sábado, 31 de enero de 2026

El Legado de José Luis Pardos en Copenhague (1995)

12 de Octubre de 1995: el Punto de Partida

Hay fechas que se graban a fuego en la memoria, y una de esas fechas es el 12 de octubre de 1995, Día de la Hispanidad. Aquella semana, estábamos recién llegados a Dinamarca formando parte de la delegación de la Universidad de Murcia, invitados por el Embajador Don José Luis Pardos. Para mí, fue una profunda alegría ver tan lejos de España, en el corazón de Europa, cómo se celebraba con entusiasmo el Día de la Hispanidad, un evento posible gracias a la ilusión, pasión y tenacidad de un embajador nada convencional que siempre llevó a España y a su tierra, Murcia, en el corazón, aprovechando cualquier oportunidad para ponerlas en valor. En octubre de 1995, mientras España ostentaba la Presidencia del Consejo de la Unión Europea, nuestra delegación aterrizaba en Copenhague.

Una delegación encabezada por el entonces Rector, Don José Ballesta, y acompañada por la fuerza institucional del Gobierno Regional, nuestra misión era dual: presentar el futuro a través de la tecnología y redefinir el presente a través de la dignidad humana. Allí, entre el frío viento del Báltico y la calidez de la diplomacia de vanguardia, se gestó un germen que cambiaría mi trayectoria: mi amistad con el Embajador José Luis Pardos. Más que un contacto diplomático, encontré a un mentor que daría forma a mi visión sobre tecnología y ética social.

La Tarjeta Inteligente: el elíxir de la identidad digital

En 1995, el mundo apenas balbuceaba el lenguaje de internet. Sin embargo, la Universidad de Murcia ya portaba un "elíxir" tecnológico: la Tarjeta Inteligente (TUI). De la mano de Tomás Jiménez, recorrimos las universidades de Copenhague y Aarhus demostrando que un pequeño chip podía contener no solo datos, sino derechos y acceso simplificado a la vida académica.

Desde la perspectiva de la neurociencia cognitiva, la TUI no era solo plástico y silicio; era un dispositivo de descarga cognitiva. Al simplificar la interacción del individuo con la institución, liberábamos recursos prefrontales del estudiante para lo que realmente importa: el aprendizaje y la socialización. Presentar este avance ante la Reina Margarita II de Dinamarca, en una tarde de té que parecía sacada de un guion de alta diplomacia, fue la confirmación de que Murcia no solo estaba en el mapa, sino que estaba trazando las rutas del futuro de la mano de un Embajador.

El encuentro con el Mentor: José Luis Pardos

Pardos no era un embajador al uso. En una época en la que la diplomacia institucional solía ser sinónimo de protocolos fosilizados y burocracia rígida y anclada en el pasado, él era un agente de futuro. Su despacho, más que una embajada, funcionaba como un 'think tank' en el corazón de Copenhague. Su método era tan revolucionario como su causa. Rompía la línea invisible que separaba al diplomático del ciudadano. No era raro verlo organizar una mesa redonda sobre cualquier tema un día, y al siguiente, impulsar una feria tecnológica española, siempre con un enfoque personal y directo que desarmaba el protocolo. Entendió que la verdadera influencia de España no residiría en el número de recepciones, sino en la exportación de ideas de vanguardia como la tarjeta inteligente y, sobre todo, la ética de la inclusión.

Pardos entendió que la tecnología era estéril si no servía para la convivencia. Su apuesta por incorporar la discapacidad al discurso diplomático no fue un gesto de cortesía, sino una visión estratégica. Para él, y pronto para mí a través de nuestra amistad, la normalización de la discapacidad era el factor básico de solidaridad. Bajo su amparo, la Embajada de España se convirtió en un laboratorio de ideas donde la innovación técnica se abrazaba con la ética social, y se apostaba por la plena integración de todas las personas sin importar sus limitaciones. La verdad es que eran ideas que coinciden con lo que yo intuía pero vista desde la pasión que él defiende me deslumbró.

"Discapacidad y Sociedad": un libro como declaración de guerra al prejuicio


El momento cumbre de aquella semana para mi fuero interno fue la presentación de mi libro, Discapacidad y Sociedad, en la sede de la Embajada. Presentar esta obra en el corazón de Dinamarca, el país que había inventado el concepto de "normalización" en los años 50 (Niels Erik Bank-Mikkelsen), era como llevar carbón a Newcastle o, mejor dicho, luz a la ciudad de las luces del bienestar.

Desde la psicología social y la neurobiología, la normalización tiene un impacto directo en las neuronas espejo. Cuando una sociedad segrega a las personas con discapacidad, el cerebro colectivo genera una respuesta de "alteridad" que inhibe la empatía profunda. Al presentar el libro ante la sociedad danesa y española, defendíamos que la inclusión plena recalibra la percepción social, reduciendo la respuesta de la amígdala (miedo a lo desconocido) y potenciando la corteza cingulada anterior (procesamiento de la equidad).

La normalización como factor de supervivencia

La discapacidad, tal como discutimos en aquellas largas jornadas con Pardos, no es una circunstancia ajena, sino una condición intrínseca de la diversidad humana. La "normalización" que impulsamos en Dinamarca buscaba que el entorno se adaptara al individuo, y no al revés.

Si analizamos esto bajo el prisma de la neuroplasticidad, una sociedad que integra es una sociedad más plástica y resiliente. La convivencia con la diversidad estimula la creación de nuevas rutas sinápticas en el tejido social. La "bombilla" de Pardos iluminaba esta realidad: una sociedad que excluye es una sociedad con el cerebro "apagado" en sus áreas más evolucionadas. Él nos enseñó que el tránsito 'Del candil a la bombilla' no era solo un avance tecnológico, sino un imperativo moral y neurológico. En cambio una sociedad que integra es una sociedad sana.

Conclusión: el legado de Copenhague

Aquel té con la Reina Margarita II no fue el final del viaje, sino el inicio de una misión que perdura. La Universidad de Murcia, con José Ballesta al frente, demostró que la excelencia académica es indisoluble del compromiso social.

Mi amistad con José Luis Pardos, forjada entre presentaciones de chips de vanguardia y discursos sobre la dignidad humana, sigue siendo hoy un faro. Él me enseñó que el diplomático, el psicólogo y el tecnólogo deben trabajar en la misma frecuencia: la de la normalización como justicia.

Hoy, cuando miro atrás a esa semana de 1995, veo con claridad que el paso del candil a la bombilla se produjo en aquel instante en que comprendimos que la mejor tecnología del mundo es aquella que permite que todos, sin excepción, podamos mirarnos a los ojos como iguales en cualquier rincón de Europa.


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