Al divisar su silueta desde la carretera, cada vez que vuelvo a Mogente, el hormigueo en el estómago es inconfundible. Es la aguja neogótica del campanario, ese gigante que rompe el cielo. Pero para mí, esa torre no es solo un monumento; es el faro que custodiaba el lugar donde todo empezó. Yo no nací en un hospital frío, sino en el corazón cálido de la casa de mi abuela Dolores, en el Carrer del Mig. Aquella casa era mi segundo hogar, un refugio donde el tiempo no se medía en segundos, sino en el lenguaje del bronce que bajaba directamente desde la torre. A sus pies, en la casa de mi abuela Dolores, fue también el escenario de juegos interminables con mis primas, Luisa y Carmensin, con quienes tenía una especial complicidad. Aun ahora recuerdo esos juegos con el repique de las campanas, que me llenaban de felicidad y parecían tener un ritmo musical.
Arquitectura: una obra de ingeniería
Si nos ceñimos a la crónica técnica, el campanario de Mogente es una pieza de singularidad excepcional y casi insólita en la comarca. Mientras el barroco valenciano poblaba los pueblos vecinos de torres cuadradas, aquí se optó por una planta hexagonal de estilo neogótico, una obra de ingeniería ejecutada entre 1881 y 1889. Tras amenazar ruina en 1924, fue reconstruido con una maestría que hoy nos permite admirar sus 44,14 metros de altura hasta la cruz.
Para quien se atreva a ascender sus 82 peldaños de piedra, la recompensa es la Sala de las Campanas, un espacio donde la historia respira. Allí descansa la campana de San Pedro, fundida en 1792, un bronce que ha sobrevivido a guerras y cambios de siglo, y que es la misma que yo escuchaba desde la cuna en casa de mi abuela.
La red social del bronce
En aquel entonces, en ese tránsito del candil a la bombilla, el campanario era nuestra red social más auténtica. Antes de la hiperconectividad, las campanas nos hablaban a través de un código que todo hijo del pueblo sabía descodificar. Además del arrebato y el toque de ánimas, las campanas marcaban multitud de otros acontecimientos que tejían la vida social, desde bodas y bautizos hasta funerales y la llegada de festividades, siendo la forma más directa y sonora de saber lo que ocurría en el pueblo. Eran, en definitiva, el pulso que medía la vida y la muerte de la comunidad.
El Arrebato: Un repicar frenético, desordenado y urgente. No hacía falta preguntar; era el grito de la torre avisando de un incendio o un peligro. En ese instante, la comunidad se convertía en una sola voluntad de auxilio.
El Toque de Ánimas: Al caer la tarde, la torre emitía una cadencia pausada que invitaba al recogimiento. Era el aviso de que el día terminaba y de que el refugio del hogar nos esperaba.
Por todo ello, puedo decir que me encanta el repique de campanas. A mí no me molestan; al contrario, en esa polémica que existe hoy sobre si las campanas distorsionan nuestro sueño, yo he de confesar que, tanto ahora como antes, me sigue encantando oír su sonido. El repicar, el marcar las horas y los cuartos... aunque hoy tenga un reloj, sigo disfrutando de esa cadencia de bronce. A veces, incluso creo que mi corazón se acompasa al ritmo de las campanas, manteniéndome anclado a algo que va más allá del tiempo.
El Reloj y la identidad
Un cronista oficial destacaría que la esfera del reloj está estratégicamente situada sobre el ventanal de la campana de San Pedro. Aunque la maquinaria original —esa joya de engranajes mecánicos— descanse hoy restaurada en el edificio del Ayuntamiento, su función sigue viva en nuestro interior.
Yo no he subido esos peldaños, pero al imaginar ese ascenso, siento que subo por los peldaños de mi propia biografía. Arriba, donde el viento sopla distinto y se divisa todo el valle, entiendo que ese campanario fue el soporte de mis primeras fantasías —donde buscaba a la cigüeña al nacer mi hermano Enrique— y el guardián silencioso de mi estirpe.
Reconocer la historia de estas piedras y el nombre de los maestros que las levantaron no es solo un ejercicio de erudición. Es entender que nuestra felicidad está anclada a esos sonidos y a esa casa de la abuela Dolores. Ahora, con el paso de los años, este campanario sigue siendo un símbolo inmutable. Verlo a lo lejos, cada vez que vuelvo a Mogente, me produce ese cosquilleo inconfundible en el estómago y los pelos se me erizan, porque para mí, es más que una referencia arquitectónica. Es el eje que cose el recuerdo y el presente; la voz de bronce que, por más silenciosa que esté, me recuerda el camino a casa. Porque mientras esa aguja neogótica siga clavada en el cielo de Mogente, siempre sabremos que, por muy lejos que caminemos, tenemos un eje que nos mantiene unidos a la tierra.
Nota de autor:
Este artículo se fundamenta en mi primer relato autobiográfico: 'Del candil a la bombilla: Huellas biológicas y ambientales en la forja de una identidad' https://medium.com/@ventolera2008/del-candil-a-la-bombilla-9af14683bcf). En él, exploro la Materia Prima de mis raíces en Mogente, analizando cómo el legado y el entorno rural han sido el Cincel inicial que forjó mi identidad.

1 comentario:
Me gusta , me entusiasma y me llena de complicidad y regocijo
Magnífico . Gracias … L.N
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