sábado, 31 de enero de 2026

El Legado de José Luis Pardos en Copenhague (1995)

12 de Octubre de 1995: el Punto de Partida

Hay fechas que se graban a fuego en la memoria, y una de esas fechas es el 12 de octubre de 1995, Día de la Hispanidad. Aquella semana, estábamos recién llegados a Dinamarca formando parte de la delegación de la Universidad de Murcia, invitados por el Embajador Don José Luis Pardos. Para mí, fue una profunda alegría ver tan lejos de España, en el corazón de Europa, cómo se celebraba con entusiasmo el Día de la Hispanidad, un evento posible gracias a la ilusión, pasión y tenacidad de un embajador nada convencional que siempre llevó a España y a su tierra, Murcia, en el corazón, aprovechando cualquier oportunidad para ponerlas en valor. En octubre de 1995, mientras España ostentaba la Presidencia del Consejo de la Unión Europea, nuestra delegación aterrizaba en Copenhague.

Una delegación encabezada por el entonces Rector, Don José Ballesta, y acompañada por la fuerza institucional del Gobierno Regional, nuestra misión era dual: presentar el futuro a través de la tecnología y redefinir el presente a través de la dignidad humana. Allí, entre el frío viento del Báltico y la calidez de la diplomacia de vanguardia, se gestó un germen que cambiaría mi trayectoria: mi amistad con el Embajador José Luis Pardos. Más que un contacto diplomático, encontré a un mentor que daría forma a mi visión sobre tecnología y ética social.

La Tarjeta Inteligente: el elíxir de la identidad digital

En 1995, el mundo apenas balbuceaba el lenguaje de internet. Sin embargo, la Universidad de Murcia ya portaba un "elíxir" tecnológico: la Tarjeta Inteligente (TUI). De la mano de Tomás Jiménez, recorrimos las universidades de Copenhague y Aarhus demostrando que un pequeño chip podía contener no solo datos, sino derechos y acceso simplificado a la vida académica.

Desde la perspectiva de la neurociencia cognitiva, la TUI no era solo plástico y silicio; era un dispositivo de descarga cognitiva. Al simplificar la interacción del individuo con la institución, liberábamos recursos prefrontales del estudiante para lo que realmente importa: el aprendizaje y la socialización. Presentar este avance ante la Reina Margarita II de Dinamarca, en una tarde de té que parecía sacada de un guion de alta diplomacia, fue la confirmación de que Murcia no solo estaba en el mapa, sino que estaba trazando las rutas del futuro de la mano de un Embajador.

El encuentro con el Mentor: José Luis Pardos

Pardos no era un embajador al uso. En una época en la que la diplomacia institucional solía ser sinónimo de protocolos fosilizados y burocracia rígida y anclada en el pasado, él era un agente de futuro. Su despacho, más que una embajada, funcionaba como un 'think tank' en el corazón de Copenhague. Su método era tan revolucionario como su causa. Rompía la línea invisible que separaba al diplomático del ciudadano. No era raro verlo organizar una mesa redonda sobre cualquier tema un día, y al siguiente, impulsar una feria tecnológica española, siempre con un enfoque personal y directo que desarmaba el protocolo. Entendió que la verdadera influencia de España no residiría en el número de recepciones, sino en la exportación de ideas de vanguardia como la tarjeta inteligente y, sobre todo, la ética de la inclusión.

Pardos entendió que la tecnología era estéril si no servía para la convivencia. Su apuesta por incorporar la discapacidad al discurso diplomático no fue un gesto de cortesía, sino una visión estratégica. Para él, y pronto para mí a través de nuestra amistad, la normalización de la discapacidad era el factor básico de solidaridad. Bajo su amparo, la Embajada de España se convirtió en un laboratorio de ideas donde la innovación técnica se abrazaba con la ética social, y se apostaba por la plena integración de todas las personas sin importar sus limitaciones. La verdad es que eran ideas que coinciden con lo que yo intuía pero vista desde la pasión que él defiende me deslumbró.

"Discapacidad y Sociedad": un libro como declaración de guerra al prejuicio


El momento cumbre de aquella semana para mi fuero interno fue la presentación de mi libro, Discapacidad y Sociedad, en la sede de la Embajada. Presentar esta obra en el corazón de Dinamarca, el país que había inventado el concepto de "normalización" en los años 50 (Niels Erik Bank-Mikkelsen), era como llevar carbón a Newcastle o, mejor dicho, luz a la ciudad de las luces del bienestar.

Desde la psicología social y la neurobiología, la normalización tiene un impacto directo en las neuronas espejo. Cuando una sociedad segrega a las personas con discapacidad, el cerebro colectivo genera una respuesta de "alteridad" que inhibe la empatía profunda. Al presentar el libro ante la sociedad danesa y española, defendíamos que la inclusión plena recalibra la percepción social, reduciendo la respuesta de la amígdala (miedo a lo desconocido) y potenciando la corteza cingulada anterior (procesamiento de la equidad).

La normalización como factor de supervivencia

La discapacidad, tal como discutimos en aquellas largas jornadas con Pardos, no es una circunstancia ajena, sino una condición intrínseca de la diversidad humana. La "normalización" que impulsamos en Dinamarca buscaba que el entorno se adaptara al individuo, y no al revés.

Si analizamos esto bajo el prisma de la neuroplasticidad, una sociedad que integra es una sociedad más plástica y resiliente. La convivencia con la diversidad estimula la creación de nuevas rutas sinápticas en el tejido social. La "bombilla" de Pardos iluminaba esta realidad: una sociedad que excluye es una sociedad con el cerebro "apagado" en sus áreas más evolucionadas. Él nos enseñó que el tránsito 'Del candil a la bombilla' no era solo un avance tecnológico, sino un imperativo moral y neurológico. En cambio una sociedad que integra es una sociedad sana.

Conclusión: el legado de Copenhague

Aquel té con la Reina Margarita II no fue el final del viaje, sino el inicio de una misión que perdura. La Universidad de Murcia, con José Ballesta al frente, demostró que la excelencia académica es indisoluble del compromiso social.

Mi amistad con José Luis Pardos, forjada entre presentaciones de chips de vanguardia y discursos sobre la dignidad humana, sigue siendo hoy un faro. Él me enseñó que el diplomático, el psicólogo y el tecnólogo deben trabajar en la misma frecuencia: la de la normalización como justicia.

Hoy, cuando miro atrás a esa semana de 1995, veo con claridad que el paso del candil a la bombilla se produjo en aquel instante en que comprendimos que la mejor tecnología del mundo es aquella que permite que todos, sin excepción, podamos mirarnos a los ojos como iguales en cualquier rincón de Europa.


miércoles, 28 de enero de 2026

Don José Cardós: el Notario de la Luz y Cronista Visual de nuestra Historia

Hay figuras que no solo transitan por nuestra biografía, sino que se convierten en los arquitectos de nuestra memoria. En el Mogente de mi niñez, aquel de los años cincuenta donde la vida aún se compasaba al ritmo de las estaciones, la familia Cardós no solo regentaba un estudio fotográfico; custodiaban, en realidad, el espejo donde todos aprendimos a mirarnos. Esta semblanza nace de una deuda de gratitud hacia quien, como Don José Cardós, tuvo la grandeza de dotar de orden, belleza y dignidad a nuestra identidad individual y colectiva.

El descubrimiento del artista: más allá del objetivo

Durante mis años en el Carrer del Mig, para mi mirada infantil, Don José era exclusivamente el fotógrafo. Era aquel hombre de una habilidad asombrosa y paciencia infinita que dominaba la química del revelado y los misterios de la luz. Sin embargo, la vida me tenía reservada una revelación que solo he podido procesar y comprender mucho después: su profunda y latente pasión por la pintura.

Hoy entiendo que su destreza con los pinceles no era un detalle menor ni un simple pasatiempo; era la raíz misma de su genio. Don José (Cardós) no se limitaba a disparar un obturador; él «pintaba» sus retratos con luz. Esa herencia vital que hoy contemplo en las paredes de mi familia —en los retratos de mis tías, de mis primas o en la fotografía de la boda de mis padres que aún conservo en mi memoria con celo— es, en realidad, una pincelada de humanidad que solo un artista integral podría haber logrado. Sus fotos no eran simples registros en blanco y negro; eran actos de amor profesional donde captaba, por encima de todo, la esencia y la verdad emocional de la persona.

La mirada heredada: Un eslabón entre dos mundos

Una imagen singular resume perfectamente esta estirpe de artistas. La foto de portada. En ella vemos a Don José (Cardós) en una charla pausada, pero lo verdaderamente revelador ocurre a su espalda: emerge un retrato de su padre que el propio Don José pintó. En ese cuadro aparece el patriarca junto a su cámara de fuelle, ese tótem de mediados de siglo que simboliza el origen de nuestra memoria visual.

Esa composición es una declaración de principios. Si su padre fue el «candil» que iluminó los primeros y austeros recuerdos de la posguerra, Don José fue la «bombilla» que trajo la modernidad y la claridad a la comarca de La Costera. En esa imagen, Don José no solo posa; actúa como custodio y continuación de un legado, encarnando un respeto filial que supo transformar en un arte perdurable.

El cronista visual y notario de su tiempo

Mucho se ha glosado su figura y su obra ha sido objeto de justo reconocimiento en instituciones como el Museu Valencià d'Etnologia, que identifica su archivo como una pieza clave del patrimonio fotográfico. Bajo el sello de su Estudio Art Foto Cardós, Don José ejerció como un auténtico cronista visual. Su labor no se detuvo en la esfera privada de las celebraciones familiares; sus series de postales y sus registros de lugares emblemáticos, como La Bastida de les Alcusses, son hoy documentos históricos e identitarios indispensables.

Aquel hombre afable, que trababa amistad con todos y que con mi familia materna mantuvo una familiaridad tan especial, era el notario que daba fe de nuestra existencia. Referirme a él hoy como Don José Cardós (aunque popularmente se le conoce como Cardós) es un acto de justicia, respeto y gratitud. Él nos enseñó que el orgullo por nuestras raíces no es un concepto abstracto, sino una realidad que se construye y se preserva a través de la mirada.

Gracias, Don José, por haber sido el guardián de nuestra memoria y por enseñarnos que, para proyectarnos hacia el futuro, primero debemos ser capaces de reconocer la luz y la dignidad en el rostro de quienes nos precedieron.

Nota: este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidadhttps://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad 


 

sábado, 24 de enero de 2026

Antonio Buitrago y el Zaraiche: el cimiento de una psicología humana

Cieza es una ciudad de rincones que guardan ecos. Hay espacios que definen nuestra geografía, pero hay otros, más sutiles, que definen quiénes somos. Para mí, ese espacio es el Colegio Zaraiche, y más concretamente, el colegio que hoy lleva el nombre de un hombre que fue faro: Antonio Buitrago Gómez.

Un rincón de vanguardia en los años 80

En la década de los 80, el entonces Colegio Virgen del Buen Suceso era conocido por todos simplemente como "el Zaraiche". Era un centro joven en un barrio que crecía, pero dentro de sus muros estaba ocurriendo algo revolucionario. Mientras el sistema educativo avanzaba aún a tientas, Antonio Buitrago ya había encendido allí la luz de la modernidad pedagógica.

Tuve el inmenso privilegio de ser contratado por la Asociación de Padres, bajo el impulso visionario de Antonio, para ejercer como psicólogo recién licenciado. Yo era, por aquel entonces, un joven con mucha teoría en la cabeza y sin apenas formación práctica; tuve la inmensa fortuna de que un colegio apostara por mí. Lo que yo no sabía entonces es que no iba solo a trabajar, sino a asistir a una clase magistral de vida que duraría hasta 1993, una etapa que transformaría completamente mi forma de entender la práctica psicológica, superando todas las expectativas.

Los pilares que cincelaron mi alma

Antonio no entendía la psicología como un despacho cerrado o un informe lleno de tecnicismos. Él me enseñó una manera de ejercer que hoy, décadas después, ha sido mi brújula, y por la que le estoy eternamente agradecido:

  • La Psicología de puertas abiertas: me enseñó que para entender a un niño no bastaba con sentarlo frente a un test; había que estar en el patio, recorrer los pasillos y conocer la realidad de las familias ciezanas. La psicología se hacía "manchándose los zapatos" de arena de recreo y aprendiendo la importancia del contacto humano más allá de la teoría.

  • La guerra contra las etiquetas: Antonio tenía un empeño sagrado en no marcar a los niños. Para él, un diagnóstico no era un sello de identidad, sino un mapa para buscar soluciones pedagógicas antes de que el problema se hiciera mayor.

  • El impulso a la participación familiar: fue absolutamente pionero en potenciar la Asociación de Padres para lograr una máxima implicación en la vida del colegio. En un tiempo donde la participación de los padres era escasa e incluso vista como una amenaza, Antonio Buitrago supo crear las condiciones adecuadas para fomentar esta colaboración esencial.

  • El aliado del maestro y la amistad del claustro: me integró no como un juez externo, sino como un compañero más de los maestros, ayudándoles a descifrar qué ocurría en la mente de aquel alumno que parecía rendirse. Un elemento clave fue la excepcional colaboración y confianza de todo el claustro de profesores; Antonio Buitrago no impuso su idea, sino que la compartió, logrando el apoyo incondicional de los docentes. La confianza depositada tanto por el claustro como por la Asociación de Padres fue un regalo inestimable. Esto creó un ambiente favorable que trascendió las aulas, forjando una muy buena amistad que ha permanecido en el tiempo.

Un legado que sigue vivo

Antonio Buitrago fue quien trajo el futuro a aquel rincón de Cieza. Su forma de mirar al alumno, con una mezcla de rigor científico y una humanidad desbordante, caló tan profundamente en mí que terminó por cincelar mi alma y definir mi camino profesional.

Hoy, cuando paso por delante del colegio, no veo solo un edificio público. Veo el escenario de una transformación. El cambio de nombre de "Buen Suceso" a "Antonio Buitrago" no fue solo un acto administrativo; fue el reconocimiento de un pueblo a un hombre que nos enseñó que educar es, sobre todo, comprender.

Aquel Zaraiche de los 80 fue mi escuela, y Antonio, mi maestro más querido.
Le estoy eternamente agradecido a Don Antonio, a los padres y al claustro que confiaron en mí. Gracias a ellos, aprendí que la luz de la psicología solo sirve si ayuda a iluminar el camino de los que más lo necesitan, y que el contacto humano es el verdadero motor de la educación. 

miércoles, 21 de enero de 2026

El mapa del cielo: Cabañuelas, neurociencia y la gestión de la incertidumbre

 En la penumbra de las noches de agosto, recuerdo la figura de mi padre, Conrado, observando el cielo con una intensidad casi mística. No buscaba estrellas fugaces ni el dibujo de las constelaciones; buscaba señales. El viento, la forma de una nube sobre la sierra, el comportamiento de las hormigas o el brillo de la luna eran los datos de entrada para su particular procesador de información: las cabañuelas. En aquel Mogente de mi infancia, y más tarde en las tierras de Cieza, el tiempo no era un dato frío en una pantalla, sino la diferencia entre la prosperidad y la angustia.

El candil: la sabiduría de la observación empírica

El sistema de las cabañuelas —esa tradición de predecir el clima del año basándose en la observación de los primeros días de agosto— ha sido, durante siglos, el "candil" que iluminaba el camino de los agricultores. Mi padre heredó un código de interpretación ancestral que no era una simple superstición, sino un intento humano, profundamente loable, de encontrar orden en el aparente caos de la naturaleza. En aquellos días de agosto, el agricultor se convertía en un observador minucioso, recolectando evidencias para planificar la siembra, la poda y la cosecha. Era una gestión del riesgo basada en la paciencia y el respeto al entorno.

Esta búsqueda de certezas tenía un compañero inseparable: el Calendario Zaragozano. Recuerdo con especial emoción cómo mi padre, ya en su etapa de Cieza y habiendo dejado atrás la dureza del campo tras su jubilación, mantenía intacto el ritual. Cada año, sin falta, su prioridad era conseguir un ejemplar de aquel almanaque. Aunque ya no dependiera directamente de la cosecha para comer, su mente necesitaba ese mapa anual para orientarse en el tiempo. Hasta su muerte, aquel pequeño cuadernillo fue su guía, demostrando que la necesidad de anticipar el futuro es una constante que nos acompaña mientras hay vida.

La neurociencia de la anticipación

¿Por qué este empeño constante por predecir, incluso cuando ya no se trabaja la tierra? Como psicólogo, entiendo que el cerebro humano es, en esencia, una "máquina de predicción". La incertidumbre es uno de los estados que más estrés genera en nuestro organismo; activa la amígdala y dispara los niveles de cortisol, manteniéndonos en un estado de alerta que puede resultar agotador.

Las cabañuelas y el Zaragozano funcionaban como un "ansiolítico cognitivo". Al otorgar un nombre, una fecha y un fenómeno a lo que estaba por venir, el cerebro recuperaba una sensación de control. Para mi padre, tener el almanaque en las manos era una forma de reducir la entropía del mundo. La creencia de que se puede vislumbrar el futuro calma el sistema nervioso y permite que la corteza prefrontal se libere, permitiéndonos disfrutar del presente con mayor serenidad. No era una "tontería"; era un mecanismo necesario para gestionar la ansiedad ante lo desconocido.

La bombilla: la nueva incertidumbre científica

Hoy, la "bombilla" de la meteorología moderna nos ofrece una precisión asombrosa a corto plazo gracias a satélites y modelos numéricos complejos. Sin embargo, nos enfrentamos a una paradoja: el cambio climático está introduciendo tal grado de erraticidad que los patrones históricos se desdibujan. La ciencia actual nos confirma que la atmósfera es un sistema caótico, lo que en ocasiones nos devuelve a una vulnerabilidad similar a la de nuestros antepasados.

Incluso con superordenadores, la predicción perfecta a largo plazo sigue siendo inalcanzable. El rigor científico nos enseña hoy lo que mi padre ya sabía por instinto al consultar su Zaragozano en Cieza: que la naturaleza siempre tiene la última palabra y que nuestra mejor herramienta no es solo el dato estadístico, sino el poder de nuestra intuición —ese destilado de años de experiencia grabados en el cerebro— y nuestra capacidad de adaptación ante lo imprevisto.

Reflexión final: el orgullo de nuestras raíces

Al mirar atrás, comprendo que la verdadera luz no estaba solo en acertar si llovería en marzo, sino en el vínculo inquebrantable con la tierra y la tradición. El orgullo por nuestras raíces, por la figura del padre que, hasta sus últimos días en Cieza, escudriñaba el cielo y buscaba su calendario, es reconocer que nuestra identidad se forjó en esa lucha constante contra lo desconocido.

Aquel candil no solo iluminaba el campo; iluminaba el alma de una comunidad resiliente que aprendió a vivir en armonía con la incertidumbre, recordándonos que, aunque hoy usemos bombillas de última generación, la sabiduría de quienes nos precedieron sigue siendo una fuente inagotable de sentido y felicidad.

Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidadhttps://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad. 



martes, 20 de enero de 2026

La Cátedra de la coherencia: Javier Corbalán y el talante de lo humano

Este lunes, el Salón de Actos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Murcia se vistió de gala académica para un acto de justicia: el acceso a la cátedra de Francisco Javier Corbalán Berná. Sin embargo, más allá de la solemnidad del protocolo y del merecido reconocimiento a una trayectoria investigadora de primer nivel, lo que allí se celebró fue el triunfo de un estilo de vida y de una forma de entender nuestra disciplina.

Un cincel en el alma profesional

A menudo, la vida académica se mide en publicaciones y congresos, pero existe una dimensión invisible que solo el tiempo permite valorar: la capacidad de una persona para influir en la identidad de quienes la rodean. En mi propia trayectoria, mi regreso a la Universidad de Murcia en el curso 1992/93 fue una etapa de reasentamiento y madurez. Allí, la figura de Javier Corbalán apareció no solo como la de un colega brillante, sino como un referente cuyo rigor y ética han terminado por cincelar mi propia alma profesional.

Javier representa esa psicología de "la bombilla" que tanto reivindico: una ciencia que ilumina con precisión el dato —ahí queda su legado internacional con el Test CREA de inteligencia creativa—, pero que nunca permite que el frío resultado eclipse la calidez de la persona.

El compromiso en el "barro": FAMDIF y ADENTRA

Lo que verdaderamente otorga autoridad a la nueva cátedra de Javier no es solo lo que ha escrito en los libros, sino lo que ha construido en la calle. Nuestra colaboración más estrecha y satisfactoria siempre tuvo un pie fuera del campus, en ese terreno donde la psicología se convierte en esperanza real.

Recordar nuestra labor conjunta en las jornadas con FAMDIF (Federación de Asociaciones Murcianas de Personas con Discapacidad Física y Orgánica) y con ADENTRA es recordar el verdadero sentido de nuestra vocación. En aquellas jornadas de convivencia con personas con discapacidad o con pacientes en la espera vital de un trasplante, el "talante humano" de Javier brillaba con luz propia. Él supo demostrar que el rigor de un psicometrista no está reñido con la sensibilidad de quien sabe escuchar el sufrimiento y la resiliencia ajena. Esa colaboración estrecha fue, para muchos de nosotros, la mejor lección de psicología clínica que podíamos recibir.

Crónica de un acceso: las perlas de la primera fila

El solemne acto de este lunes confirmó que la trascendencia de Javier Corbalán va más allá del currículum. Fue una lección de vida, marcada por la emoción, el compromiso y la presencia de aquellos a quienes su trabajo ha tocado.


El clima del discurso: la creatividad y la psicología positiva

El hilo conductor que vertebró tanto su trayectoria académica como su intervención fue la creatividad. El tribunal destacó la vinculación de la obra de Javier con la Psicología Positiva, señalándola como un paso más allá de la psicología humanista. Esta perspectiva se centró en la importancia de estudiar las emociones positivas, en contraste con el enfoque tradicional de la psicología, que se centra más en las negativas.

El lenguaje no verbal: gratitud emotiva a un maestro

En un acto de tanta solemnidad, el factor humano se hizo patente en el emotivo agradecimiento a sus maestros. Con un quiebro en la voz, Javier Corbalán nombró de forma muy significativa al Dr. Carlos Alonso Monreal, a quien calificó como un auténtico referente intelectual. Este gesto honró a una figura clave, pues el Dr. Alonso Monreal fue el Primer Decano tras la creación de la Facultad.

El paisaje humano: lleno de gratitud


La calidad de un hombre se mide por quiénes acuden a su llamada. El Salón no solo estaba lleno de académicos; estaba lleno de gratitud. Ver allí a personas de distintos ámbitos de la sociedad murciana confirmaba que su cátedra es un éxito compartido. Su compromiso con el "barro" social, que se hizo patente a través de sus palabras, demostró que su labor trasciende los muros de la Facultad. 

La intervención fue sobresaliente, pues sin perder el rigor académico, supo utilizar un lenguaje coloquial que generó un ambiente muy distendido. 

El ritual del reconocimiento: la fuerza del equipo

Al terminar el protocolo, quedó patente que lo que se celebraba no era solo un ascenso individual, sino el triunfo de un creador de equipos. El tribunal destacó precisamente esta cualidad: la capacidad de Javier para trabajar en grupo. Pese a la toga y la solemnidad, quedó patente que lo que se celebraba no era un ascenso administrativo, sino el triunfo de un hombre querido.

El triunfo del talante

Si Javier Corbalán ha llegado a este hito conservando intacta su esencia, es gracias a su talante. En un entorno universitario que a veces se vuelve burocrático y distante, él ha mantenido la cercanía del maestro y la lealtad del amigo. Ha preservado su humanidad como el activo más valioso de su currículum.

Escribo estas líneas con la emoción de quien ha presenciado un acto de graduación de toda una filosofía de vida. Este lunes, en el Campus de Espinardo, no solo se nombró a un Catedrático; se puso en valor a un hombre que, con su ejemplo, nos recordó que la psicología, antes que ciencia de la mente, debe ser una ciencia del corazón y del compromiso social.

Al final del acto, la lección clara fue que la mayor creatividad de Javier Corbalán reside en haber unido de forma impecable el dato de la ciencia y la calidez del corazón.


 

sábado, 17 de enero de 2026

Vicente Esteve: Más que horchata, una lección de vida

Hay lugares que no se miden por metros cuadrados, sino por la densidad de los recuerdos que albergan. Hay hombres que no se definen por lo que acumulan, sino por los caminos que abren para los demás. Hoy, Cieza se siente un poco más huérfana, pero también más agradecida. Ayer despedimos a Vicente Esteve, el hombre que fundó mucho más que un negocio en 1954; fundó un icono, un refugio de sabor y, en el caso de mi familia, el mapa de nuestro destino bajo el nombre que todos llevamos grabado: la Horchatería Valenciana.

Un icono de pureza en la Calle de los Frailes

Hablar de la Horchatería Valenciana, especialmente de ese local fundacional en la Calle de los Frailes, 2, es hablar de la columna vertebral de nuestra ciudad. Desde el día en que Vicente abrió sus puertas, ese nombre ha sido sinónimo de un pacto sagrado con la calidad. Sus productos —esa horchata que parece extraer la esencia misma de la tierra, ese granizado de limón que es puro frescor mediterráneo— se convirtieron en el estándar de lo auténtico.

Para muchos ciezanos, ir a la Horchatería Valenciana ha sido, durante siete décadas, el rito de paso de la infancia a la madurez. Vicente convirtió su mostrador en un icono de Cieza, un lugar donde la antigüedad no se mide en años, sino en la fidelidad de una clientela que sabe que allí el sabor no ha traicionado nunca a la memoria.

La mirada que escuchaba

Pero detrás del éxito de la Horchatería estaba el hombre. Vicente era un trabajador incansable, un auténtico artesano que amaba profundamente lo que hacía. Sin embargo, su verdadera maestría no estaba solo en sus manos, sino en su capacidad de conectar. A pesar del trasiego del mostrador, Vicente sabía escuchar.

Quienes tuvimos la suerte de tratarle recordaremos siempre su mirada sencilla, una mirada que te buscaba a los ojos y que parecía expresarlo todo sin necesidad de artificios. Tan importantes como sus palabras, siempre amables y medidas, era esa expresión cálida que te regalaba al servirte; una mirada limpia que llegaba directamente al corazón. En ese gesto, Vicente te hacía sentir que en su casa, tú eras lo más importante.

El puente entre dos tierras

Para mí, Vicente Esteve fue también el puente hacia mi propia vida. Al igual que mis padres y yo, él era de Mogente. Ese origen compartido creó un vínculo de acero que el tiempo no pudo oxidar.

Fue él quien, con la visión generosa del emigrante que ya ha abierto camino, convenció a mi padre para que nos trasladáramos a Cieza. Sucedió en 1964. Gracias a su aliento y a su certeza de que en este rincón de la Vega del Segura se podía labrar un futuro con dignidad, mi familia emprendió aquel viaje que cambió nuestra biografía. Vicente no solo trajo el frío dulce de la Horchatería Valenciana a Cieza; trajo también a sus paisanos, ayudando a tejer esa identidad de la que hoy me siento parte.

Un legado que no se apaga

Tras su partida, queda el consuelo de la continuidad. Ver a sus nietos al frente de la Horchatería Valenciana, manteniendo vivo el legado junto a Francisco Hita, es la prueba de que el trabajo de Vicente dejó una semilla profunda. Ellos son hoy los guardianes de ese nombre y de esa mirada que su abuelo nos regaló desde 1954.

Hoy, cuando la persiana de la Calle de los Frailes vuelva a subir, Vicente seguirá allí. Estará en cada vaso de horchata, en la sencillez de sus nietos y en el agradecimiento eterno de aquel niño que llegó de Mogente en el 64 gracias a su consejo.

Buen viaje Vicente. Gracias por endulzarnos la vida y por mirarnos siempre al corazón.