historia te ha resonado, me gustaría invitarte a una conversación. ¿Quién forma tu propio andamio? ¿Quién ha sostenido el cincel para que tu alma pueda brillar? Te leo en los comentarios.
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