sábado, 17 de enero de 2026

Vicente Soler: Más que horchata, una lección de vida

Hay lugares que no se miden por metros cuadrados, sino por la densidad de los recuerdos que albergan. Hay hombres que no se definen por lo que acumulan, sino por los caminos que abren para los demás. Hoy, Cieza se siente un poco más huérfana, pero también más agradecida. Ayer despedimos a Vicente Soler, el hombre que fundó mucho más que un negocio en 1954; fundó un icono, un refugio de sabor y, en el caso de mi familia, el mapa de nuestro destino bajo el nombre que todos llevamos grabado: la Horchatería Valenciana.

Un icono de pureza en la Calle de los Frailes

Hablar de la Horchatería Valenciana, especialmente de ese local fundacional en la Calle de los Frailes, 2, es hablar de la columna vertebral de nuestra ciudad. Desde el día en que Vicente abrió sus puertas, ese nombre ha sido sinónimo de un pacto sagrado con la calidad. Sus productos —esa horchata que parece extraer la esencia misma de la tierra, ese granizado de limón que es puro frescor mediterráneo— se convirtieron en el estándar de lo auténtico.

Para muchos ciezanos, ir a la Horchatería Valenciana ha sido, durante siete décadas, el rito de paso de la infancia a la madurez. Vicente convirtió su mostrador en un icono de Cieza, un lugar donde la antigüedad no se mide en años, sino en la fidelidad de una clientela que sabe que allí el sabor no ha traicionado nunca a la memoria.

La mirada que escuchaba

Pero detrás del éxito de la Horchatería estaba el hombre. Vicente era un trabajador incansable, un auténtico artesano que amaba profundamente lo que hacía. Sin embargo, su verdadera maestría no estaba solo en sus manos, sino en su capacidad de conectar. A pesar del trasiego del mostrador, Vicente sabía escuchar.

Quienes tuvimos la suerte de tratarle recordaremos siempre su mirada sencilla, una mirada que te buscaba a los ojos y que parecía expresarlo todo sin necesidad de artificios. Tan importantes como sus palabras, siempre amables y medidas, era esa expresión cálida que te regalaba al servirte; una mirada limpia que llegaba directamente al corazón. En ese gesto, Vicente te hacía sentir que en su casa, tú eras lo más importante.

El puente entre dos tierras

Para mí, Vicente Soler fue también el puente hacia mi propia vida. Al igual que mis padres y yo, él era de Mogente. Ese origen compartido creó un vínculo de acero que el tiempo no pudo oxidar.

Fue él quien, con la visión generosa del emigrante que ya ha abierto camino, convenció a mi padre para que nos trasladáramos a Cieza. Sucedió en 1964. Gracias a su aliento y a su certeza de que en este rincón de la Vega del Segura se podía labrar un futuro con dignidad, mi familia emprendió aquel viaje que cambió nuestra biografía. Vicente no solo trajo el frío dulce de la Horchatería Valenciana a Cieza; trajo también a sus paisanos, ayudando a tejer esa identidad de la que hoy me siento parte.

Un legado que no se apaga

Tras su partida, queda el consuelo de la continuidad. Ver a sus nietos al frente de la Horchatería Valenciana, manteniendo vivo el legado junto a Francisco Hita, es la prueba de que el trabajo de Vicente dejó una semilla profunda. Ellos son hoy los guardianes de ese nombre y de esa mirada que su abuelo nos regaló desde 1954.

Hoy, cuando la persiana de la Calle de los Frailes vuelva a subir, Vicente seguirá allí. Estará en cada vaso de horchata, en la sencillez de sus nietos y en el agradecimiento eterno de aquel niño que llegó de Mogente en el 64 gracias a su consejo.

Buen viaje Vicente. Gracias por endulzarnos la vida y por mirarnos siempre al corazón.


 

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