Hay aromas que tienen el poder de perforar el tiempo. Para mí, el olor del romero seco no evoca la cocina ni el monte bajo de Mogente; evoca el preludio de un misterio. Veo a mi padre, con la calma de quien conoce los secretos de la tierra, preparando las antorchas. En aquel entonces, yo no sabía que estábamos ascendiendo a 745 metros de altitud hacia el Alt del Pedregal; para aquel niño, simplemente estábamos subiendo al cielo para luego entrar en las entrañas del mundo.
Hoy, cualquier caminante que se adentre en la Serra Grossa puede encontrar la Cueva de Pates siguiendo las señales de la Senda del Vértigo o consultando un GPS. Pero en mi infancia, en aquellos años cincuenta, la montaña no era un espacio cartografiado para el ocio; era un libro cerrado que solo unos pocos expertos sabían leer. La localización exacta era un secreto custodiado por la maleza y la memoria. Mi padre, Conrado, era uno de esos pocos elegidos que poseía el mapa invisible. Verlo avanzar con paso firme, sin dudar un segundo entre las rocas para hallar aquella "boca" discreta, me producía una fascinación que aún hoy conservo: para el mundo, la cueva estaba perdida; para mi padre, era un lugar que lo esperaba con la familiaridad de un viejo amigo.
Él no necesitaba satélites porque llevaba la sierra en el alma. Al cruzar el umbral, el mundo exterior desaparecía. Pasábamos de la luz cegadora del Mediterráneo a un reino de sombra absoluta donde su antorcha de romero se convertía en el único sol existente. Al destello trémulo de esas llamas, la cueva revelaba su arquitectura viva. Hoy la ciencia nos dice que caminábamos por un desarrollo de 110 metros, pero en mi recuerdo, aquel espacio era una catedral infinita.
El fulgor anaranjado bailaba sobre las estalactitas y estalagmitas, esas esculturas de caliza que se nutren del filtrado paciente del agua de lluvia. Mi padre nos hacía guardar silencio para escuchar el "gota a gota", el pulso de la montaña. "No toquéis nada", decía con una voz que mezclaba autoridad y ternura, "esto ha tardado milenios en crecer". Esa fue mi primera lección de ética: el respeto por lo que es más antiguo y frágil que nosotros.
Había zonas, como las gateras profundas del Sector B, donde la oscuridad parecía devorar la luz. Yo me mantenía cerca de él, sintiendo que su seguridad era mi escudo. Sabía que mientras estuviera a su lado, la profundidad no era un peligro, sino una invitación a la maravilla. Él conocía el punto exacto de salida, el momento justo en que la ventilación natural nos anunciaba que estábamos cerca de recuperar el cielo. Esa sensación de reverencia por lo inmutable es la que hoy me impulsa a alzar la voz.
Escribo esto porque me duele saber que hoy la cueva sufre el azote del vandalismo. Aquella "memoria petrificada" que mi padre nos enseñó a venerar está siendo dañada por quienes no entienden el valor de lo sagrado.
Aunque Mogente posee enclaves de un valor incalculable para la historia, como el poblado íbero de La Bastida de les Alcusses, por razones de corazón, la Cueva de Pates es el más sagrado de mis enclaves.
Visitar la Cueva de Pates no es solo hacer senderismo; es un acto de recuperación de nuestra identidad mogentina. Invito a los vecinos de mi pueblo a subir al Pedregal, a buscar esa entrada entre las rocas y a entrar con la misma reverencia con la que yo lo hacía de la mano de mi padre. Un legado, el suyo, que es también una advertencia. Porque en la profundidad de esa cueva, si se guarda el suficiente silencio, aún se puede percibir el eco de una sabiduría antigua que nos enseña que, para encontrar la verdadera luz, primero hay que aprender a respetar la sombra.
Nota: Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad' https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.

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