Cieza es una ciudad de rincones que guardan ecos. Hay espacios que definen nuestra geografía, pero hay otros, más sutiles, que definen quiénes somos. Para mí, ese espacio es el Colegio Zaraiche, y más concretamente, el colegio que hoy lleva el nombre de un hombre que fue faro: Antonio Buitrago Gómez.
Un rincón de vanguardia en los años 80
En la década de los 80, el entonces Colegio Virgen del Buen Suceso era conocido por todos simplemente como "el Zaraiche". Era un centro joven en un barrio que crecía, pero dentro de sus muros estaba ocurriendo algo revolucionario. Mientras el sistema educativo avanzaba aún a tientas, Antonio Buitrago ya había encendido allí la luz de la modernidad pedagógica.
Tuve el inmenso privilegio de ser contratado por la Asociación de Padres, bajo el impulso visionario de Antonio, para ejercer como psicólogo recién licenciado. Yo era, por aquel entonces, un joven con mucha teoría en la cabeza y sin apenas formación práctica; tuve la inmensa fortuna de que un colegio apostara por mí. Lo que yo no sabía entonces es que no iba solo a trabajar, sino a asistir a una clase magistral de vida que duraría hasta 1993, una etapa que transformaría completamente mi forma de entender la práctica psicológica, superando todas las expectativas.
Los pilares que cincelaron mi alma
Antonio no entendía la psicología como un despacho cerrado o un informe lleno de tecnicismos. Él me enseñó una manera de ejercer que hoy, décadas después, ha sido mi brújula, y por la que le estoy eternamente agradecido:
La Psicología de puertas abiertas: me enseñó que para entender a un niño no bastaba con sentarlo frente a un test; había que estar en el patio, recorrer los pasillos y conocer la realidad de las familias ciezanas. La psicología se hacía "manchándose los zapatos" de arena de recreo y aprendiendo la importancia del contacto humano más allá de la teoría.
La guerra contra las etiquetas: Antonio tenía un empeño sagrado en no marcar a los niños. Para él, un diagnóstico no era un sello de identidad, sino un mapa para buscar soluciones pedagógicas antes de que el problema se hiciera mayor.
El impulso a la participación familiar: fue absolutamente pionero en potenciar la Asociación de Padres para lograr una máxima implicación en la vida del colegio. En un tiempo donde la participación de los padres era escasa e incluso vista como una amenaza, Antonio Buitrago supo crear las condiciones adecuadas para fomentar esta colaboración esencial.
El aliado del maestro y la amistad del claustro: me integró no como un juez externo, sino como un compañero más de los maestros, ayudándoles a descifrar qué ocurría en la mente de aquel alumno que parecía rendirse. Un elemento clave fue la excepcional colaboración y confianza de todo el claustro de profesores; Antonio Buitrago no impuso su idea, sino que la compartió, logrando el apoyo incondicional de los docentes. La confianza depositada tanto por el claustro como por la Asociación de Padres fue un regalo inestimable. Esto creó un ambiente favorable que trascendió las aulas, forjando una muy buena amistad que ha permanecido en el tiempo.
Un legado que sigue vivo
Antonio Buitrago fue quien trajo el futuro a aquel rincón de Cieza. Su forma de mirar al alumno, con una mezcla de rigor científico y una humanidad desbordante, caló tan profundamente en mí que terminó por cincelar mi alma y definir mi camino profesional.
Hoy, cuando paso por delante del colegio, no veo solo un edificio público. Veo el escenario de una transformación. El cambio de nombre de "Buen Suceso" a "Antonio Buitrago" no fue solo un acto administrativo; fue el reconocimiento de un pueblo a un hombre que nos enseñó que educar es, sobre todo, comprender.
Aquel Zaraiche de los 80 fue mi escuela, y Antonio, mi maestro más querido. Le estoy eternamente agradecido a Don Antonio, a los padres y al claustro que confiaron en mí. Gracias a ellos, aprendí que la luz de la psicología solo sirve si ayuda a iluminar el camino de los que más lo necesitan, y que el contacto humano es el verdadero motor de la educación.
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